El día más feliz y más cruel: Renacer tras el parto y la traición
—¿Por qué no contestas, Sergio? —le susurré, con la voz rota, mientras él miraba distraído por la ventana del hospital. El sol de Madrid entraba a raudales, dorando la cuna donde dormía nuestro hijo recién nacido. Yo aún sentía el dolor de los puntos, el sudor frío de la noche en vela, pero nada me dolía tanto como esa distancia invisible que notaba entre nosotros.
No era la primera vez que sentía que Sergio se alejaba. Pero ese día, el día en que debería haber sido el más feliz de mi vida, todo se rompió. Mientras él salía a comprarme un zumo —o eso dijo—, su móvil vibró sobre la mesilla. No suelo mirar lo ajeno, pero algo en mi interior me empujó. Lo cogí con manos temblorosas y vi el mensaje: «¿Ya ha nacido? ¿Cuándo vas a decírselo? Te echo de menos». El remitente era Lucía, una compañera suya del trabajo.
Sentí cómo el mundo se me caía encima. El pecho se me cerró y tuve que taparme la boca para no gritar. Mi madre, que estaba sentada a mi lado, me miró preocupada. —¿Todo bien, hija? —preguntó. No pude responderle. Solo asentí, tragando lágrimas y rabia.
Cuando Sergio volvió, intenté fingir normalidad. Pero no podía mirarle a los ojos. Él me besó la frente y me preguntó si necesitaba algo más. Yo solo quería respuestas. Quería saber por qué, justo cuando más le necesitaba, él había decidido rompernos.
Pasaron las horas y el hospital se llenó de visitas: mi hermana Marta con su risa escandalosa, mi padre trayendo flores, los amigos de Sergio… Todos celebraban la llegada de nuestro hijo, ajenos a la tormenta que rugía dentro de mí.
Esa noche, cuando todos se fueron y solo quedábamos los tres en la habitación, le pregunté directamente:
—¿Quién es Lucía?
Él se quedó helado. Bajó la mirada y tardó demasiado en responder.
—No es lo que piensas… —balbuceó.
—¿Entonces qué es? —le interrumpí, con voz baja pero firme—. ¿Por qué te dice que te echa de menos? ¿Qué tienes que decirme?
Sergio se sentó en la silla y se tapó la cara con las manos. Empezó a llorar. Yo nunca le había visto así. Me confesó que llevaba meses sintiéndose perdido, que no sabía cómo afrontar la llegada del bebé, que Lucía le escuchaba cuando yo estaba demasiado cansada o preocupada por el embarazo.
—No quería hacerte daño —dijo entre sollozos—. Pero no sé cómo volver atrás.
Me sentí humillada y furiosa. Pero sobre todo, me sentí sola. Sola en el momento en que más necesitaba apoyo. Sola con un hijo recién nacido y una vida que ya no reconocía.
Las semanas siguientes fueron un infierno. Volvimos a casa con el bebé y fingimos normalidad ante todos. Mi madre venía cada día a ayudarme con el pequeño Pablo. Mi hermana intentaba animarme con bromas y series en Netflix. Pero yo solo quería dormir y olvidar.
Sergio dormía en el sofá. Decía que era para no molestarme con los despertares del bebé, pero ambos sabíamos que era porque entre nosotros había un muro imposible de saltar.
Una tarde, mientras paseaba con el carrito por el Retiro, me encontré con Clara, una antigua amiga del instituto. Me preguntó cómo estaba y rompí a llorar en mitad del parque. Ella me abrazó fuerte y me dijo algo que nunca olvidaré:
—No eres menos madre ni menos mujer por lo que te ha hecho él. Eres valiente por seguir adelante.
Esa noche decidí hablar con Sergio seriamente. Le dije que necesitaba tiempo y espacio para pensar. Que no podía perdonarle así como así, pero tampoco quería tomar decisiones precipitadas con un bebé tan pequeño.
Él aceptó irse unas semanas a casa de su hermano Luis. Me quedé sola con Pablo y mi familia. Al principio fue durísimo: las noches eternas, las dudas constantes sobre si podría criarle sola, el miedo al qué dirán en el barrio o en el trabajo cuando volviera de la baja maternal.
Pero poco a poco empecé a sentirme más fuerte. Aprendí a pedir ayuda sin sentirme culpable. Mi madre me enseñó a bañar al bebé sin miedo; Marta venía cada viernes con pizza y películas; incluso mi padre empezó a venir más a menudo para pasear a Pablo por el parque.
Un día recibí una carta de Sergio. Decía que estaba en terapia, que quería cambiar y ser mejor padre aunque no volviéramos a estar juntos como pareja. Me dolió leerlo, pero también sentí alivio: ya no dependía de él para ser feliz.
Volví al trabajo después de cuatro meses. Mis compañeras me recibieron con abrazos y preguntas sobre Pablo. Algunas sabían lo que había pasado; otras solo notaban que yo era distinta: más seria, pero también más segura de mí misma.
Con el tiempo aprendí a perdonarme por no haber visto las señales antes; aprendí a dejar ir la rabia y a centrarme en mi hijo y en mí misma. Sergio sigue viendo a Pablo cada semana y nuestra relación es cordial, aunque distante.
A veces me pregunto si algún día volveré a confiar en alguien como confié en él. O si podré mirar atrás sin sentir ese nudo en el estómago.
Pero cuando veo a Pablo reírse conmigo en la cama por las mañanas, sé que sobreviví a la peor tormenta de mi vida.
¿Es posible renacer después de perderlo todo? ¿O solo aprendemos a vivir con las cicatrices? ¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar?