La verdad que desgarra a la familia García: «Tu nieta lleva seis años en este mundo»
—Señora García, su nieta lleva seis años en este mundo y usted ni siquiera lo sabe.
La voz de la mujer, temblorosa pero firme, me atravesó como un cuchillo. Era una noche fría de noviembre en Madrid, y yo solo quería llegar a casa después de una jornada agotadora en la gestoría. Pero allí estaba ella, con una niña de ojos grandes y pelo castaño, idéntica a mi hijo Pablo cuando era pequeño. Me quedé paralizada, el bolso colgando de mi brazo, mientras el tráfico rugía a nuestro alrededor.
—¿Cómo dice? —logré balbucear, sintiendo cómo el suelo se abría bajo mis pies.
La mujer, que luego supe que se llamaba Lucía, me miró con una mezcla de rabia y tristeza. La niña se aferraba a su abrigo, ajena al drama que se estaba desatando.
—Pablo es el padre de Sofía —dijo, señalando a la niña—. Y usted es su abuela.
No recuerdo cómo llegué a casa esa noche. Solo sé que las palabras de Lucía resonaban en mi cabeza como un eco imposible de acallar. Cuando entré en el salón, Pablo estaba viendo la televisión con su hermana Marta. Me temblaban las manos.
—Pablo, ¿puedo hablar contigo? —pregunté, intentando mantener la calma.
Él me miró extrañado, pero asintió y me siguió a la cocina. Cerré la puerta tras de mí.
—¿Quién es Sofía? —pregunté directamente.
Vi cómo se le helaba la expresión. Bajó la mirada y negó con la cabeza.
—No sé de qué hablas, mamá.
—No me mientas —le supliqué—. Hoy he conocido a Lucía y a Sofía. Me han dicho que eres el padre.
Pablo se pasó una mano por el pelo, nervioso. Durante unos segundos, el silencio fue insoportable.
—Mamá, te juro que no sé nada de eso —insistió.
Pero yo ya no podía creerle. La niña era igual que él a su edad; los mismos ojos oscuros, la misma sonrisa tímida. ¿Cómo podía ser casualidad?
Esa noche no dormí. Me debatía entre la lealtad a mi hijo y la certeza que me gritaba el corazón. ¿Y si Pablo mentía? ¿Y si había cometido un error y ahora no quería asumirlo? ¿O quizá Lucía buscaba algo de nosotros?
Al día siguiente, llamé a Lucía. Quedamos en una cafetería cerca del Retiro. Ella llegó puntual, con Sofía cogida de la mano. La niña dibujaba en una servilleta mientras nosotras hablábamos.
—No quiero dinero ni problemas —me dijo Lucía—. Solo quiero que Sofía conozca a su familia paterna. Pablo desapareció cuando le conté que estaba embarazada. Nunca quiso saber nada.
Sentí una punzada de dolor y vergüenza. ¿Era posible que mi hijo hubiera hecho algo así? Recordé cómo Pablo había cambiado tras aquel verano en Valencia, cuando tenía veintidós años. Se volvió más cerrado, más irritable. Pero nunca imaginé algo así.
—¿Por qué ahora? —pregunté.
Lucía suspiró.
—Sofía pregunta por su padre todos los días. Ya no puedo seguir mintiéndole.
Volví a casa destrozada. Pablo me esperaba en el pasillo.
—¿Has ido a verla? —preguntó sin rodeos.
Asentí. Él apretó los puños.
—No es mi hija —dijo con voz baja pero firme—. Lucía siempre ha querido arruinarme la vida.
No sabía qué pensar. Marta, mi hija menor, escuchaba desde la puerta y se acercó a mí más tarde.
—Mamá, deberíamos hacer una prueba de ADN —sugirió—. Así salimos de dudas.
La idea me pareció sensata, pero Pablo se negó rotundamente.
—No pienso hacerme ninguna prueba —gritó—. ¡Estoy harto de que todos dudéis de mí!
A partir de ese momento, la tensión en casa se volvió insoportable. Marta y yo apenas hablábamos con Pablo; él salía cada vez más y volvía tarde o ni siquiera dormía en casa. Yo me sentía culpable por dudar de mi propio hijo, pero también incapaz de ignorar lo que había visto en los ojos de Sofía.
Una tarde, mientras preparaba la cena, recibí un mensaje de Lucía: «Sofía está enferma y pregunta por su padre». No pude evitarlo; fui al hospital donde estaban ingresadas. Cuando llegué, vi a Sofía tumbada en la cama, pálida pero sonriente al verme entrar.
—Hola abuela —me dijo con voz débil.
Sentí cómo se me rompía el corazón. Me senté junto a ella y le acaricié el pelo.
En ese momento supe que no podía darle la espalda, fuera o no hija de Pablo. Era una niña inocente que solo quería amor y respuestas.
Esa noche enfrenté a Pablo por última vez.
—Pablo, puedes seguir negándolo toda tu vida si quieres —le dije entre lágrimas—, pero yo no voy a abandonar a Sofía. Si algún día decides ser valiente y afrontar la verdad, aquí estaremos las dos esperándote.
Él no respondió; solo bajó la cabeza y salió de casa sin mirar atrás.
Ahora Sofía viene a casa los fines de semana. Marta la adora y yo he vuelto a sentirme madre y abuela al mismo tiempo. La herida con Pablo sigue abierta; no sé si algún día sanará.
A veces me pregunto: ¿Qué pesa más, la sangre o el amor? ¿Cuántas verdades somos capaces de soportar antes de rompernos del todo?