Promesas Rotosas: Entre el Dinero y la Sangre
—¿Por qué siempre tengo que ser yo la que ceda, mamá? —le grité aquella tarde de agosto, con el sudor pegándome la camiseta al cuerpo y la rabia ardiendo en mi garganta.
Mi madre, Carmen, me miró desde la mesa de la cocina, donde pelaba patatas para la cena. Ni siquiera levantó la vista cuando respondió:
—Le prometí a tu hermano el dinero para el coche. Vosotros dos os apañáis. Yo ya he hecho bastante.
Mi hermano, Sergio, estaba sentado en el sofá del salón, con los pies descalzos sobre la mesa y el móvil en la mano. Ni se inmutó. Yo sentí cómo algo dentro de mí se rompía. No era solo el dinero; era la sensación de que, una vez más, yo era la responsable de arreglarlo todo, de ceder, de callar.
Aquel verano parecía que todo iba a ser fácil. Sergio acababa de aprobar las oposiciones y yo tenía un trabajo fijo en la biblioteca municipal de Alcalá de Henares. Mamá había dicho que ayudaría a Sergio a comprarse un coche para ir a trabajar a Madrid. Pero cuando llegó el momento de firmar los papeles, mamá se echó atrás y dijo que no podía darle todo el dinero. Que yo tenía que poner la mitad porque «sois hermanos y hay que ayudarse».
Discutimos durante días. Sergio decía que era justo porque él nunca había pedido nada y yo, según mamá, siempre había tenido más facilidades. Yo recordaba todas las veces que me quedé en casa cuidando de mamá cuando estuvo enferma, mientras él salía con sus amigos o se iba de viaje con su novia. Pero nadie parecía recordar eso ahora.
Al final, cedí. Puse la mitad del dinero. Pensé que así todo volvería a la normalidad, que mamá estaría tranquila y Sergio me lo agradecería algún día. Pero lo único que conseguí fue un silencio incómodo entre los tres.
Pasaron los años. Me casé con Luis y tuvimos una hija, Lucía. La vida siguió, pero la herida seguía ahí, latente. Cada vez que veía a Sergio llegar a casa de mamá con su coche nuevo, sentía una punzada en el pecho. Luis me decía que tenía que dejarlo atrás, pero yo no podía.
Una tarde, mientras preparaba la merienda para Lucía, recibí una llamada de mamá.
—¿Puedes venir? —su voz sonaba cansada—. Sergio está aquí y quiere hablar contigo.
Fui a su casa con Lucía dormida en el carrito. Al entrar, vi a Sergio sentado en la misma silla donde mamá pelaba patatas años atrás. Me miró con ojos cansados.
—Mira, Ana —empezó—. Sé que lo del coche fue una faena. Pero ahora necesito tu ayuda otra vez.
Sentí cómo la rabia volvía a subir por mi garganta.
—¿Otra vez? ¿No te das cuenta de lo que me costó aquello? —le espeté—. ¿Por qué siempre soy yo la que tiene que solucionar vuestros problemas?
Mamá intervino:
—Ana, hija, sois familia. Hay que ayudarse.
Me reí amargamente.
—¿Familia? ¿Eso es lo que somos? Porque yo solo siento que soy la única que da y da… y nunca recibe nada a cambio.
Sergio bajó la cabeza. Por primera vez vi culpa en sus ojos.
—No quiero pelear más contigo —dijo en voz baja—. Pero estoy en paro y no llego a fin de mes. Mamá tampoco puede ayudarme ahora.
Miré a Lucía dormida y sentí una mezcla de compasión y agotamiento. Pensé en mi propia familia, en Luis trabajando horas extra para pagar la hipoteca, en las noches sin dormir preocupada por el futuro de nuestra hija.
—No puedo seguir siendo tu salvavidas —le dije—. Tengo mi propia familia ahora. Mis prioridades han cambiado.
Mamá empezó a llorar en silencio. Sergio se levantó y salió sin decir nada más.
Esa noche no pude dormir. Recordé todas las veces que mamá nos repetía: «La familia es lo más importante». Pero ¿qué pasa cuando esa familia solo te pide y nunca te da? ¿Dónde está el límite entre ayudar y dejarse pisotear?
Al día siguiente, Luis me abrazó fuerte mientras le contaba lo ocurrido.
—Tienes derecho a poner límites —me dijo—. No eres egoísta por pensar en ti y en Lucía.
Pero la culpa seguía ahí, como una sombra pegada a mi espalda.
Pasaron semanas sin hablar con Sergio ni con mamá. Un domingo por la tarde, mientras jugaba con Lucía en el parque del barrio, vi a Sergio sentado solo en un banco. Dudé unos segundos antes de acercarme.
—¿Puedo sentarme? —pregunté.
Él asintió sin mirarme.
—Siento haber sido tan dura —dije al cabo de un rato—. Pero tienes que entenderme también a mí.
Sergio suspiró.
—Lo sé. Supongo que siempre pensé que tú eras la fuerte y yo podía apoyarme en ti… Pero ahora veo que eso no es justo.
Nos quedamos en silencio, viendo cómo Lucía corría detrás de una paloma.
—Quizá deberíamos aprender a pedir perdón —dije al fin—. Y también a decir basta cuando algo nos duele.
Sergio sonrió tristemente.
—Quizá sí…
Volví a casa sintiendo un poco menos de peso sobre los hombros. Sabía que el conflicto no estaba resuelto del todo, pero al menos habíamos empezado a hablar desde otro lugar: el del respeto mutuo.
Ahora miro a mi hija y me pregunto: ¿Cómo puedo enseñarle a poner límites sin dejar de querer? ¿Cómo se aprende a ser familia sin perderse a uno mismo?