El día que mi hija eligió a otro padre
—¿Cómo que no vas a querer que te lleve yo al altar, Lucía? —Mi voz tembló, pero no pude evitar que sonara más dura de lo que pretendía. Estábamos en la cocina, la luz de la tarde entrando por la ventana y tiñendo de oro los azulejos. Lucía, mi hija, mi niña, me miraba con esos ojos grandes que heredó de su madre.
—Papá, no es que no te quiera —dijo bajito—. Es solo que… Juan ha estado ahí para mí todos estos años. Tú… tú te fuiste.
Sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Me apoyé en la encimera, intentando recordar cómo respirar. ¿De verdad era eso lo que pensaba mi hija? ¿Que yo me fui? ¿Que la abandoné?
La historia de mi familia es como tantas otras en España: divorcio, nuevas parejas, hijos que crecen entre dos casas y dos mundos. Cuando Marta y yo nos separamos, Lucía tenía solo nueve años. Yo me mudé a un piso pequeño en Vallecas y luché por verla cada fin de semana. Pero el trabajo, los turnos cambiados en el hospital, las discusiones con Marta… todo fue erosionando el tiempo que pasábamos juntos.
Juan apareció cuando Lucía tenía doce. Un tipo correcto, ingeniero, con coche nuevo y sonrisa fácil. Pronto empezó a ir a sus partidos de baloncesto, a ayudarla con los deberes de mates, a estar presente en las reuniones del colegio. Yo sentía cómo me iba quedando atrás, como si mi papel de padre se desdibujara poco a poco.
—No es justo, Lucía —dije al fin, la voz ronca—. He hecho todo lo que he podido por ti.
Ella bajó la mirada y jugueteó con el anillo de compromiso.
—Lo sé, papá. Pero Juan… él ha estado en los momentos importantes. Cuando aprobé Selectividad, cuando tuve mi primer novio…
Me mordí el labio para no gritar. ¿Y yo? ¿Acaso no fui yo quien le enseñó a montar en bici en el Retiro? ¿No fui yo quien le curó las rodillas cuando se cayó jugando? ¿No fui yo quien lloró en silencio cada vez que se iba con su madre los domingos por la noche?
Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama, repasando cada cumpleaños, cada Navidad compartida a medias. Recordé la vez que Lucía me pidió que no viniera a su función del colegio porque «iba a estar mamá con Juan y sería incómodo». Recordé cómo me tragué el orgullo y le dije que no pasaba nada.
Al día siguiente llamé a Marta.
—¿Sabías lo de Lucía? —pregunté sin saludar.
—Ricardo, por favor… No empieces —suspiró ella—. Es su decisión.
—¿Y tú qué opinas?
—Opino que deberías respetarla. Juan ha sido un buen apoyo para ella.
Colgué antes de decir algo de lo que me arrepintiera. Me sentí solo, traicionado por todos. ¿Acaso nadie entendía lo que significaba para mí ese momento?
Durante días evité hablar con Lucía. Me refugié en el trabajo, en las guardias interminables del hospital Gregorio Marañón. Pero la herida seguía ahí, supurando cada vez que veía una foto suya en el móvil.
Una tarde recibí un mensaje: «Papá, ¿vas a ayudarme con la boda?». Era como si nada hubiera pasado. Como si pudiera pagar mi papel de padre con dinero.
Me senté frente al ordenador y abrí un foro de padres divorciados. Escribí mi historia: «Mi hija quiere que su padrastro la lleve al altar y me pide que pague la boda. ¿Estoy siendo egoísta si me niego?». Las respuestas llegaron rápido: algunos me decían que debía pensar en la felicidad de Lucía; otros me animaban a plantar cara y exigir respeto.
Esa noche llamé a Lucía.
—No voy a pagar la boda —dije sin rodeos—. No puedo hacerlo si no quieres que sea yo quien te acompañe al altar.
Hubo un silencio largo al otro lado.
—Lo entiendo —susurró—. Pero me duele.
—A mí también —respondí—. Más de lo que imaginas.
Colgué y rompí a llorar como un niño. No por el dinero, sino por todo lo perdido: los años ausentes, los abrazos no dados, las palabras no dichas.
Pasaron semanas sin hablarnos. Marta intentó mediar, pero yo estaba demasiado herido para ceder. Mis amigos me decían que era cuestión de orgullo; mi madre me recordaba que «la sangre tira mucho» y que Lucía acabaría volviendo.
El día de la boda llegó y yo no estaba invitado. Vi fotos en Facebook: Lucía radiante del brazo de Juan, Marta llorando de emoción, todos sonriendo menos yo, solo en mi piso con una copa de vino barato.
Esa noche releí los mensajes antiguos de Lucía: «Te quiero, papá»; «Gracias por venir al partido»; «¿Me ayudas con mates?». Me di cuenta de que había dejado que el dolor y el orgullo me robaran lo más importante: mi relación con mi hija.
Hoy escribo esto porque sigo sin saber si hice bien o mal. ¿Debería haber tragado mi orgullo y apoyado a Lucía aunque eligiera a otro padre? ¿O tenía derecho a sentirme desplazado y decir basta? A veces pienso que en España nos enseñan a ser fuertes, pero no a pedir perdón ni a mostrar nuestras heridas.
¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Es posible reconstruir una relación rota por el orgullo y los malentendidos? Porque yo aún espero una llamada suya… o quizá debería ser yo quien marque primero.