Dos veces rota: ¿Cómo pude confiar en mi propia madre?
—¿Cómo has podido, mamá? —grité, con la voz rota, mientras la policía la escoltaba fuera de casa. El eco de mis palabras se quedó flotando en el pasillo, entre las fotos familiares que ahora parecían burlarse de mí. Mi madre, Rosario, no me miró. Bajó la cabeza, como si el suelo pudiera tragársela y esconderla de mi dolor.
Aquel día, el día en que arrestaron a mi madre, fue el final de todo lo que conocía. Pero también fue el principio de una pesadilla que aún no termina. Me llamo Lucía, tengo treinta y cuatro años y vivo en un pequeño pueblo de Castilla-La Mancha. Hasta hace un año, mi vida era sencilla: dos hijos preciosos, Daniel y Pablo, un trabajo a media jornada en la biblioteca municipal y una madre que siempre estaba dispuesta a ayudarme. O eso creía yo.
Todo empezó con una llamada. Era un martes de enero, frío y gris. Mi madre cuidaba de los niños porque yo tenía que cubrir una baja en el trabajo. Cuando contesté el teléfono, escuché su voz temblorosa: “Lucía, ven rápido… Daniel no respira”. El mundo se detuvo. Corrí como nunca antes, pero cuando llegué, ya era tarde. Daniel, mi pequeño de cinco años, estaba tendido en el suelo del salón. Los médicos dijeron que fue un accidente: se había atragantado con una pieza de juguete. Nadie sospechó nada más.
El dolor me destrozó. Durante meses fui un fantasma: iba al trabajo, recogía a Pablo del colegio, pero no vivía. Solo sobrevivía. Mi madre estaba siempre cerca, trayendo comida, ayudando con la casa, abrazándome cuando lloraba. “No te preocupes, hija”, me decía, “saldremos adelante”.
Pero entonces, apenas nueve meses después, ocurrió lo impensable. Otra llamada. Otra urgencia. Esta vez era Pablo. “Se ha caído por las escaleras”, dijo mi madre entre sollozos. Cuando llegué al hospital, los médicos ya no podían hacer nada. Mi segundo hijo se había ido.
Algo dentro de mí se rompió para siempre. No podía entender cómo era posible tanta desgracia en tan poco tiempo. Pero esta vez la policía sí sospechó. Había inconsistencias en el relato de mi madre; los médicos encontraron marcas extrañas en el cuerpo de Pablo. Empezó una investigación.
Recuerdo las noches sin dormir, repasando cada momento, cada decisión: ¿Por qué los dejé con ella? ¿Por qué confié tanto? Mi marido, Álvaro, intentaba consolarme, pero yo ya no era capaz ni de mirarle a los ojos sin sentirme culpable.
El día que la Guardia Civil vino a casa fue como una escena de película: luces azules parpadeando en la calle estrecha del pueblo, vecinos asomados a las ventanas, cuchicheos ahogados. Rosario salió esposada y yo me quedé sola en el umbral de la puerta, abrazando una foto de mis hijos.
Durante el juicio salieron a la luz secretos que nunca imaginé. Mi madre había sufrido depresión desde hacía años; nadie lo sabía porque siempre fingía estar bien. Había resentimientos antiguos entre nosotras: ella nunca aceptó mi independencia ni mi matrimonio con Álvaro. En los interrogatorios confesó que sentía celos de la relación que yo tenía con mis hijos, que a veces perdía el control.
—¿Por qué no me lo dijiste nunca? —le pregunté durante una visita al centro penitenciario.
Ella lloró como una niña pequeña.
—No quería perderte —susurró—. Pero al final te he perdido para siempre.
La prensa local hizo su agosto con nuestra desgracia: titulares sensacionalistas, fotos robadas, rumores maliciosos sobre mi familia. En el pueblo ya nadie me saluda igual; algunos me miran con lástima, otros con desconfianza.
He pasado meses encerrada en casa, evitando salir para no enfrentarme a las miradas ni a las preguntas incómodas: “¿De verdad no sabías nada?”, “¿Cómo pudiste dejarles con ella después de lo de Daniel?”.
A veces sueño con mis hijos: corren por el parque del pueblo, me llaman desde lejos y cuando intento alcanzarlos desaparecen entre la niebla. Me despierto empapada en sudor y con el corazón hecho trizas.
Mi marido y yo apenas hablamos ya; la culpa nos ha separado más que cualquier discusión o problema económico. Él dice que deberíamos mudarnos a otra ciudad y empezar de cero, pero yo siento que aquí están los recuerdos de mis hijos… y también mis fantasmas.
He empezado terapia porque sé que sola no puedo seguir adelante. La psicóloga me dice que debo perdonarme a mí misma, pero ¿cómo se hace eso? ¿Cómo se aprende a vivir con dos ausencias tan grandes?
A veces pienso en mi madre encerrada entre cuatro paredes blancas y frías. No sé si algún día podré perdonarla; tampoco sé si quiero hacerlo. Pero sí sé que nunca volveré a confiar ciegamente en nadie solo porque lleve mi sangre.
Ahora camino por las calles del pueblo como una sombra más; algunos días consigo mirar al cielo y respirar hondo sin romperme por dentro. Otros días solo quiero desaparecer.
Me pregunto si algún día podré volver a ser Lucía y no solo «la madre que perdió a sus hijos» o «la hija traicionada».
¿Es posible reconstruir una vida después de perderlo todo? ¿Puede el amor sobrevivir al dolor más profundo? ¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar?