Cuando mi hogar dejó de ser mío: la historia de una madre española
—¿Mamá, puedes bajar la voz? Sergio está en una videollamada importante —me susurró Lucía desde la puerta del salón, con el ceño fruncido y el móvil pegado al pecho. Yo estaba fregando los platos, tarareando una copla de Rocío Jurado, como hacía cada mañana desde que me quedé viuda. Pero ahora, hasta el agua del grifo parecía demasiado ruidosa para esta casa que ya no sentía mía.
Nunca imaginé que llegaría a esto. Cuando Lucía y Sergio me pidieron quedarse “unos meses” para ahorrar para su piso, pensé que sería bonito volver a tener la casa llena. Vendí mi piso de tres habitaciones en Vallecas, ese donde crecieron mis hijos, y con los ahorros y lo que saqué de la venta, compré este pequeño adosado en Alcorcón. Lo hice por ellos, para ayudarles a empezar su vida juntos. Pero nadie me advirtió que el precio sería mi propia tranquilidad.
Al principio todo era ilusión. Lucía cocinaba conmigo, Sergio ayudaba con las compras. Pero pronto llegaron las normas: “Mamá, no pongas la lavadora por la mañana, que Sergio tiene reuniones”, “No uses la batidora a esta hora”, “¿Puedes no ver la tele tan alta?”. Mi salón se convirtió en una oficina silenciosa, mi cocina en un pasillo de puntillas. Hasta mi gato, Donato, parecía andar de puntillas por miedo a molestar.
Una tarde, mientras recogía la ropa del tendedero, escuché a Sergio hablando por teléfono en el balcón:
—Es que mi suegra no entiende lo que es trabajar desde casa…
Sentí un nudo en el estómago. ¿Era yo una molestia en mi propio hogar? ¿La madre que les había dado todo ahora era un estorbo?
Las discusiones empezaron a ser más frecuentes. Una noche, mientras cenábamos tortilla y ensalada, Lucía soltó:
—Mamá, ¿te importa cenar más tarde? Sergio tiene que terminar un informe y el ruido de los cubiertos le distrae.
Me quedé mirando mi plato. ¿Hasta cuándo iba a tener que pedir permiso para vivir?
Intenté hablarlo con Lucía:
—Cariño, yo también necesito sentirme cómoda en mi casa. No puedo estar todo el día callada o esperando a que Sergio termine de trabajar.
Ella me miró con ojos cansados:
—Mamá, solo te pedimos un poco de paciencia. Es temporal.
Pero lo temporal se alargó. Pasaron seis meses. Luego nueve. Y cada día sentía más frío en mi propio hogar.
Un domingo por la tarde, mi hermana Carmen vino a visitarme. Nos sentamos en la terraza con un café y unas pastas.
—¿Qué te pasa, Pilar? Te veo apagada —me dijo.
Le conté todo entre suspiros y lágrimas contenidas. Carmen me apretó la mano:
—Tienes derecho a vivir tranquila. Ya has hecho bastante por ellos.
Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama pensando en mis derechos como madre y como persona. ¿Por qué tenía que sacrificarlo todo? ¿Por qué nadie pensaba en mí?
Al día siguiente, mientras Lucía preparaba café para Sergio, reuní el valor para hablar:
—Lucía, tenemos que hablar seriamente. Esta situación no puede seguir así. Me siento una extraña en mi propia casa.
Ella se quedó callada unos segundos y luego bajó la mirada:
—Mamá… no sabía que te sentías así.
—Pues sí —dije con voz temblorosa—. He vendido mi casa por ayudaros y ahora ni siquiera puedo vivir tranquila. Necesito recuperar mi espacio.
Sergio apareció en la cocina justo entonces. Nos miró a las dos y dijo:
—Si Pilar necesita su espacio, buscaremos otra solución.
Por primera vez en meses sentí que alguien me escuchaba. No fue fácil. Hubo lágrimas y reproches, pero también abrazos sinceros.
Lucía y Sergio empezaron a buscar piso con más ahínco. Dos meses después se mudaron a un pequeño apartamento cerca del centro. El día que se fueron, Lucía me abrazó fuerte:
—Gracias por todo, mamá. Perdona si no lo he visto antes.
Ahora vuelvo a tararear coplas mientras friego los platos y Donato vuelve a corretear sin miedo por el pasillo. A veces echo de menos el bullicio, pero he recuperado algo más importante: mi paz.
Me pregunto… ¿cuántas madres españolas viven situaciones parecidas? ¿Hasta dónde debe llegar el sacrificio por los hijos? ¿Y cuándo es el momento de pensar en una misma?