Los ojos de una vieja amiga: una historia de reencuentro y redención en Madrid

—¿Marta? ¿Eres tú? —La voz temblorosa me sacudió como un trueno en mitad del silencio del autobús. Giré la cabeza, y allí estaban esos ojos: los mismos ojos verdes que tantas veces me habían hecho reír en el instituto, ahora apagados, rodeados de ojeras y miedo. Lucía.

No la veía desde hacía casi diez años. La última vez que hablamos fue después de aquella discusión absurda, cuando yo, herida y orgullosa, decidí alejarme. Pero ahora, en ese autobús de la línea 27, con el sol de Madrid colándose entre los cristales sucios, supe que el destino me estaba poniendo a prueba.

—Lucía… —susurré, sin atreverme a tocarla—. ¿Qué te ha pasado?

Ella bajó la mirada. Sus manos temblaban sobre el bolso, y noté un leve moratón en su muñeca. El corazón me dio un vuelco. Recordé las veces que me había contado, entre risas nerviosas, que su novio era «un poco celoso». Recordé cómo yo le quitaba importancia, cómo me reía con ella para no enfrentar la verdad.

El autobús se detuvo bruscamente en Atocha. Lucía se levantó de golpe.

—Tengo que irme —dijo casi en un susurro—. Me alegro de verte, Marta.

La vi bajar apresurada, casi huyendo. Dudé solo un segundo antes de seguirla. No podía dejarla ir otra vez. Corrí tras ella por la acera abarrotada, esquivando turistas y ejecutivos con prisa.

—¡Lucía! ¡Espera!

Se detuvo junto a una farola, respirando agitadamente. Me acerqué despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romperla.

—¿Estás bien? —pregunté, aunque sabía la respuesta.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No lo sé, Marta. No sé cómo he llegado hasta aquí…

La abracé. Sentí su cuerpo rígido, como si no recordara lo que era el consuelo. Nos quedamos así unos minutos, hasta que el tráfico y el bullicio de la ciudad se desvanecieron a nuestro alrededor.

Fuimos a una cafetería cercana. Pedimos dos cafés y nos sentamos en una mesa apartada. Lucía miraba constantemente su móvil.

—¿Te está esperando? —pregunté con cautela.

Asintió sin mirarme.

—Si llego tarde… se enfada. Pero no puedo más, Marta. Me grita, me insulta… A veces… —se quedó callada, pero sus lágrimas lo decían todo.

Sentí una mezcla de rabia y culpa. ¿Cómo no lo vi antes? ¿Por qué me alejé cuando más me necesitaba?

—Tienes que salir de ahí —dije con firmeza—. No estás sola, Lucía. Yo estoy aquí.

Ella negó con la cabeza.

—No es tan fácil. Tengo miedo… Y si le pasa algo a mi hijo…

Me quedé helada. No sabía que tenía un hijo. El peso de su secreto me aplastó.

—¿Dónde está ahora?

—En el colegio. Pero él… él sabe dónde estamos todo el tiempo. Me controla el móvil, las redes…

La impotencia me quemaba por dentro. Recordé a mi madre diciéndome siempre que las amigas están para todo, que nunca hay que dar la espalda a quien te necesita. Y yo lo había hecho.

—Vamos a buscar ayuda —le propuse—. Hay asociaciones, abogados… Puedes venirte a mi casa esta noche si quieres.

Lucía dudó unos segundos eternos. Finalmente asintió, como si se rindiera ante la posibilidad de esperanza.

Esa tarde fue un torbellino: recogimos a su hijo, Pablo, un niño callado con los mismos ojos verdes de su madre; fuimos a mi piso en Lavapiés; llamamos al 016 desde mi teléfono; contactamos con una abogada del centro de la mujer del barrio.

Por la noche, mientras Pablo dormía en mi sofá y Lucía lloraba en mi cocina, sentí que algo dentro de mí también se rompía y se recomponía al mismo tiempo.

—Perdóname por haberte dejado sola —le dije—. No volverá a pasar.

Ella me miró con una gratitud rota pero sincera.

Pasaron semanas difíciles: denuncias, visitas al juzgado, noches sin dormir por miedo a represalias. Pero poco a poco Lucía empezó a recuperar el color en las mejillas; Pablo volvió a sonreír; yo aprendí a perdonarme y a estar presente sin juzgar ni huir.

Un día, mientras desayunábamos juntas en la terraza, Lucía me preguntó:

—¿Por qué volviste?

La miré a los ojos y respondí:

—Porque nunca debí irme.

Hoy Lucía tiene un trabajo nuevo y vive con Pablo en un piso pequeño pero luminoso cerca del Retiro. Seguimos tomando café cada semana y riéndonos como antes, aunque ambas sabemos que hay heridas que nunca cierran del todo.

A veces me pregunto: ¿cuántas Lucías viajan cada día en los autobuses de nuestras ciudades? ¿Cuántas miradas evitamos por miedo o por comodidad? ¿Y si bastara un simple mensaje para cambiarlo todo?