Cuando el amor se apaga: Mi matrimonio con Miguel

—¿Otra vez llegas tarde, Miguel?— pregunté, intentando que mi voz no temblara, mientras el reloj de la cocina marcaba las once y media de la noche. El olor a tortilla fría flotaba en el aire, y la mesa seguía puesta para dos, como cada noche desde hace años. Miguel dejó las llaves en el cuenco de cerámica, sin mirarme siquiera.

—He tenido mucho trabajo, Lucía. No empieces— murmuró, quitándose la chaqueta y dirigiéndose directamente al salón, donde encendió la televisión sin esperar respuesta.

Me quedé de pie, con el plato en la mano, sintiendo cómo una punzada de rabia y tristeza me atravesaba el pecho. ¿En qué momento se había convertido nuestro hogar en este lugar frío y silencioso? ¿Cuándo dejamos de hablarnos de verdad?

Recuerdo cuando nos conocimos en la universidad de Salamanca. Miguel era divertido, apasionado por la literatura y siempre tenía una sonrisa para mí. Me enamoré de su manera de ver el mundo, de sus ganas de comerse la vida. Soñábamos con viajar por España, con tener hijos y una casa llena de amigos los domingos por la tarde. Pero esos sueños se fueron apagando poco a poco, como una vela olvidada en una habitación vacía.

Al principio pensé que era el estrés del trabajo. Miguel consiguió un puesto fijo en una notaría del centro y yo empecé a dar clases en un instituto. Las rutinas nos absorbieron: los madrugones, los atascos en la M-30, las facturas, las compras del supermercado. Pero lo que más me dolía era su silencio. Ya no me contaba cómo le había ido el día, ni me preguntaba por mis alumnos o mis preocupaciones. Yo intentaba mantener viva la chispa: preparaba su plato favorito los viernes, le proponía escapadas a Segovia o al pueblo de mis padres en Ávila. Siempre había una excusa: el cansancio, el trabajo, el fútbol.

Una noche, después de otra discusión absurda sobre quién debía sacar la basura, me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Me miré al espejo y apenas me reconocí: tenía ojeras profundas y los ojos apagados. ¿Dónde estaba la Lucía alegre y soñadora que él había conocido? ¿Dónde estaba yo?

La situación empeoró cuando mi madre enfermó. Pasaba las tardes en el hospital y al volver a casa solo encontraba más silencio. Miguel nunca preguntó cómo estaba ella; ni siquiera me abrazó cuando murió. En el funeral, se limitó a estar a mi lado como si fuera un invitado más. Sentí un vacío tan grande que pensé que me iba a romper por dentro.

Mi hermana Carmen intentó animarme:
—Lucía, tienes que hablar con él. No puedes seguir así.
—¿Y qué le voy a decir?— respondí entre sollozos—. Que me siento invisible en mi propia casa.

Pero Carmen tenía razón. Una noche, armándome de valor, apagué la televisión y me senté frente a Miguel.
—¿Podemos hablar?
Él suspiró, molesto.
—¿Otra vez? ¿No puedes dejarme tranquilo ni un momento?
Sentí cómo se me encogía el corazón.
—Miguel, necesito saber si todavía te importa lo que siento. Si aún te importo yo.
Él bajó la mirada y murmuró:
—No sé qué quieres que te diga.

Ese fue el principio del final. Empecé a salir más con mis amigas del instituto, a ir sola al cine o a pasear por El Retiro los domingos por la mañana. Descubrí que podía reírme otra vez, aunque fuera sin él. Pero cada vez que volvía a casa y veía su abrigo colgado en la entrada, sentía una mezcla de alivio y tristeza.

Un día encontré un mensaje en su móvil: era de una compañera del trabajo. Nada explícito, pero lo suficiente para entender que había alguien más ocupando el espacio que yo había dejado vacío sin querer. No le dije nada; simplemente lo miré mientras dormía y comprendí que ya no quedaba nada entre nosotros salvo rutina y miedo a estar solos.

La decisión de separarnos fue silenciosa, casi pactada sin palabras. Un sábado por la mañana, mientras desayunábamos en silencio, le dije:
—Creo que deberíamos darnos un tiempo.
Miguel asintió sin mirarme.

Ahora vivo sola en un piso pequeño cerca del instituto. Echo de menos algunas cosas: los domingos perezosos en la cama, las risas compartidas al principio… Pero también he aprendido a escucharme a mí misma y a no conformarme con menos de lo que merezco.

A veces me pregunto si podríamos haber hecho algo diferente o si simplemente nos dejamos llevar por la inercia hasta perdernos del todo. ¿Cuántas parejas viven juntas solo por miedo al vacío? ¿Cuándo fue la última vez que os preguntasteis si sois realmente felices?