Entre el amor y el abismo: la decisión que me rompió el alma
—Si vuelves con él, Lucía, olvídate de volver a esta casa. —Mi voz temblaba, pero no podía permitirme flaquear. Ella me miró con esos ojos grandes, llenos de lágrimas y rabia, como si yo fuera la traidora.
Nunca imaginé que llegaría a pronunciar esas palabras. Yo, Carmen, la madre que siempre defendía a su hija ante todo y todos, ahora era la que le cerraba la puerta. Pero ¿cómo podía mirar hacia otro lado después de lo que había hecho?
Todo empezó hace dos meses, una tarde de domingo en nuestro piso de Vallecas. Lucía llegó sin avisar, con la cara desencajada y las manos temblorosas. Apenas cruzó la puerta, se derrumbó en el sofá y empezó a llorar desconsoladamente. Mi marido, Antonio, intentó calmarla, pero ella solo repetía: “No puedo más, mamá. No puedo más”.
La verdad salió a trompicones. Lucía había engañado a su marido, Sergio, con un compañero del trabajo. No fue un desliz de una noche: llevaba meses viéndose con él a escondidas. Sergio lo había descubierto todo por un mensaje en el móvil. La discusión fue brutal; Lucía salió de casa con lo puesto y vino directa a nosotros.
—¿Por qué, hija? —le pregunté entre sollozos—. ¿Por qué le has hecho esto a Sergio? Si siempre te ha tratado bien…
—No lo entiendes, mamá. Me sentía vacía. Sergio es bueno, sí, pero yo… yo necesitaba algo más. —Su voz era apenas un susurro.
Antonio se levantó furioso. —¡Eso no justifica nada! Has destrozado tu matrimonio y ahora quieres que te arropemos como si nada.
Me dolía ver a mi hija así, pero también me dolía pensar en Sergio, ese chico que había sido como un hijo para nosotros durante siete años. Recordé las cenas familiares, los veranos en la playa de Benidorm, las risas compartidas… ¿Cómo podía Lucía tirar todo eso por la borda?
Durante días, la casa se llenó de silencios incómodos y miradas esquivas. Antonio apenas le dirigía la palabra. Yo intentaba consolarla, pero sentía una rabia sorda creciendo dentro de mí. ¿En qué habíamos fallado como padres?
La noticia corrió como la pólvora entre los vecinos y familiares. Mi hermana Pilar me llamó indignada:
—¿Pero cómo permites que Lucía vuelva a casa después de lo que ha hecho? ¡Le estás dando alas para que siga haciendo daño!
—Es mi hija —respondí débilmente—. No puedo dejarla en la calle.
Pero las palabras de Pilar resonaban en mi cabeza cada noche. ¿Estaba siendo demasiado blanda? ¿Acaso el amor de madre justifica cualquier cosa?
Una tarde, Sergio vino a buscar sus cosas. Nos miró con una mezcla de dolor y dignidad que me partió el alma.
—Solo quiero entender por qué —dijo mirándome a los ojos—. ¿Por qué nadie me avisó? ¿Por qué nadie me defendió?
No supe qué responderle. Sentí vergüenza y rabia a partes iguales.
Lucía empezó a hablar de volver con Sergio. Decía que se había equivocado, que lo amaba de verdad y que quería arreglarlo todo. Pero yo ya no podía confiar en sus palabras.
—¿Y si vuelve a hacerlo? —le pregunté una noche mientras cenábamos las dos solas—. ¿Y si solo tienes miedo de estar sola?
Ella bajó la mirada.
—No lo sé, mamá… Solo sé que sin él no soy nada.
Fue entonces cuando sentí que tenía que poner límites. No podía permitir que mi hija jugara con los sentimientos de otra persona solo por miedo o dependencia. Por eso le di el ultimátum: si volvía con Sergio sin haber cambiado de verdad, sin asumir las consecuencias de sus actos, no podría volver a esta casa.
La tensión en casa se volvió insoportable. Antonio apoyaba mi decisión, pero yo sentía que me estaba rompiendo por dentro. ¿Qué clase de madre era yo para echar a mi hija?
Lucía pasó días enteros encerrada en su habitación, apenas comía y no quería hablar con nadie. Una noche la escuché llorar desconsoladamente y mi corazón se hizo trizas.
Recordé cuando era pequeña y venía corriendo a mis brazos cada vez que tenía miedo o se caía en el parque. Ahora yo era el motivo de su dolor.
Finalmente, Lucía tomó una decisión: se marchó del piso sin despedirse apenas. Solo dejó una nota en la mesa del comedor: “Perdón por todo, mamá. Necesito encontrarme antes de hacer más daño”.
Desde entonces no he vuelto a verla. A veces me llama para decirme que está bien, que está buscando ayuda psicológica y que necesita tiempo para entenderse a sí misma.
Antonio y yo seguimos adelante como podemos, pero el vacío que ha dejado Lucía es inmenso. Me pregunto cada día si hice lo correcto o si debería haberla abrazado más fuerte en vez de ponerle límites.
¿Se puede amar incondicionalmente a un hijo y al mismo tiempo rechazar sus actos? ¿Dónde está la línea entre el amor y la responsabilidad? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?