Todo por mi hija: el precio de una vida entregada

—¿Papá, por qué no te vas a casa de tía Carmen unos días?—. La voz de Lucía, mi hija, sonó tan fría que sentí cómo se me helaba la sangre. Era la primera vez que me echaba de casa, aunque no lo dijera así. Me quedé parado en el pasillo, con la maleta en la mano, mirando las fotos familiares colgadas en la pared: Lucía con su primer uniforme del colegio, Lucía en la playa de Benidorm, Lucía con su madre antes de que el cáncer nos la arrebatara. Todo lo que había hecho en mi vida había sido por ella.

Recuerdo cuando nació, un 14 de marzo lluvioso en Madrid. Yo tenía 28 años y apenas sabía cambiar pañales, pero aprendí rápido. Mi mujer, Teresa, siempre decía que yo era demasiado blando con Lucía, que le consentía todo. Pero ¿cómo no hacerlo? Era nuestra única hija y, tras la muerte de Teresa, se convirtió en el centro de mi universo. Trabajé horas extra como conductor de autobús para pagarle la universidad privada que ella quería, aunque eso significara renunciar a vacaciones y a cenas con amigos.

Los años pasaron y Lucía creció. Se fue a estudiar a Salamanca y yo me quedé solo en nuestro piso de Vallecas. Cada vez que venía a casa, notaba cómo se distanciaba un poco más. Ya no me contaba sus cosas, apenas me daba un beso al llegar. Pero yo seguía esperándola con su comida favorita y le dejaba dinero «por si acaso».

Cuando terminó la carrera y volvió a Madrid, trajo consigo a Javier, su novio. Un chico serio, ingeniero informático, de familia bien. Al principio pensé que sería bueno para ella, pero pronto noté que Javier no me soportaba. Me miraba como si fuera un mueble viejo que estorbaba en su salón nuevo. Aun así, acepté que se mudaran conmigo mientras ahorraban para comprarse un piso.

—Papá, Javier y yo necesitamos nuestro espacio— me dijo Lucía una noche mientras cenábamos tortilla de patatas. —¿No podrías irte una temporada con tía Carmen?—

Sentí cómo se me rompía algo por dentro. ¿No era mi casa también? ¿No había sacrificado todo por ella? Pero no dije nada. Hice la maleta y llamé a Carmen, mi hermana mayor.

—¿Qué ha pasado, Antonio?— preguntó Carmen cuando abrí la puerta de su piso en Alcorcón.

—Nada, cosas de jóvenes— respondí, forzando una sonrisa.

Pero Carmen sabía leerme como nadie. Me preparó un café y me dejó hablar. Le conté todo: cómo Lucía apenas me miraba últimamente, cómo Javier parecía molesto cada vez que yo estaba cerca, cómo sentía que sobraba en mi propia casa.

—Has dado demasiado, hermano— dijo Carmen con tristeza. —A veces los hijos no saben ver el sacrificio hasta que es tarde.—

Pasaron los días y nadie me llamaba desde casa. Ni un mensaje de Lucía preguntando cómo estaba. Solo veía sus fotos en Instagram: cenas con amigos, escapadas a Segovia, sonrisas perfectas junto a Javier. Yo era invisible.

Una tarde decidí volver al piso para recoger unas cosas. Cuando llegué, encontré la puerta cerrada con una nueva cerradura. Llamé al timbre y fue Javier quien abrió.

—Antonio… ahora no es buen momento— dijo sin mirarme a los ojos.

—Solo vengo a por mis libros y unas camisas— respondí con voz temblorosa.

Lucía apareció detrás de él. —Papá, te dije que te avisaría cuando pudieras venir… Estamos muy liados.—

Me sentí como un intruso en mi propia vida. Recogí mis cosas en silencio mientras ellos cuchicheaban en la cocina.

Esa noche lloré como no lo hacía desde que murió Teresa. Me sentí viejo, inútil, desarraigado. ¿En qué momento mi hija dejó de necesitarme? ¿Cuándo pasé de ser su héroe a ser una molestia?

Carmen intentó animarme: —Antonio, tienes derecho a tu espacio y a tu dignidad. No puedes vivir esperando migajas de cariño.—

Pero yo no quería dignidad ni espacio; solo quería volver a sentirme parte de algo, volver a escuchar el «buenos días» de Lucía al entrar en la cocina.

Intenté rehacer mi vida: salí a pasear por el parque, fui al centro de mayores del barrio, incluso empecé a jugar al dominó con unos vecinos. Pero nada llenaba el vacío.

Un día recibí una carta del banco: Lucía había vendido el piso familiar sin consultarme. Me quedé sin casa y sin hija. Llamé desesperado pero no contestó. Solo recibí un mensaje frío: «Papá, era lo mejor para todos».

Ahora escribo estas líneas desde la habitación pequeña del piso de Carmen. Veo por la ventana cómo los niños juegan en el parque y me pregunto si algún día Lucía entenderá todo lo que hice por ella.

¿De verdad los padres estamos condenados a desaparecer cuando ya no somos útiles? ¿Cuántos Antonios hay ahora mismo sintiéndose solos en sus propias familias?