Cuando el amor duele: Confesiones de una madre española que tuvo que marcharse
—¿Otra vez llegas tarde, Sergio? —mi voz temblaba, pero él ni siquiera levantó la vista del móvil. El olor a cena fría llenaba la cocina mientras nuestro hijo, Mateo, lloraba en la cuna. Era la tercera noche seguida que cenaba sola, con el eco de mis pensamientos y el llanto de mi bebé como única compañía.
Recuerdo cuando Sergio y yo nos conocimos en la universidad de Sevilla. Él era divertido, apasionado, lleno de sueños. Yo, una chica sencilla de barrio Triana, creía haber encontrado al hombre que me haría feliz. Pero la vida no es un cuento y, a veces, el amor se transforma en una sombra que te asfixia.
El embarazo fue duro. Mi madre, Carmen, me ayudaba como podía, pero Sergio empezó a cambiar. Se volvió distante, frío. «Estoy cansado del trabajo», decía. Pero yo también estaba cansada: de las noches sin dormir, del miedo a no ser suficiente madre, del silencio que se instaló entre nosotros como un muro invisible.
Una tarde de otoño, mientras Mateo dormía en mis brazos, escuché a Sergio hablar por teléfono en el balcón. «No sé qué hacer con Lucía… Está insoportable desde que nació el niño». Sentí cómo se me rompía algo por dentro. ¿Era yo insoportable por pedirle ayuda? ¿Por llorar cuando no podía más?
Mi suegra, Pilar, nunca me lo puso fácil. «Las mujeres de antes no se quejaban tanto», repetía cada vez que me veía agotada. «Tienes suerte de tener un marido trabajador». Pero yo no quería suerte; quería amor, apoyo, una mano que me sostuviera cuando sentía que me ahogaba.
Las discusiones se volvieron rutina. «No exageres, Lucía», decía Sergio mientras recogía sus cosas para irse a jugar al pádel con los amigos. «Tú solo tienes que cuidar al niño y la casa». Yo sentía que mi vida se reducía a limpiar manchas de papilla y calmar llantos interminables.
Una noche, después de una pelea especialmente dura —él gritó, yo lloré—, me encerré en el baño con Mateo en brazos. Me miré al espejo: ojeras profundas, pelo desordenado, una tristeza que no reconocía. «¿Dónde quedó la Lucía alegre?», pensé.
Mi madre vino al día siguiente. Me abrazó fuerte y susurró: «Hija, nadie merece vivir así». Sus palabras fueron como un faro en medio de la tormenta. Empecé a pensar en irme, pero el miedo me paralizaba: ¿cómo iba a criar sola a mi hijo? ¿Qué dirían los vecinos? ¿Y si Sergio me quitaba a Mateo?
Pasaron semanas. Cada día era más difícil levantarse. Una mañana, mientras preparaba el biberón, escuché a Sergio decir: «No sé por qué sigues aquí si no eres feliz». Fue como una bofetada. Tenía razón: ya no era feliz.
Esa noche esperé a que Sergio se durmiera. Preparé una mochila con lo imprescindible: pañales, ropa para Mateo y algo de dinero que había ido guardando poco a poco. Llamé a mi madre y le pedí que viniera a buscarme.
—¿Estás segura? —me preguntó mientras subíamos al coche.
—No puedo más, mamá —le respondí entre lágrimas—. Prefiero ser una madre sola que una mujer rota.
Los primeros días en casa de mi madre fueron duros. Mateo lloraba mucho; yo también. Me sentía culpable por haber roto la familia, por no haber sido capaz de salvar mi matrimonio. Pero poco a poco empecé a respirar mejor. Mi madre me ayudó a buscar trabajo en una tienda del barrio; mis amigas me apoyaron más de lo que imaginaba.
Sergio apenas llamó. Solo para preguntar por Mateo o para reprocharme que le había dejado solo. Nunca preguntó cómo estaba yo.
Un día recibí un mensaje suyo: «No sé si podré perdonarte algún día». Me quedé mirando la pantalla mucho rato antes de responder: «Yo tampoco sé si podré perdonarte a ti».
La vida siguió. Aprendí a ser madre y mujer al mismo tiempo. A veces me invade la tristeza cuando veo familias felices en el parque o cuando Mateo pregunta por su padre. Pero también siento orgullo: he sido valiente.
Hoy escribo esto para todas las mujeres que sienten que no pueden más. No somos egoístas por querer ser felices; no somos malas madres por elegirnos a nosotras mismas.
A veces me pregunto: ¿cuántas Lucías habrá ahora mismo llorando en silencio? ¿Cuántas madres aguantan por miedo al qué dirán? Si tú eres una de ellas… ¿qué te impide buscar tu propia luz?