Mi marido no va a reformar tu casa: Una guerra familiar en el corazón de Castilla

—¡Te lo repito, Manuel! ¡No pienso ver cómo tiras tu vida arreglando esa casa vieja cuando la nuestra se cae a pedazos!— gritó Carmen desde el pasillo, su voz retumbando en las paredes de la casa de mis padres, donde ahora vivíamos.

Me quedé paralizada en la cocina, con las manos aún húmedas del agua jabonosa. Manuel, mi marido, bajó la cabeza. Yo sentí una punzada en el pecho, una mezcla de rabia y tristeza. ¿Cómo podía ser que después de tantos años de soñar con restaurar la casa de mis abuelos, ahora tuviera que pelear cada día por ello?

Recuerdo perfectamente la primera vez que llevé a Manuel a mi pueblo, cerca de Ávila. El sol caía sobre los tejados rojos y la fachada desconchada de mi casa parecía suplicar ayuda. Él sonrió y me dijo: “Aquí podríamos empezar algo bonito”. Pero todo cambió cuando Carmen, su madre, se enteró de nuestros planes.

—¿Pero tú te has vuelto loca, Lucía?— me espetó una tarde mientras tomábamos café en su salón, rodeadas de fotos antiguas y cortinas de encaje amarillento.— Esa casa es un agujero negro. Si Manuel mete un euro ahí, será para perderlo. Mejor que se ocupe de la nuestra, que falta le hace.

Desde entonces, cada conversación familiar era una batalla. Mi suegra no perdía oportunidad para recordarle a Manuel que tenía responsabilidades con ella y con la casa familiar en Salamanca. Mi marido, atrapado entre dos mujeres fuertes y dos casas que se caían a trozos, empezó a evitar el tema. Yo sentía que cada día perdía un poco más de él y de mi sueño.

Una noche, después de otra discusión en la que Carmen casi lloró para convencer a Manuel de ir a arreglar el tejado de su casa, me encerré en el baño y me miré al espejo. ¿Por qué tenía que elegir? ¿Por qué siempre las mujeres terminamos compitiendo por el cariño y la atención de los hombres de la familia?

Mi madre intentaba consolarme: —Hija, los hombres son así. No les gusta el conflicto. Pero tú no te rindas. Esa casa es tuya y de tus recuerdos.

Pero los recuerdos no pagaban las facturas ni arreglaban las goteras del techo. Cada vez que llovía, ponía cubos en el pasillo y rezaba para que no se desplomara el techo sobre nuestras cabezas. Mientras tanto, Carmen llamaba a diario para contarle a Manuel que el grifo del baño goteaba o que la caldera hacía ruidos extraños.

Una tarde de otoño, mientras recogía membrillos del jardín con mi hermana Elena, exploté:

—No puedo más. Siento que estoy perdiendo todo: mi casa, mi marido… hasta mi dignidad.

Elena me abrazó fuerte. —Lucía, tienes derecho a luchar por lo tuyo. Pero también tienes derecho a pedirle a Manuel que te apoye. No eres menos por necesitar ayuda.

Esa noche, cuando Manuel volvió del trabajo, le esperé sentada en el salón oscuro. Él entró en silencio, como si temiera encontrarme llorando otra vez.

—Manuel —le dije sin rodeos—. Necesito saber si estás conmigo o con tu madre. No puedo seguir viviendo así.

Él se sentó a mi lado y suspiró largo rato.

—Lucía… No quiero hacer daño a nadie. Mi madre está sola desde que murió mi padre. Siento que si no la ayudo con la casa, le fallo… Pero también sé lo importante que es para ti este lugar.

—No se trata solo de una casa —le interrumpí—. Es mi historia. Es lo único que me queda de mis abuelos. Si no lucho por esto ahora, ¿qué me queda?

Manuel me miró con los ojos llenos de culpa y cansancio.

—Dame tiempo —me pidió—. Intentaré hablar con ella.

Pero los días pasaban y nada cambiaba. Carmen seguía llamando cada mañana; yo seguía recogiendo agua del techo; Manuel seguía atrapado en medio.

Hasta que una tarde todo explotó. Carmen apareció sin avisar en nuestra puerta, con una maleta y cara de pocos amigos.

—Me quedo aquí unos días —anunció—. Así veo cómo estáis y ayudo un poco.

La tensión era insoportable. Cada comida era un campo de minas: si yo mencionaba la casa, Carmen cambiaba de tema; si Manuel intentaba mediar, ella se hacía la víctima.

Una noche escuché cómo discutían en el pasillo:

—¡Tu mujer solo piensa en esa casa vieja! ¡Y tú te olvidas de tu familia!

—¡Mamá, Lucía es mi familia ahora! —gritó Manuel por fin—. Y esta casa también es mía.

Me tapé la boca para no sollozar. Por primera vez sentí que Manuel estaba dispuesto a luchar conmigo.

Al día siguiente, Carmen hizo las maletas y se fue sin despedirse. El silencio que dejó fue casi tan pesado como su presencia.

Con el tiempo, Manuel y yo empezamos poco a poco a arreglar la casa: primero el tejado, luego las ventanas… No fue fácil ni barato. A veces discutíamos; otras veces reíamos recordando las locuras de nuestros padres.

Pero aprendí algo importante: las casas no solo se construyen con ladrillos y cemento; también con recuerdos, peleas y reconciliaciones.

Ahora, cuando paso por el pasillo y veo la luz filtrarse por las ventanas nuevas, pienso en todo lo que hemos superado.

¿Vale la pena luchar tanto por un hogar? ¿O al final solo importa quién está dispuesto a quedarse contigo cuando todo se viene abajo?