Lágrimas en el asfalto: El eco de una pérdida
—¡León, no cruces todavía! —grité, pero mi voz se perdió entre el rugido de los coches y el murmullo de la ciudad. Era una mañana cualquiera en Madrid, el cielo encapotado y la prisa pegada a los talones de todos. Mi mujer, Carmen, discutía conmigo por el móvil sobre quién debía recoger a León del colegio. Yo insistía en que podía hacerlo, que no era para tanto, pero ella, como siempre, desconfiaba de mi puntualidad.
—Dario, por favor, no llegues tarde otra vez. Sabes que a León le pone nervioso esperar solo —me reprochó Carmen con ese tono que mezcla amor y cansancio.
—Tranquila, cariño. Hoy llego a tiempo —mentí, mientras miraba el reloj y apuraba el paso entre la multitud.
Aquel día, León salió corriendo del colegio con su mochila azul y una sonrisa que me desarmó. Tenía siete años y toda la vida por delante. Me abrazó fuerte y me contó que había marcado un gol en el recreo. Yo fingí escucharle con atención, pero mi mente estaba en otra parte: el trabajo, las facturas, la hipoteca que nos ahogaba desde hacía meses.
Caminábamos juntos hacia casa cuando sucedió. Un coche se saltó el semáforo en rojo. Todo fue tan rápido… Recuerdo el chirrido de los frenos, los gritos de la gente, mi mano soltando la suya por un segundo para contestar una llamada de mi jefe. Ese segundo bastó para perderlo todo.
El cuerpo de León quedó tendido sobre el asfalto mojado. El tiempo se detuvo. Caí de rodillas junto a él, temblando, suplicando a Dios que aquello no fuera real. Carmen llegó minutos después, corriendo, descalza, con el rostro desencajado. Sus gritos aún resuenan en mis pesadillas.
—¡¿Qué has hecho, Dario?! ¡Te lo advertí! —me gritó entre sollozos mientras abrazaba a nuestro hijo sin vida.
Desde entonces, la casa se llenó de silencios incómodos y miradas rotas. Carmen dejó de hablarme durante semanas. Dormíamos en habitaciones separadas. Yo pasaba las noches sentado en el sofá, mirando fotos antiguas de León en mi móvil y preguntándome en qué momento todo se torció.
Mis padres intentaron ayudarme. Mi madre venía cada tarde con croquetas y palabras vacías: “La vida sigue”, “Tienes que ser fuerte por Carmen”. Pero yo solo quería desaparecer. Mi padre, un hombre seco y poco dado a los abrazos, me miraba con una mezcla de compasión y decepción.
—Dario, tienes que volver a trabajar —me dijo un día—. No puedes quedarte aquí lamentándote para siempre.
Pero ¿cómo volver a la normalidad cuando tu mundo se ha derrumbado? Mis amigos dejaron de llamarme; algunos no sabían qué decirme, otros simplemente no soportaban mi tristeza. Solo Laura, mi hermana pequeña, se atrevía a sentarse conmigo en silencio y dejarme llorar sin juzgarme.
La culpa era un monstruo que me devoraba por dentro. Cada vez que Carmen me miraba, veía en sus ojos la pregunta que yo mismo no podía responder: ¿Por qué no sujeté más fuerte la mano de León? ¿Por qué contesté esa maldita llamada?
Un día, Carmen rompió el silencio:
—No puedo seguir así, Dario. No puedo mirarte sin recordar lo que pasó.
—Lo sé… —susurré—. Yo tampoco puedo perdonarme.
Ella hizo las maletas y se fue a casa de su hermana en Valencia. Me quedé solo con los recuerdos y el eco de los pasos de León corriendo por el pasillo. El colegio envió una carta de condolencias; los vecinos dejaron flores en la puerta durante semanas. Pero nada llenaba el vacío.
Intenté buscar respuestas: hablé con psicólogos, fui a misa todos los domingos aunque nunca fui creyente, incluso escribí cartas a León que nunca enviaría a ningún sitio. Me preguntaba si algún día podría volver a reír sin sentirme culpable.
Un año después del accidente, Carmen regresó para recoger sus cosas definitivas. Nos sentamos frente a frente en la cocina donde tantas veces desayunamos los tres juntos.
—¿Crees que algún día podremos perdonarnos? —le pregunté con la voz rota.
Ella me miró con lágrimas en los ojos:
—No lo sé, Dario. Pero tenemos derecho a intentarlo.
Hoy sigo caminando por las calles de Madrid con la sensación de que León podría aparecer en cualquier esquina, con su mochila azul y su sonrisa traviesa. A veces creo escuchar su risa entre el bullicio del tráfico y me detengo a mirar atrás.
¿Es posible reconstruir una vida después de perderlo todo? ¿Alguna vez dejará de doler? Si alguien ha pasado por algo parecido… ¿cómo se aprende a vivir con este peso?