Nuestros hijos quisieron echarnos de nuestra propia casa: Historia de una traición bajo el mismo techo
—¿Cómo puedes decirme eso, Lucía? —mi voz temblaba, pero no de miedo, sino de una rabia contenida que me quemaba por dentro.
Lucía, mi hija mayor, me miraba con los ojos fríos, tan distintos a los de la niña que corría por este mismo pasillo con las rodillas llenas de tierra y la risa fácil. Ahora, sentada en el salón que yo mismo reformé con mis manos, parecía una extraña.
—Papá, no es tan grave. Solo queremos organizar las cosas para el futuro. Sergio y yo hemos hablado con un abogado. Dice que sería mejor poner la casa a nuestro nombre cuanto antes. Así evitamos problemas si pasa algo —dijo, cruzando los brazos.
Carmen, mi mujer, se llevó la mano al pecho. La vi palidecer. Yo sentí como si el suelo se abriera bajo mis pies.
No podía creerlo. Toda mi vida había girado en torno a esta casa. La compramos en los años ochenta, cuando apenas teníamos para pagar la hipoteca y Carmen cosía hasta las tantas para ayudarme. Aquí criamos a nuestros hijos, celebramos comuniones, cumpleaños, incluso funerales. Cada ladrillo tenía una historia.
—¿Y qué pasa con nosotros? —pregunté, intentando mantener la calma—. ¿Dónde quedamos tu madre y yo?
Sergio, mi hijo menor, intervino desde la puerta. Siempre fue más callado, pero ahora parecía tenerlo todo ensayado.
—Papá, mamá… No queremos echaros. Pero si la casa está a nuestro nombre, podemos pedir un préstamo y arreglar la cocina, el baño… Además, así está todo claro para cuando vosotros no estéis.
La frase me golpeó como un puñetazo. «Para cuando vosotros no estéis». ¿Tan fácil era borrarnos del mapa?
Carmen rompió a llorar. Yo sentí una mezcla de vergüenza y furia. ¿En qué momento nuestros hijos se habían convertido en desconocidos capaces de planear nuestra desaparición legal?
Esa noche no dormí. Me levanté varias veces y recorrí la casa en silencio: el pasillo con las fotos familiares, el comedor donde tantas veces reímos juntos, el pequeño jardín donde planté un limonero el año que nació Lucía. Todo parecía ajeno de repente.
Al día siguiente, Carmen y yo hablamos largo y tendido en la cocina.
—¿Hemos hecho algo mal? —me preguntó ella entre sollozos—. ¿Les hemos dado demasiado? ¿O demasiado poco?
No supe qué responderle. Siempre creí que criar a los hijos era darles raíces y alas. Pero ahora sentía que nos estaban cortando las raíces a nosotros.
Las semanas siguientes fueron un infierno silencioso. Lucía y Sergio venían cada vez menos. Cuando lo hacían, evitaban el tema o lo mencionaban como si fuera un trámite inevitable.
Una tarde de domingo, mientras Carmen preparaba una tortilla de patatas —como cada domingo desde hace treinta años— Lucía apareció con unos papeles.
—Solo tenéis que firmar aquí —dijo, tendiéndome el bolígrafo—. Así todo estará en regla.
Miré los papeles: una donación en vida de la vivienda a nombre de ambos hijos. Ni una palabra sobre nuestro derecho a seguir viviendo aquí. Ni una cláusula que nos protegiera.
—¿Y si no firmamos? —pregunté en voz baja.
Lucía suspiró, exasperada.
—Papá, no lo hagas más difícil. Todos mis amigos ya tienen sus casas a su nombre. Es lo normal ahora. No queremos problemas cuando falteis.
Me quedé mirando sus manos perfectamente cuidadas, tan distintas a las mías, llenas de cicatrices y callos de toda una vida de trabajo manual.
—¿Sabes lo que es normal para mí? —le dije—. Que los hijos cuiden de sus padres cuando son mayores. Que respeten su casa mientras estén vivos.
Lucía bajó la mirada. Por un momento creí ver un atisbo de duda en sus ojos.
Esa noche discutimos Carmen y yo como nunca antes. Ella quería firmar «para que los niños estén tranquilos»; yo me negaba en redondo.
—Nos van a echar en cuanto puedan —le dije—. No ves cómo han cambiado…
Pero Carmen seguía confiando en ellos. «Son nuestros hijos», repetía una y otra vez.
Pasaron los meses y la tensión creció tanto que apenas nos hablábamos con Lucía y Sergio. Un día recibimos una carta certificada: nos citaban para una mediación familiar en el ayuntamiento.
Allí nos sentamos los cuatro frente a una mediadora que intentaba poner paños calientes sobre una herida abierta.
—Tomás, Carmen… Sus hijos solo quieren seguridad jurídica —dijo la mediadora—. ¿No sería mejor dejarlo todo arreglado?
Yo exploté:
—¿Y nuestra seguridad? ¿Quién nos garantiza que no nos quedaremos en la calle?
Lucía rompió a llorar por primera vez desde que empezó todo. Sergio se levantó y salió dando un portazo.
La mediación terminó sin acuerdo. Volvimos a casa en silencio.
Esa noche Carmen me abrazó fuerte y me dijo:
—Quizá hemos criado a dos personas que no entienden lo que significa un hogar…
Desde entonces vivimos con miedo a cada llamada del timbre, a cada carta del buzón. La casa ya no es un refugio; es un campo de batalla silencioso.
A veces me pregunto: ¿En qué momento se rompió el hilo invisible que une a padres e hijos? ¿Qué haríais vosotros si vuestros propios hijos os quisieran echar del hogar que levantasteis para ellos?