El día que eché a mi hijo y a su esposa: la culpa que me persigue
—¿De verdad vas a hacer esto, mamá? —La voz de Sergio retumbó en el pasillo, tan rota como mi corazón. Lucía, con los ojos enrojecidos, apretaba la maleta contra el pecho. Yo me apoyé en el marco de la puerta, temblando. No era la primera vez que discutíamos, pero sí la primera vez que sentía que estaba a punto de perderlo todo.
No sé en qué momento mi casa dejó de ser mi refugio y se convirtió en un campo de batalla. Cuando Sergio y Lucía vinieron a vivir conmigo, hace ya dos años, pensé que era lo natural: él había perdido el trabajo en la fábrica de Getafe y ella apenas conseguía horas como dependienta en un supermercado. «Solo será un par de meses, mamá», me prometió él. Pero los meses se convirtieron en años y mi vida empezó a desmoronarse.
Al principio, me esforzaba por hacerles sentir cómodos. Cocinaba sus platos favoritos, les dejaba la mejor habitación y hasta les cedí el baño grande. Pero pronto empecé a notar pequeñas cosas: la nevera siempre vacía, la ropa sucia amontonada, las facturas subiendo sin explicación. Yo seguía trabajando como administrativa en una gestoría del centro, pero cada vez llegaba más cansada y menos reconocida en mi propia casa.
Una noche, mientras fregaba los platos sola, escuché a Lucía quejarse en voz baja:
—Tu madre es una pesada. Siempre está encima de nosotros.
Me mordí los labios para no llorar. ¿En qué momento me convertí en una carga para ellos? ¿No era yo la que les estaba ayudando?
Las discusiones se hicieron habituales. Sergio se encerraba en su habitación durante horas jugando a la consola. Lucía salía con amigas y volvía tarde. Yo me sentía invisible, como si mi presencia molestara más que ayudara. Mi hija menor, Carmen, venía a visitarme los domingos y siempre me preguntaba lo mismo:
—Mamá, ¿por qué permites esto? No tienes por qué cargar con todo.
Pero yo no podía evitarlo. Siempre he sido así: la que aguanta, la que pone buena cara aunque por dentro se esté rompiendo. Mi marido nos dejó cuando Sergio tenía diez años y Carmen ocho. Desde entonces, sentí que tenía que compensarles por todo lo que les faltó.
Un día, al volver del trabajo, encontré la casa hecha un desastre: platos sucios por todas partes, la televisión a todo volumen y Lucía tumbada en el sofá mirando el móvil.
—¿No podrías ayudarme un poco? —le pedí con voz suave.
Ella ni siquiera levantó la vista:
—Estoy cansada, Consuelo. He trabajado toda la mañana.
Sentí una rabia sorda crecer dentro de mí. ¿Y yo? ¿Acaso no trabajaba también? ¿No era mi casa?
Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama recordando cada vez que había cedido, cada vez que había callado para evitar una discusión. Me di cuenta de que llevaba años viviendo para los demás y nadie vivía para mí.
La gota que colmó el vaso llegó una tarde lluviosa de noviembre. Volví antes del trabajo porque me encontraba mal y encontré a Sergio rebuscando en mi bolso.
—¿Qué haces? —pregunté, helada.
Él se sobresaltó:
—Nada, mamá… solo buscaba algo de dinero para comprar tabaco.
Me quedé sin palabras. ¿Hasta ese punto habíamos llegado? ¿A robarme?
Esa noche reuní el valor que nunca tuve y les pedí que se marcharan. No fue fácil. Sergio gritó, Lucía lloró y yo sentí que me partía por dentro. Pero algo en mí había cambiado: ya no podía seguir viviendo así.
Los días siguientes fueron un infierno. Carmen me llamó para decirme que había hecho bien, pero yo solo sentía vacío y culpa. Me preguntaba si era una mala madre, si había fallado a mis hijos.
Pasaron semanas antes de volver a hablar con Sergio. Me llamó una noche:
—Mamá… lo siento. No sabía cuánto te estábamos haciendo daño.
Lloré al escuchar su voz. Le dije que siempre sería su madre, pero que tenía derecho a vivir en paz.
Ahora la casa está más silenciosa. A veces echo de menos el bullicio, pero también disfruto del silencio. He empezado a ir a clases de pintura y he retomado contacto con viejas amigas. Poco a poco aprendo a vivir para mí.
A veces me pregunto: ¿cuándo dejamos las madres de ser personas para convertirnos solo en cuidadoras? ¿Cuánto daño nos hace la culpa? ¿Vosotros también habéis sentido alguna vez que todos se aprovechan de vuestro cariño?