Cuando el amor se rompe en silencio: la noche en que todo cambió

—¿Otra vez llegas tarde, Sergio? —pregunté con la voz temblorosa, mientras el reloj del salón marcaba la una y media de la madrugada.

Él ni siquiera me miró. Dejó las llaves sobre la mesa con un golpe seco y se quitó la chaqueta como si le pesara el mundo entero. Sentí el frío de su indiferencia atravesar el pasillo hasta donde yo estaba, sentada en el sofá, con la manta apretada contra el pecho.

—No empieces, Lucía —dijo, casi susurrando, pero con esa rabia contenida que ya conocía demasiado bien—. Estoy harto de que todo sea siempre igual aquí.

Me quedé callada. No quería discutir delante de los niños, aunque ya dormían. Pero algo dentro de mí se rompió esa noche. Había soportado meses de silencios, de miradas esquivas y reproches velados. Había intentado mantener la casa limpia, ayudar a los niños con los deberes, preparar cenas que se quedaban frías esperando su regreso. Todo para que él llegara y me dijera que era mi culpa.

—¿Mi culpa de qué, Sergio? —pregunté al fin, sintiendo cómo se me quebraba la voz—. ¿De que trabajes tanto? ¿De que no quieras estar aquí?

Él se giró por fin y me miró con una mezcla de cansancio y desprecio.

—De todo, Lucía. De que esta casa sea un infierno. De que no me escuche nadie. De que los niños estén siempre nerviosos. De que yo no pueda respirar.

Me quedé helada. No supe qué decir. Me levanté despacio y fui a la habitación de los niños. Los vi dormir, ajenos a todo, con sus caritas tranquilas bajo las sábanas del Atleti y de Frozen. Me senté en el borde de la cama de Martina y lloré en silencio.

Esa noche no dormí. Cuando amaneció, Sergio ya no estaba. Había dejado una nota en la mesa: «Necesito tiempo. No me llames».

Los días siguientes fueron una niebla espesa. Mi madre vino desde Toledo para ayudarme con los niños. Mi hermana Carmen me llamaba cada noche para asegurarse de que comía algo. Pero yo solo podía pensar en qué había hecho mal.

En el colegio, las otras madres me miraban con lástima cuando iba a recoger a los niños. «¿Qué tal estás, Lucía?», preguntaba Ana, la madre de Hugo, con esa voz suave que solo usan cuando saben que tu vida se ha ido al garete.

—Bien —mentía yo—. Un poco cansada, pero bien.

Pero no estaba bien. Me sentía vacía, como si alguien hubiera arrancado una parte de mí y la hubiera tirado a la basura junto con los restos del último cocido del domingo.

Una tarde, mientras doblaba ropa en el salón, Martina entró y me abrazó por la espalda.

—Mamá, ¿papá va a volver?

No supe qué decirle. Le acaricié el pelo y le mentí otra vez:

—Claro que sí, cariño. Solo necesita descansar un poco.

Pero ni yo misma lo creía. Sergio no llamaba, no escribía. Solo supe por mi cuñada Pilar que seguía trabajando hasta tarde y durmiendo en casa de un amigo.

Una noche, después de acostar a los niños, llamé a Carmen llorando.

—No puedo más —le dije—. Siento que todo esto es culpa mía.

Ella suspiró al otro lado del teléfono.

—Lucía, deja de culparte. Sergio siempre ha sido así. Tú has hecho todo lo posible por esta familia.

Pero yo no podía dejar de pensar en todas las veces que le había gritado a los niños porque estaba agotada, o en las cenas quemadas por despistarme pensando en facturas sin pagar.

Un sábado por la mañana, mientras preparaba churros para los niños, Sergio apareció por la puerta sin avisar. Llevaba barba de varios días y ojeras profundas.

—Necesito hablar contigo —dijo sin mirarme a los ojos.

Mandé a los niños al cuarto y me senté frente a él en la mesa de la cocina.

—No puedo seguir así —empezó—. Siento haberte dejado sola con todo esto… pero no sé si quiero volver.

Sentí un nudo en el estómago. Quise gritarle que era un cobarde, que nos había dejado tirados cuando más le necesitábamos. Pero solo pude susurrar:

—¿Y los niños? ¿Y yo?

Él bajó la cabeza.

—No sé… Necesito tiempo para pensar.

Se fue igual que vino: sin mirar atrás.

Esa noche decidí que no podía seguir esperando a alguien que ya no quería estar conmigo. Llamé a mi madre y le pedí ayuda para buscar trabajo. Empecé a limpiar casas por horas mientras los niños estaban en el colegio. Poco a poco fui recuperando fuerzas, aunque cada noche lloraba en silencio cuando nadie me veía.

Un día, Martina llegó del cole con una nota de la profesora: «Martina está más distraída últimamente». Me sentí culpable otra vez, pero también supe que tenía que ser fuerte por ellos.

Pasaron los meses y Sergio apenas venía a ver a los niños. Cuando lo hacía, traía regalos caros y promesas vacías. Yo aprendí a no esperar nada de él.

Un domingo cualquiera, mientras paseábamos por El Retiro con Carmen y sus hijos, Martina me cogió de la mano:

—Mamá, ¿tú eres feliz?

Me quedé pensando mucho rato antes de responderle:

—Estoy aprendiendo a serlo otra vez, cariño.

Ahora han pasado dos años desde aquella noche. Sigo viviendo en el mismo piso pequeño de Carabanchel, pero he conseguido un trabajo fijo en una residencia de mayores. Los niños sonríen más y yo he aprendido a quererme un poco más cada día.

A veces todavía me pregunto: ¿En qué momento dejamos de escucharnos? ¿Por qué es tan fácil culpar al otro cuando todo va mal? ¿Alguna vez podré perdonarme por no haber visto antes las señales?

¿Vosotros también habéis sentido alguna vez que os rompían el alma cuando menos lo esperabais? ¿Cómo se sigue adelante después?