Cuando el invierno entró en casa: el día que Tomás me dejó
—¿Otra vez llegas tarde, Tomás? —pregunté, intentando que mi voz no temblara mientras recogía los platos de la cena fría.
Él ni siquiera me miró. Se quitó el abrigo con un suspiro y lo dejó caer sobre la silla. El silencio era tan denso que podía oír el tictac del reloj de la cocina, ese que heredamos de la abuela Carmen y que siempre marcaba los minutos más lentos cuando había tensión en casa.
—No puedo más, Lucía —dijo al fin, con una voz que no reconocí—. Esto no funciona. Todo es culpa tuya.
Sentí cómo se me helaba la sangre. ¿Culpa mía? ¿Después de todo lo que había hecho por él, por nuestros hijos, por esta familia? Me apoyé en la encimera para no caerme. Los niños dormían arriba, ajenos a la tormenta que se desataba en el salón.
—¿De qué hablas? —susurré, temiendo la respuesta.
Tomás me miró por fin, pero sus ojos estaban vacíos, como si ya no quedara nada de aquel hombre que conocí en la universidad de Salamanca, el que me recitaba poemas de Lorca bajo los castaños del parque.
—Estoy cansado de tus reproches, de tu obsesión por tenerlo todo perfecto. No soy feliz aquí. Me voy.
Y así, sin más, recogió una bolsa y salió por la puerta. Ni una palabra más. Ni una mirada atrás. El portazo resonó en toda la casa y sentí que algo dentro de mí se rompía para siempre.
Esa noche no dormí. Me senté en el sofá con una manta sobre los hombros y repasé cada momento de los últimos años: las discusiones por el dinero, las tardes corriendo entre el trabajo y las extraescolares de los niños, las cenas rápidas y los silencios cada vez más largos. ¿En qué momento dejamos de hablarnos? ¿Cuándo se convirtió nuestro hogar en un campo de batalla?
Al día siguiente, mi madre vino a casa. Me abrazó fuerte, como cuando era niña y me caía jugando en la plaza del pueblo.
—Hija, tienes que ser fuerte por tus hijos —me susurró al oído—. No eres la primera ni serás la última a la que le pase esto.
Pero yo no quería ser fuerte. Quería gritar, llorar, pedirle a Tomás que volviera y arreglara todo. Quería volver a ser esa familia que paseaba los domingos por el Retiro, riendo y soñando con un futuro juntos.
Los días siguientes fueron un infierno. Las vecinas cuchicheaban en el portal. Mi suegra me llamó para decirme que esperaba que «no le llenara la cabeza a los niños contra su padre». En el trabajo, mi jefe me miraba con lástima cuando llegaba con los ojos hinchados de tanto llorar.
Una tarde, mientras ayudaba a mi hija Marta con los deberes, ella me miró muy seria:
—Mamá, ¿papá ya no nos quiere?
Sentí una punzada en el pecho. ¿Cómo explicarle a una niña de ocho años que a veces los adultos se pierden y no saben cómo volver?
—Claro que os quiere, cariño —mentí—. Pero ahora necesita estar solo un tiempo.
Marta asintió en silencio y siguió escribiendo. Yo me levanté para ir al baño y allí, frente al espejo, vi a una mujer derrotada, con ojeras profundas y el alma hecha trizas.
Las semanas pasaron lentas. Aprendí a hacer la compra sola, a arreglar el grifo que goteaba desde hacía meses, a enfrentarme a las reuniones del colegio sin Tomás a mi lado. Cada pequeño logro era una batalla ganada al miedo y a la tristeza.
Un día recibí un mensaje de Tomás: “Quiero ver a los niños este fin de semana”. Nada más. Ni un “¿cómo estás?”, ni un “lo siento”.
Le respondí con frialdad y preparé a los niños para su visita. Cuando vino a recogerlos, apenas cruzamos palabras. Vi en sus ojos algo de arrepentimiento, pero también mucha distancia. Ya no éramos los mismos.
La soledad se convirtió en mi compañera constante. Por las noches, cuando la casa estaba en silencio, repasaba una y otra vez nuestras conversaciones, buscando el momento exacto en que todo empezó a ir mal. ¿Fue cuando perdí mi trabajo en la tienda? ¿Cuando nació nuestro segundo hijo y dejamos de tener tiempo para nosotros? ¿O simplemente nos dejamos llevar por la rutina hasta olvidar por qué nos enamoramos?
Mis amigas intentaron animarme:
—Lucía, eres joven aún. Sal, conoce gente nueva —me decía Ana mientras tomábamos café en la terraza del bar de siempre.
Pero yo no quería conocer a nadie. No quería empezar de cero. Solo quería entender qué había hecho mal para merecer este castigo.
Un sábado por la mañana, mientras paseaba sola por el parque donde solíamos ir en familia, vi a una pareja discutiendo junto al columpio. Ella lloraba; él gesticulaba enfadado. Me vi reflejada en ellos y sentí una mezcla de tristeza y alivio: no era la única que sufría por amor.
Poco a poco empecé a reconstruirme. Volví a pintar, algo que había dejado aparcado por falta de tiempo y ganas. Me apunté a clases de yoga en el centro cultural del barrio y allí conocí a otras mujeres con historias parecidas a la mía.
Una tarde, después de clase, compartimos nuestras experiencias tomando té:
—A mí también me dejaron cuando menos lo esperaba —dijo Carmen—. Al principio crees que es culpa tuya, pero luego te das cuenta de que nadie es perfecto.
Sus palabras me hicieron pensar. Quizá no era cuestión de buscar culpables sino de aceptar que las personas cambian y que el amor no siempre es suficiente para mantener una familia unida.
Hoy sigo luchando cada día por mis hijos y por mí misma. A veces todavía duele ver parejas felices o escuchar la risa de Tomás cuando viene a buscar a los niños. Pero ya no me siento tan sola ni tan culpable.
Me pregunto: ¿De verdad somos responsables del dolor ajeno o simplemente somos víctimas del tiempo y las circunstancias? ¿Cuántas mujeres como yo callan su sufrimiento por miedo al qué dirán?