Entre la nostalgia y el rechazo: Un verano en casa de mi suegra en Cuenca
—¿De verdad tenemos que ir, Lucía? —me preguntó Daniel mientras metía a regañadientes su maleta en el maletero del coche. Yo no respondí. Miré el retrovisor y vi a mis hijos, Alba y Sergio, peleándose por el sitio de la ventana. El calor manchego ya se colaba por las rendijas del coche, y ni siquiera habíamos salido de Madrid.
No era la primera vez que íbamos a Cuenca a pasar unos días con mi suegra, Pilar. Pero este año era diferente. Desde la muerte de mi suegro, la casa parecía más fría, más grande y más llena de silencios incómodos. Daniel no hablaba mucho de su padre, pero yo sabía que le dolía. Y Pilar… bueno, Pilar nunca había sido fácil.
—No te preocupes, cariño —le dije a Daniel, intentando sonar convincente—. Solo serán unos días. Además, mamá está sola y le vendrá bien vernos.
Él suspiró y arrancó el coche. El viaje fue un desfile de reproches velados y canciones de reggaetón que Alba ponía a todo volumen. Cuando por fin llegamos, Pilar nos esperaba en la puerta, con ese gesto serio que nunca sabía si era tristeza o desaprobación.
—Ya era hora —dijo sin sonreír—. Subid las cosas antes de que se derritan los helados.
La casa olía a lejía y a sopa de cocido. Me sentí como una intrusa en mi propia familia. Durante la comida, Pilar no dejó de lanzar indirectas sobre cómo educábamos a los niños, sobre lo poco que veníamos a visitarla y sobre lo mucho que trabajaba yo fuera de casa.
—Antes las madres estaban más en casa —dijo mirando mi plato—. Así los niños no estaban todo el día pegados a una pantalla.
Daniel bajó la cabeza. Yo apreté los dientes.
Las tardes se hacían eternas. Los niños jugaban en el patio mientras Pilar y yo recogíamos la mesa en silencio. Una tarde, mientras fregaba los platos, Pilar me miró fijamente.
—¿Tú quieres a mi hijo? —me soltó de repente.
Me quedé helada. No supe qué responder. ¿Cómo se responde a eso? ¿Cómo se le explica a una madre que el amor no siempre es fácil, que hay días en los que solo queda el cansancio?
—Claro que sí —dije al fin, con un hilo de voz.
Ella asintió, pero no pareció convencida.
Esa noche discutí con Daniel. Él decía que yo no hacía esfuerzo por integrarme; yo le reprochaba que nunca me defendía delante de su madre. Los niños escucharon la discusión desde la habitación contigua. Alba lloró en silencio; Sergio se tapó los oídos con la almohada.
Al día siguiente, Pilar me sorprendió en el jardín con una caja de fotos antiguas. Me senté a su lado sin saber muy bien qué hacer.
—Mira —me dijo mostrándome una foto de Daniel de pequeño—. Siempre fue un niño sensible. Su padre era muy duro con él…
Por primera vez vi a Pilar vulnerable. Me habló de su infancia en un pueblo perdido de Cuenca, de cómo conoció a su marido en una verbena, de las veces que tuvo que callar para mantener la paz en casa. Me contó cosas que nunca le había oído decir ni siquiera a Daniel.
—A veces pienso que no supe protegerlo —susurró—. Que fui demasiado dura con él… y contigo también.
Sentí un nudo en la garganta. Quise abrazarla, pero no me atreví.
Esa noche, después de acostar a los niños, Daniel y yo salimos al patio. El cielo estaba lleno de estrellas y el aire olía a tomillo y tierra mojada.
—¿Sabes? —me dijo Daniel—. Creo que mamá está más sola de lo que parece.
Nos quedamos en silencio un rato largo. Por primera vez en mucho tiempo sentí que estábamos juntos en esto, aunque fuera difícil.
Los días siguientes fueron diferentes. Pilar empezó a dejarme ayudarla en la cocina sin criticarme cada paso. Los niños se reían más y discutían menos. Incluso Daniel parecía menos tenso.
El último día, antes de irnos, Pilar me abrazó torpemente.
—Gracias por venir —me dijo al oído—. Y perdona si a veces soy… como soy.
En el coche, mientras nos alejábamos por la carretera polvorienta, miré por el retrovisor y vi a mis hijos dormidos, abrazados uno al otro. Daniel me cogió la mano sin decir nada.
A veces pienso que las familias son como esas casas viejas: llenas de grietas, de habitaciones cerradas y rincones oscuros… pero también llenas de recuerdos y posibilidades nuevas si nos atrevemos a mirar más allá del polvo.
¿Alguna vez habéis sentido que perdonar es más fácil que comprender? ¿Qué haríais vosotros si tuvierais que elegir entre callar o intentar cambiar las cosas?