“Hay algo raro en tu copa”, susurró la camarera: El secreto de la boda en Madrid
—No bebas eso. Hay algo raro en tu copa —susurró la camarera, con los ojos clavados en mí, mientras dejaba el plato de jamón ibérico sobre la mesa.
Me quedé helada. El murmullo elegante del restaurante La Terraza del Retiro se desvaneció de golpe. Miré a Javier, mi prometido, que sonreía ajeno, levantando su copa de cava para brindar. Todo Madrid parecía brillar esa noche, pero yo sentía un nudo en el estómago.
—¿Qué pasa, Lidia? —preguntó Javier, arqueando una ceja—. ¿No vas a brindar conmigo?
Intenté sonreír, pero mis manos temblaban. La camarera, una chica joven con acento andaluz, se alejó rápidamente, lanzándome una última mirada cargada de advertencia. ¿Sería posible? ¿Alguien habría puesto algo en mi bebida? ¿O era una broma de mal gusto?
—Nada, es que… —balbuceé—. Me ha parecido ver algo raro en la copa.
Javier soltó una carcajada seca.
—¡Por favor! Aquí no pasa nada, cariño. Relájate, que mañana firmamos el acuerdo y la semana que viene ya eres mi mujer. ¡Vamos a disfrutar!
Pero yo no podía. Miré alrededor: las mesas llenas de parejas elegantes, los camareros moviéndose con destreza, el murmullo de conversaciones y risas. Todo parecía normal, pero sentía que algo iba mal.
Pensé en mi madre, que siempre decía: “Donde hay dinero, hay líos”. Y vaya si había dinero: Javier era uno de los empresarios más ricos de España, dueño de media Castellana y con contactos hasta en el gobierno. Yo venía de una familia humilde de Vallecas; mi padre había sido taxista y mi madre limpiadora. ¿Qué hacía yo allí, vestida de seda y rodeada de lujo?
—¿De verdad quieres casarte conmigo? —pregunté de pronto, sin poder contenerme.
Javier me miró sorprendido.
—¿A qué viene eso ahora?
—No lo sé… —dije bajito—. A veces siento que todo esto es demasiado bonito para ser verdad.
Él dejó la copa sobre la mesa y me tomó la mano.
—Lidia, te quiero. Y quiero que seas mi mujer. No pienses tonterías.
Pero su mirada era fría, calculadora. Recordé cómo había insistido en el acuerdo prenupcial: “Por si acaso”, había dicho. Y cómo su hermana Marta me miraba siempre por encima del hombro, como si yo fuera una intrusa en su mundo perfecto.
La camarera volvió a pasar cerca y me susurró al oído:
—Ten cuidado con él. No es lo que parece.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. ¿Cómo podía saber ella algo sobre Javier? ¿O era todo producto de mis nervios?
La cena continuó entre silencios incómodos y sonrisas forzadas. Javier hablaba de negocios, de viajes a Marbella y reuniones con ministros. Yo apenas podía concentrarme; solo pensaba en la copa frente a mí.
Cuando llegó el postre, Javier se levantó para ir al baño. Aproveché para llamar a mi mejor amiga, Ana.
—Tía, estoy fatal —susurré—. Creo que alguien ha intentado drogarme o algo así…
Ana se alarmó:
—¡Sal de ahí ahora mismo! ¿Quieres que vaya a buscarte?
Pero antes de que pudiera contestar, Javier regresó y me quitó el móvil de las manos.
—¿Con quién hablas? —preguntó serio.
—Con Ana… Me encuentro mal —mentí.
Él me miró fijamente y luego bajó la voz:
—No te pongas dramática. Todo está bien. Mañana firmamos y punto.
En ese momento supe que algo no encajaba. Decidí fingir que todo estaba bien y me excusé para ir al baño. Allí me encontré con la camarera.
—¿Por qué me has dicho eso? —le pregunté temblando.
Ella dudó un segundo antes de responder:
—He visto cosas raras aquí últimamente… Mujeres jóvenes con hombres mayores y mucho dinero… Y luego desaparecen del círculo social. Solo quiero que tengas cuidado.
Salí del baño con el corazón desbocado. Volví a la mesa y vi a Javier hablando por teléfono en voz baja, con cara de preocupación. Cuando me vio, colgó rápidamente.
—¿Todo bien? —preguntó forzando una sonrisa.
Asentí y le propuse irnos ya a casa. En el taxi, el silencio era espeso como la niebla madrileña en noviembre.
Esa noche no pude dormir. Pensé en mi familia, en lo lejos que estaba de mi vida sencilla en Vallecas. Pensé en Javier y en todo lo que podría perder si me equivocaba… o si tenía razón.
A la mañana siguiente, antes de ir a firmar el acuerdo prenupcial, llamé a mi madre.
—Mamá… ¿Tú crees que el dinero cambia a las personas?
Ella suspiró al otro lado del teléfono:
—El dinero no cambia a nadie; solo muestra quiénes son de verdad.
Colgué y miré mi reflejo en el espejo. ¿Estaba dispuesta a arriesgarlo todo por amor… o por miedo a perderlo?
Ahora os pregunto: ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar? ¿Hasta dónde llegaríais por descubrir la verdad?