Cuando engañamos a mis suegros: El día de nuestra boda en Madrid
—¡No pienso casarme con ese vestido, mamá! —gritó Lucía, con los ojos llenos de lágrimas, mientras yo esperaba en el pasillo, escuchando cada palabra tras la puerta del salón. Era el día de nuestra boda y, en vez de sentirme nervioso por el sí quiero, lo único que sentía era un nudo en el estómago por la tensión que se respiraba en la casa de sus padres, en Chamberí.
La madre de Lucía, doña Carmen, llevaba meses organizando la boda como si fuera un evento de Estado. Había elegido el menú, las flores, la música y hasta el peinado de su hija. Su padre, don Manuel, apenas hablaba, pero cuando lo hacía era para dejar claro que «en esta familia las cosas se hacen bien». Yo, Álvaro, hijo único de una familia modesta de Vallecas, me sentía como un intruso en ese mundo de apariencias y normas no escritas.
—Lucía, cariño, entiéndelo. Ese vestido es tradición en la familia. Lo llevó tu abuela y tu tía. No puedes romper con eso ahora —insistía doña Carmen.
Lucía me miró desde el umbral, buscando apoyo. Yo asentí con la cabeza, intentando transmitirle fuerza. Sabíamos que si cedíamos una vez más, nuestra boda dejaría de ser nuestra.
La noche anterior habíamos discutido hasta las tres de la mañana. Lucía lloraba en mi hombro: «No puedo más, Álvaro. Siento que no me dejan respirar. ¿Y si lo dejamos todo? ¿Y si nos vamos a Las Rozas y nos casamos solos?». Yo también lo había pensado, pero sabía cuánto significaba para ella tener a su familia cerca, aunque fuera así.
Esa mañana, mientras desayunábamos churros fríos y café recalentado en la cocina, Lucía me susurró: «Hoy vamos a hacer las cosas a nuestra manera. Pase lo que pase». Y así empezó nuestro pequeño motín.
A las once, cuando doña Carmen salió a comprar flores «de las buenas» al Mercado de Maravillas, Lucía aprovechó para llamar a su amiga Marta: «Tráeme el vestido azul que guardé en tu casa. El de encaje sencillo. No le digas nada a mi madre». Marta llegó media hora después, con una sonrisa cómplice y un vestido envuelto en una bolsa del Corte Inglés.
Mientras tanto, yo tenía mi propia batalla con don Manuel. Me llevó al despacho y cerró la puerta con llave.
—Álvaro, quiero que entiendas una cosa —dijo con voz grave—. En esta familia no toleramos improvisaciones ni escándalos. Espero que hoy todo salga perfecto.
Me temblaban las manos. Pensé en mi madre, que siempre decía: «Hijo, no te dejes pisar por nadie». Así que respiré hondo y respondí:
—Don Manuel, con todo respeto, Lucía y yo queremos una boda sencilla. Lo importante es que nos queremos. No necesitamos tanto protocolo.
Me miró como si hubiera dicho una blasfemia.
—Eso es lo que dicen los jóvenes ahora —bufó—. Pero ya verás cómo agradecerás haber hecho las cosas bien.
Salí del despacho con el corazón acelerado y encontré a Lucía en el pasillo, abrazando su vestido azul como si fuera un tesoro.
—¿Estás lista? —le pregunté.
—Más que nunca —me respondió con una sonrisa temblorosa.
El plan era sencillo: cuando llegara la hora de vestirnos para la ceremonia civil en el Ayuntamiento de Madrid, Lucía fingiría ponerse el vestido familiar para las fotos en casa y luego se cambiaría en el coche camino al Ayuntamiento. Yo haría lo mismo: me quitaría la corbata de seda que me había impuesto don Manuel y me pondría mi chaqueta azul marino favorita.
Llegó el momento de salir. Doña Carmen lloraba emocionada mientras nos hacía posar junto al piano del salón. Lucía aguantaba estoicamente con el vestido antiguo puesto, pero sus ojos buscaban los míos cada segundo.
En cuanto cerramos la puerta del portal y subimos al taxi con Marta y mi amigo Sergio, Lucía se quitó el vestido familiar entre risas nerviosas y se puso el suyo azul. Marta le ayudó con el maquillaje mientras Sergio me daba una palmada en la espalda:
—¡Así se hace! Hoy os casáis vosotros, no ellos.
Llegamos al Ayuntamiento justo a tiempo. Cuando doña Carmen y don Manuel entraron al salón y vieron a Lucía vestida de azul y a mí sin corbata ni chaqueta formal, se quedaron petrificados.
—¿Pero qué habéis hecho? —exclamó doña Carmen—. ¡Esto es una vergüenza!
Lucía se acercó a ella y le tomó las manos:
—Mamá, hoy es nuestro día. Os queremos aquí con nosotros, pero necesitamos hacerlo a nuestra manera.
Don Manuel no dijo nada durante unos segundos eternos. Luego suspiró y asintió lentamente:
—Si sois felices así…
La ceremonia fue sencilla pero llena de emoción. Nos miramos a los ojos y supimos que habíamos ganado algo más importante que una batalla familiar: habíamos aprendido a defender nuestro amor.
Al final del día, mientras paseábamos por el Retiro bajo la luz dorada del atardecer, Lucía me preguntó:
—¿Crees que algún día nos perdonarán?
Yo le respondí:
—Quizá no hoy ni mañana… pero algún día entenderán que amar también es saber poner límites.
Y ahora os pregunto: ¿cuántas veces habéis sentido que teníais que elegir entre vuestra felicidad y las expectativas familiares? ¿Vale la pena renunciar a uno mismo por no decepcionar a los demás?