No corras hacia el altar, Lucía: La huida de una novia atrapada entre tradiciones y miedos

—¡Lucía, por favor, no empieces otra vez!— La voz de mi madre retumbó en la cocina, mientras yo apretaba los puños para no llorar. —No es momento de dudas. Todo está preparado, la familia de Álvaro ha hecho tanto por ti…

Pero yo ya no podía más. Llevaba semanas despertando con el corazón encogido, sintiendo que cada decisión sobre mi boda era una imposición. El vestido, la iglesia, hasta la lista de invitados: todo lo había decidido la madre de Álvaro, doña Carmen, con su sonrisa dulce y sus palabras envenenadas.

—Lucía, cariño, en nuestra familia siempre hacemos las cosas así. Ya verás qué bonito será todo— me repetía ella, mientras me enseñaba los manteles bordados con las iniciales de su hijo y los menús que había encargado sin consultarme.

Mi padre, sentado en el salón con su periódico, apenas levantaba la vista. —No le busques tres pies al gato, hija. Álvaro es un buen chico. ¿Qué más quieres?—

Pero yo quería respirar. Quería sentir que mi boda era mía, no un escaparate para la familia de mi futuro marido. Cada vez que intentaba hablar con Álvaro, él me respondía con evasivas:

—Lucía, sabes cómo es mi madre… Mejor dejarla hacer. Así evitamos líos.

¿Y yo? ¿Dónde quedaba yo en todo esto?

La semana antes de la boda fue un infierno. Mi hermana pequeña, Marta, intentó animarme:

—Si no quieres casarte, no lo hagas. Nadie puede obligarte.

Pero yo sentía el peso de toda la familia sobre mis hombros. Las llamadas de tías y primas, los mensajes de amigas preguntando por los detalles… Y doña Carmen organizando hasta el color de las flores del baño.

Una noche, mientras cenábamos en casa de los padres de Álvaro, estallé:

—¿Por qué nadie me pregunta lo que quiero?—

El silencio fue brutal. Doña Carmen me miró como si hubiera roto una reliquia familiar. Álvaro me apretó la mano bajo la mesa, pero no dijo nada.

Esa noche lloré en silencio. Me sentía sola, atrapada en una vida que no era la mía. Recordé a mi abuela Pilar, que siempre decía: “Lucía, nunca te olvides de quién eres”. Pero yo ya no lo sabía.

El día antes de la boda, fui a la iglesia para ver los últimos detalles. Me encontré con el cura, don Manuel, que me miró a los ojos y me preguntó:

—¿Estás segura de esto?

No supe qué responderle.

Esa noche soñé que corría por las calles vacías de Madrid con el vestido puesto, huyendo de todos. Me desperté sudando y supe que tenía que hacer algo.

A las seis de la mañana, llamé a Marta:

—Ven a buscarme. No puedo casarme así.

Ella llegó en diez minutos. Metí cuatro cosas en una mochila y salí sin mirar atrás. Mi madre gritó desde la puerta:

—¡Lucía! ¡Estás loca! ¿Qué va a decir la gente?

No contesté. Bajé las escaleras temblando y me subí al coche de mi hermana.

—¿Estás segura?—me preguntó Marta.

—No lo sé. Pero necesito ser yo misma otra vez.

Nos fuimos a casa de una amiga en Toledo. Apagué el móvil y lloré durante horas. Sentí culpa, miedo y también un extraño alivio.

Los días siguientes fueron un torbellino: llamadas perdidas, mensajes furiosos de doña Carmen (“¡Has destrozado a mi hijo!”), el silencio decepcionado de mi padre… Pero también recibí mensajes inesperados: una prima confesándome que ella tampoco se atrevió a decir “no”, una amiga dándome las gracias por atreverme a romper el círculo.

Álvaro vino a buscarme una tarde lluviosa. Llamó a la puerta y le abrí temblando.

—¿Por qué lo has hecho?—me preguntó con los ojos rojos.

—Porque no era feliz. Porque ni siquiera sabía si quería casarme contigo o con tu familia.

Él bajó la cabeza y se fue sin decir nada más.

Han pasado meses desde entonces. Sigo reconstruyendo mi vida poco a poco. He vuelto a estudiar y he encontrado un trabajo en una librería del barrio. A veces me cruzo con conocidos que me miran como si fuera un fantasma o una heroína trágica.

Pero ahora respiro hondo y sonrío. He aprendido que nadie debe vivir la vida que otros han planeado para él.

¿Y vosotros? ¿Alguna vez habéis sentido que vivíais una vida ajena? ¿Habríais tenido el valor de huir antes del altar?