Tres cosas en la orilla: la decisión de Ana
—¿De verdad vas a dejarlo todo así, Ana? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, mezclada con el eco de las llaves que apretaba en el puño.
No respondí. Solo sentí el peso de su mirada clavada en mi espalda mientras metía en la mochila tres cosas: el libro de poemas de Gloria Fuertes que me regaló mi abuela, una foto de mi hermana Lucía y la bufanda azul que me tejió mi padre antes de irse de casa. El reloj marcaba las dos de la madrugada y el silencio del piso en Vallecas era tan denso que casi podía cortarlo.
Salí sin mirar atrás. Bajé las escaleras de puntillas, como si cada peldaño pudiera delatar mi huida. El taxi me esperaba abajo, el conductor —un hombre mayor con acento andaluz— me miró con curiosidad pero no preguntó nada. «A la estación Sur, por favor», susurré, como si temiera que alguien pudiera oírme y obligarme a volver.
Mientras el coche avanzaba por las calles vacías de Madrid, repasaba mentalmente los últimos días. Mi padre había vuelto después de cinco años, como si nada hubiera pasado. Mi madre, rota pero orgullosa, le abrió la puerta y le sirvió cocido como si fuera domingo. Lucía, siempre tan fuerte, no le dirigió la palabra. Yo… yo solo sentía rabia y una tristeza tan profunda que me ahogaba.
—¿Por qué te vas? —me preguntó Lucía esa tarde, cuando le confesé mi plan.
—Porque si me quedo, me pierdo a mí misma —le respondí, con lágrimas en los ojos.
En la estación compré un billete al azar: Valencia. No tenía un plan, solo necesitaba respirar lejos del peso de los secretos familiares. En el tren, miré por la ventana mientras el paisaje cambiaba: los campos de Castilla se transformaban en naranjales y palmeras. Recordé las palabras de mi abuela: «A veces hay que marcharse para poder volver».
Llegué al amanecer. El olor a salitre me golpeó como una bofetada dulce. Caminé hasta la playa y me senté en la arena fría. Saqué el libro de poemas y leí en voz alta: «No soy de aquí ni soy de allá». Sentí que por fin podía llorar sin miedo a ser juzgada.
Durante días vagabundeé por las calles del Cabanyal, buscando trabajo y un lugar donde dormir. Conocí a Carmen, una mujer mayor que regentaba una pequeña pensión. Me ofreció una habitación a cambio de ayudarla con las tareas. «Aquí todas tenemos una historia», me dijo guiñando un ojo.
Las noches eran largas y solitarias. A veces llamaba a Lucía desde una cabina:
—¿Mamá pregunta por mí?
—No lo dice, pero no duerme —me respondía ella.
—¿Y papá?
—Hace como si nada hubiera pasado. Como siempre.
La culpa me devoraba por dentro. ¿Era egoísta por irme? ¿Tenía derecho a buscar mi felicidad aunque eso doliera a los demás? En España nos enseñan desde pequeñas a cuidar de la familia, a callar los problemas para no dar que hablar en el barrio. Pero yo ya no podía más.
Un día Carmen me llevó al mercado central. Entre risas y chismes sobre los vecinos, me contó su historia: había dejado a su marido maltratador en los años ochenta y nunca volvió al pueblo para no avergonzar a sus padres. «A veces hay que elegir entre sobrevivir o complacer a los demás», me dijo mientras elegía tomates.
Sus palabras me dieron fuerza. Empecé a escribir cartas para mi madre, aunque nunca las envié. En ellas le contaba todo lo que nunca me atreví a decirle: cómo me dolió su silencio cuando papá se fue, cómo odié tener que ser siempre la hija buena, cómo deseaba gritar que yo también tenía derecho a equivocarme.
Una tarde recibí una llamada inesperada. Era mi padre.
—Ana… vuelve a casa. Tu madre está enferma.
Sentí un nudo en el estómago. ¿Era real o solo una excusa para traerme de vuelta? Dudé durante horas, paseando por la orilla mientras las olas lamían mis pies descalzos.
Esa noche soñé con mi infancia: los veranos en Asturias, las meriendas con pan y chocolate, las risas antes de que todo se rompiera. Al despertar supe que tenía que regresar, pero no como la hija sumisa de antes.
Volví a Madrid con miedo pero también con esperanza. Al entrar en casa, mi madre me abrazó tan fuerte que casi me rompe las costillas. No hablamos mucho; no hacía falta. Mi padre intentó justificar su ausencia, pero esta vez le miré a los ojos y le dije:
—No te perdono por ti, sino por mí. Porque quiero vivir sin rencor.
Lucía sonrió desde la puerta del salón. Por primera vez sentí que podía ser yo misma sin pedir permiso.
Ahora miro atrás y me pregunto: ¿Cuántas mujeres siguen atrapadas entre lo que esperan de ellas y lo que realmente desean? ¿Cuándo aprenderemos a elegirnos sin sentirnos culpables?