Lágrimas en la pantalla: Cuando tu propio hijo te olvida

—¿Mamá, me puedes hacer un Bizum de cien euros? —La voz de Lucía suena impaciente al otro lado del teléfono, ni un hola, ni un cómo estás. Solo la urgencia del dinero. Me quedo en silencio unos segundos, apretando el móvil con fuerza. Miro el reloj: son las ocho de la tarde y la casa está en penumbra, solo iluminada por la luz azulada del televisor encendido de fondo.

Recuerdo cuando Lucía era pequeña y corría a mis brazos después del colegio, con las rodillas llenas de tierra y los ojos brillando de historias. Ahora, a sus veintitrés años, vive en Madrid, lejos de nuestro piso en Valladolid. La distancia no es solo geográfica; es un muro invisible que se ha levantado entre nosotras.

—¿Para qué lo necesitas esta vez? —pregunto, intentando que mi voz no suene herida.

—Mamá, por favor, es para pagar una cosa de la universidad. Te lo devuelvo cuando cobre la beca —responde ella, con ese tono que mezcla prisa y desdén, como si mi preocupación fuera una molestia.

Cuelgo y hago el Bizum. Luego me quedo mirando la pantalla del móvil, esperando un mensaje de agradecimiento que nunca llega. Me siento en el sofá y las lágrimas empiezan a caer sin que pueda evitarlo. ¿En qué momento pasé de ser su confidente a ser solo una fuente de dinero?

Mi marido, Antonio, murió hace cinco años. Desde entonces, Lucía y yo nos quedamos solas. Al principio nos apoyábamos mutuamente, pero poco a poco ella empezó a alejarse. Primero fueron las salidas con amigas, luego los estudios fuera y ahora este silencio incómodo que solo se rompe cuando necesita algo.

Mis amigas del barrio me dicen que es normal, que los jóvenes ahora son así. «No te lo tomes a pecho, Carmen», me dice Pilar mientras tomamos café en la terraza del bar de la esquina. «Ya verás cómo vuelve cuando sea mayor y tenga hijos». Pero yo no quiero esperar a ser abuela para volver a sentirme madre.

Una tarde decido llamarla yo. El teléfono suena largo rato antes de que responda.

—¿Qué pasa, mamá? Estoy liada —dice Lucía, y escucho voces y risas al fondo.

—Solo quería saber cómo estabas —respondo, sintiéndome torpe.

—Bien, bien… Oye, ¿te importa si te llamo luego? Es que estoy con gente —y cuelga antes de que pueda decir nada más.

Me quedo mirando el móvil como si fuera un objeto extraño. ¿En qué momento dejamos de hablarnos? ¿Cuándo se rompió ese hilo invisible que nos unía?

Esa noche no puedo dormir. Doy vueltas en la cama recordando los cumpleaños en el parque, las tardes de deberes en la mesa del salón, los veranos en la playa de Gijón donde Lucía me cogía de la mano para saltar las olas. Ahora solo tengo su foto enmarcada en la mesilla y mensajes fríos pidiendo dinero.

Un día recibo una llamada inesperada de mi hermana Mercedes.

—Carmen, ¿has hablado con Lucía últimamente? —me pregunta preocupada.

—Solo cuando necesita algo… ¿Por qué?

—Me ha escrito para pedirme dinero también. Dice que está agobiada con la universidad y el piso —me cuenta Mercedes.

La preocupación se convierte en angustia. ¿Está Lucía realmente bien? ¿O hay algo más que no me cuenta?

Decido ir a Madrid sin avisar. Compro un billete de AVE y llego a su piso compartido una mañana lluviosa. Llamo al timbre y me abre una chica rubia que no conozco.

—¿Buscas a Lucía? Está en clase —me dice sin apenas mirarme.

Espero en un bar cercano hasta que Lucía aparece por la calle, con el pelo recogido y cara de cansancio. Cuando me ve se queda paralizada.

—¿Qué haces aquí? —pregunta, sorprendida y molesta.

—Quería verte. Estoy preocupada por ti —le digo, intentando no llorar.

Nos sentamos en una cafetería y durante unos minutos reina el silencio. Finalmente Lucía rompe a llorar.

—No puedo más, mamá. Todo es muy caro aquí, no llego a fin de mes y me da vergüenza pedirte ayuda todo el tiempo… Pero tampoco sé cómo hablar contigo sin sentirme una carga —confiesa entre sollozos.

La abrazo fuerte, como cuando era niña. Siento su cuerpo temblar y me doy cuenta de que ambas hemos estado sufriendo en silencio.

—No eres una carga, Lucía. Solo quiero saber cómo estás, escucharte… No solo enviarte dinero —le susurro al oído.

Ese día hablamos durante horas. Me cuenta sus miedos, sus dudas sobre el futuro, lo sola que se siente a veces en Madrid. Yo le hablo de mi soledad en Valladolid, de lo mucho que echo de menos nuestras charlas.

Volvemos a casa juntas ese fin de semana. Cocinamos tortilla de patatas como antes y vemos películas antiguas en el salón. Por primera vez en mucho tiempo siento que recupero a mi hija.

Pero sé que nada será igual que antes. La vida nos cambia, nos separa y nos obliga a aprender a querernos desde la distancia. Ahora hablamos cada semana por videollamada; a veces solo unos minutos, otras veces horas enteras. Ya no soy solo un banco para ella; soy su madre otra vez.

A veces me pregunto: ¿cuántas madres estarán ahora mismo esperando una llamada que no llega? ¿Cuántos hijos no saben cómo decir «te quiero» sin sentirse débiles? ¿Dónde aprendimos a escondernos detrás de una pantalla en vez de mirarnos a los ojos?

Quizá no tenga respuestas… pero hoy siento que he recuperado algo más valioso que el dinero: el amor de mi hija.