El día que dije sí: la última vez que cuidé a mi nieta

—Mamá, por favor, solo esta vez. No tengo a nadie más—. La voz de Lucía, mi hija, temblaba al otro lado del teléfono. Eran las siete de la mañana de un jueves lluvioso en Madrid y yo apenas había terminado mi primer café.

Miré por la ventana, viendo cómo las gotas resbalaban por el cristal, y sentí ese nudo familiar en el estómago. Sabía lo que venía: otra petición de ayuda, otra vez poner mi vida en pausa para cuidar de los demás. Pero era mi nieta, Paula, y estaba enferma. ¿Cómo decir que no?

—Claro, Lucía. Tráela— respondí, intentando sonar tranquila.

A las ocho y media, Lucía llegó corriendo, con Paula en brazos, envuelta en una manta y con la carita roja por la fiebre. Apenas me miró a los ojos.

—Te lo agradezco muchísimo, mamá. No sé qué haría sin ti— dijo deprisa, dejando a Paula en el sofá y saliendo casi corriendo. Ni un beso, ni un «¿cómo estás?». Solo prisas y estrés.

Me quedé sola con Paula, que lloraba bajito y se aferraba a su peluche. Le preparé un vaso de agua y le puse una película de dibujos animados. Mientras la arropaba, recordé cuando Lucía era pequeña y yo hacía lo mismo por ella. Pero entonces tenía veinte años menos y mucha más energía.

Las horas pasaron lentas. Paula vomitó dos veces; tuve que cambiarle la ropa y lavar el sofá. Llamé al centro de salud, pero me dijeron que solo era un virus. Intenté darle de comer algo, pero no quería nada. Me sentí impotente y cansada.

A las tres de la tarde, Lucía llamó:

—¿Cómo está? ¿Ha comido?—

—No mucho. Está muy decaída— respondí.

—Bueno, es que no puedo salir antes del trabajo. ¿Puedes quedarte con ella hasta las seis?—

Sentí cómo se me encogía el corazón. Yo tenía cita con el médico a las cinco, pero ¿cómo decirle que no? Siempre he sido la madre disponible, la que nunca pone pegas.

—Sí, claro— mentí.

Colgué y me senté junto a Paula. Me miró con esos ojos grandes y tristes.

—¿Por qué estás triste, abuela?—

No supe qué contestar. ¿Cómo explicarle a una niña de cinco años que su abuela se siente invisible?

A las seis y media llegó Lucía, agotada y con ojeras.

—Gracias, mamá. De verdad… No sé qué haría sin ti— repitió, pero esta vez ni siquiera me miró mientras recogía a Paula.

Me quedé sola en el salón, rodeada de juguetes tirados y olor a vómito. Sentí una rabia sorda mezclada con tristeza. ¿En qué momento pasé de ser madre a ser simplemente «la que cuida»?

Esa noche no pude dormir. Recordé todas las veces que había dejado mis planes por ayudar a Lucía: cuando se separó de su marido y vino a vivir conmigo dos meses; cuando nació Paula y me pidió que fuera yo quien la cuidara mientras ella volvía al trabajo; los fines de semana en los que cancelé cenas con amigas porque «no tenía a nadie más».

Al día siguiente llamé a Lucía.

—Lucía, tenemos que hablar— le dije con voz firme.

Hubo un silencio incómodo.

—¿Qué pasa ahora?—

—No puedo seguir así. Me siento utilizada. No soy solo la abuela ni tu salvavidas cada vez que tienes un problema.—

Lucía suspiró.

—Mamá, no es para tanto… Solo te pedí ayuda porque confío en ti.—

Sentí cómo se me rompía algo por dentro.

—No es solo eso, Lucía. Es que nunca preguntas cómo estoy yo. Nunca te importa si tengo planes o si estoy cansada.—

Silencio otra vez.

—Mamá… Lo siento.—

Pero ya era tarde. La herida estaba hecha.

Desde entonces no he vuelto a cuidar de Paula sola. Lucía ha buscado otras soluciones: una vecina, una canguro joven del barrio. Nuestra relación es cordial pero distante; hay algo roto entre nosotras que no sé si podrá repararse.

A veces me pregunto si fallé como madre por no saber poner límites antes, o como abuela por no estar siempre disponible ahora. ¿Dónde está el equilibrio entre ayudar y dejarse pisotear? ¿Cuántos abuelos en España se sienten igual de invisibles que yo?

Quizá no soy la única que se pregunta: ¿Hasta dónde debemos llegar por nuestros hijos sin perder nuestra dignidad?