El eco de mi cumpleaños: soledad en la mesa familiar

—¿De verdad nadie va a venir? —me pregunté en voz alta, mirando la mesa puesta para seis personas, aunque solo yo ocupaba una silla. El reloj marcaba las ocho y media de la tarde y, como cada 14 de abril, había cocinado el guiso favorito de mi madre: cocido madrileño, aunque estemos en Toledo. El aroma llenaba la casa, pero el eco era el único que respondía a mis palabras.

Recuerdo cuando era niña y mi hermana Lucía y yo corríamos por el pasillo mientras mi padre, Antonio, ponía discos de Sabina a todo volumen. Mi madre, Carmen, reía y nos pedía que no tirásemos los globos antes de tiempo. Ahora Lucía vive en Valencia y apenas hablamos; papá se fue hace años con otra mujer y mamá… bueno, mamá se fue para siempre hace dos primaveras. Desde entonces, los cumpleaños dejaron de ser una fiesta.

—¿Por qué no llamas a alguien? —me preguntó mi vecina Pilar la semana pasada, cuando me vio comprando una tarta para seis en vez de una individual.

—No quiero molestar —le respondí con una sonrisa forzada. Pero la verdad es que no sabía a quién llamar. Mis amigas del instituto se casaron o se mudaron a Madrid. Con Marta discutí por una tontería hace tres años y nunca volvimos a hablarnos. A veces pienso en escribirle un mensaje, pero el orgullo me pesa más que la soledad.

Hoy he recibido dos mensajes: uno automático del banco y otro de mi jefe recordándome que mañana hay reunión a las nueve. Ni siquiera mi hermano pequeño, Sergio, que vive a veinte minutos en coche, se ha acordado. Sé que está liado con los niños y su mujer, pero… ¿tan difícil es un mensaje?

Me levanto y sirvo el cocido en un plato. El vapor empaña mis gafas y me obliga a quitármelas. Me miro en el reflejo de la ventana: treinta y siete años y parece que he vivido cien. ¿En qué momento dejé de ser el alma de la fiesta? Antes organizaba cenas, excursiones al campo, incluso algún viaje improvisado a la playa con amigos. Ahora me cuesta salir incluso a tirar la basura.

El teléfono suena. Es un número desconocido. Contesto con esperanza:

—¿Sí?

—Buenas tardes, ¿hablo con Laura García? —dice una voz seria.

—Sí, soy yo.

—Le llamamos del centro médico para recordarle su cita del jueves.

Cuelgo antes de que terminen. Me siento ridícula por haberme ilusionado.

De repente, recuerdo la última vez que celebramos todos juntos mi cumpleaños. Fue hace cinco años. Lucía trajo una tarta casera y Sergio llegó tarde pero con flores. Mamá estaba débil ya por la enfermedad, pero se empeñó en soplar las velas conmigo. Papá no vino; ya estaba en otra casa, con otra familia.

A veces pienso que la culpa es mía por no haber luchado más por mantenernos unidos. Otras veces creo que simplemente la vida nos arrastra y nos separa sin darnos cuenta. En los pueblos pequeños como el mío, todos parecen tener su círculo cerrado: las familias se reúnen los domingos, los amigos de siempre siguen quedando en el bar de la plaza… menos yo.

Me levanto y abro la ventana para que entre el aire fresco de abril. Escucho risas lejanas: los vecinos celebran algo en el patio interior. Por un momento me dan ganas de bajar y pedirles un trozo de tarta, pero me detengo. No quiero ser «la vecina triste».

Miro el móvil otra vez. Nada. Ni un mensaje más.

Me siento en el sofá y pongo una película antigua para intentar distraerme. Pero no puedo dejar de pensar en lo fácil que era antes hacer amigos: en la universidad bastaba con compartir apuntes o un café para empezar una amistad. Ahora parece que todos tienen prisa o miedo a abrirse.

Me acuerdo de cuando le conté a mamá que me sentía sola después de su muerte. Me dijo: «La soledad duele, hija, pero también enseña quién eres realmente». ¿Quién soy ahora? ¿La mujer que espera llamadas que nunca llegan? ¿O alguien capaz de empezar de nuevo?

De repente suena el timbre. Me sobresalto. ¿Será Sergio? ¿Lucía? Corro a abrir con el corazón acelerado.

—¡Sorpresa! —grita Pilar desde el rellano, con una bandeja de empanadillas y una vela encendida.

Detrás de ella aparecen dos vecinas más: Rosario y Elena, con una botella de vino y una bolsa de patatas fritas.

—Sabíamos que hoy era tu cumpleaños —dice Rosario—. No podíamos dejarte sola.

Me quedo sin palabras. Las invito a pasar y, por primera vez en mucho tiempo, la casa se llena de risas y voces. No son mi familia ni mis amigas de toda la vida, pero esta noche me siento menos sola.

Cuando se van, recojo los platos con una sonrisa tímida. Quizá mañana llame a Marta o escriba a Lucía para intentar recuperar lo perdido.

Me siento junto a la ventana y miro las luces del pueblo apagándose poco a poco.

¿Será posible volver a empezar cuando todo parece perdido? ¿Cuántos más sentís este vacío en días tan señalados? Quizá no esté tan sola como pensaba.