Cuando el amor se convierte en traición: Historia de una madre madrileña

—¿De verdad vas a hacer esto, mamá? —La voz de Diego retumbó en el salón, rompiendo el silencio que se había instalado entre nosotros desde hacía semanas.

Sentí cómo se me encogía el corazón. Miré a mi hijo, mi niño, aunque ya tenía treinta y dos años y barba descuidada. Sus ojos, tan parecidos a los de su padre, brillaban con una mezcla de rabia y súplica.

—No es fácil para mí, Diego. Pero no puedo seguir así —le respondí, intentando que no se me quebrara la voz.

La tarde caía sobre Madrid y la luz anaranjada se colaba por las persianas del piso que había sido mi hogar durante más de cuarenta años. Allí crié a mis dos hijos, Diego y Lucía, tras la muerte de su padre en aquel accidente absurdo en la M-30. Desde entonces, todo lo que hice fue por ellos. Trabajé de cajera en el supermercado del barrio, cosí ropa para las vecinas y nunca me permití un solo lujo. Todo para que a ellos no les faltara nada.

Pero ahora, sentada frente a Diego, sentía que todo ese esfuerzo se desmoronaba como un castillo de naipes.

—Mamá, sólo te pido que confíes en mí —insistió Diego—. Si pones el piso a mi nombre, podré pedir ese préstamo y montar el negocio. Es por todos, por la familia.

Recordé la primera vez que Diego me pidió dinero. Tenía diecisiete años y quería irse de viaje con los amigos a Benidorm. Luego vinieron las matrículas universitarias, los caprichos, las promesas de devolverme cada euro. Siempre le creí. Siempre pensé que algún día maduraría.

Lucía, mi hija pequeña, me había advertido:

—Mamá, Diego sólo piensa en sí mismo. No le firmes nada. ¿Y si luego te echa?

Pero yo no podía creer que mi propio hijo fuera capaz de algo así. ¿No era yo su madre? ¿No le di todo?

Firmé los papeles una tarde lluviosa de noviembre. El notario me miró con una mezcla de lástima y resignación. Diego sonreía nervioso, apretando el bolígrafo entre los dedos sudorosos.

—Gracias, mamá. Te lo prometo: no te vas a arrepentir —me dijo al salir.

Durante meses esperé ver florecer ese negocio del que tanto hablaba. Pero lo único que floreció fue el silencio. Diego dejó de venir a casa. Cuando llamaba, siempre tenía prisa o estaba demasiado ocupado para pasar a verme.

Un día recibí una carta certificada: debía abandonar el piso en treinta días. Diego lo había vendido para saldar sus deudas con unos tipos que venían a buscarle al portal.

Recuerdo cómo me temblaban las manos al leer la carta. Lloré durante horas, sola en la cocina vacía. Lucía vino corriendo cuando se enteró.

—Te lo dije, mamá… —me abrazó fuerte—. Pero ahora tienes que pensar en ti.

Me mudé a un piso pequeño en Vallecas, con las paredes desconchadas y el ruido constante del tráfico. Cada noche repasaba una y otra vez todo lo que había hecho mal. ¿En qué momento dejé de ser madre para convertirme en víctima?

Diego no volvió a llamarme. Supe por conocidos que se había ido a Barcelona, huyendo de sus propios fantasmas. Lucía venía cada semana a verme y me traía flores o dulces caseros.

Una tarde de domingo, mientras tomábamos café en la cocina diminuta, Lucía me preguntó:

—¿Le perdonarías si volviera?

No supe qué responderle. El dolor seguía ahí, como una herida abierta que no cicatrizaba.

A veces sueño con Diego pequeño, corriendo por el parque del Retiro con los pantalones llenos de barro y la sonrisa limpia. Me despierto empapada en lágrimas y me pregunto si alguna vez podré volver a mirarle sin sentir este vacío.

Hoy escribo estas líneas porque sé que no soy la única madre que ha confiado ciegamente en un hijo. En España somos muchas las mujeres que hemos sacrificado todo por la familia y nos hemos quedado solas cuando más necesitábamos apoyo.

¿Dónde está el límite entre el amor y la ingenuidad? ¿Se puede perdonar una traición así? ¿O hay heridas que ni el tiempo ni el cariño pueden curar?