Entre el deber y el deseo: El secreto que nunca debí confesar
—¿Por qué has venido tan tarde, Diego? —La voz de Carmen, mi esposa, me recibió en la penumbra del salón. Su silueta, recortada contra la luz del televisor, me hizo sentir aún más culpable. No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle que había pasado la última hora en el portal de mi hermano, incapaz de decidir si subía a verle o huía de mis propios pensamientos?
Todo comenzó hace apenas dos meses, el día que Álvaro nos presentó a Lucía. Era una tarde de domingo en casa de mis padres, con el aroma a tortilla y croquetas llenando el aire. Lucía entró con una sonrisa tímida y unos ojos verdes que parecían buscar refugio en los míos. Recuerdo cómo mi madre le ofreció una copa de vino y mi padre, siempre tan tradicional, le preguntó si era del Atleti o del Madrid. Todos reímos, pero yo sentí un escalofrío. Había algo en ella que me desarmó desde el primer instante.
Durante semanas, intenté convencerme de que era solo admiración. Lucía era inteligente, divertida y tenía esa forma de escuchar que hacía que uno se sintiera importante. Pero cada vez que coincidíamos en una comida familiar o en una tarde de paseo por El Retiro, notaba cómo mi corazón latía más rápido. Carmen no sospechaba nada; estaba demasiado ocupada con los preparativos de la comunión de nuestra hija, Paula.
Una noche, después de cenar en casa de mis padres, Lucía y yo coincidimos en la cocina. Ella lavaba los platos y yo buscaba una excusa para quedarme un poco más.
—¿Te gusta vivir en Madrid? —le pregunté, intentando sonar casual.
Ella sonrió, pero sus ojos se nublaron un instante.
—A veces echo de menos Valencia… Pero aquí me siento menos sola. Álvaro es bueno conmigo. Y tú… tú eres diferente a lo que imaginaba.
No supe qué responder. Sentí un impulso irracional de abrazarla, de confesarle todo lo que me quemaba por dentro. Pero entonces entró mi madre y el momento se evaporó como el vapor del lavavajillas.
Esa noche no dormí. Miré a Carmen mientras respiraba tranquila y sentí una punzada de culpa tan intensa que casi me ahoga. ¿Cómo podía estar pensando en otra mujer? ¿Y encima en la esposa de mi propio hermano?
Los días siguientes fueron un infierno. Empecé a evitar las reuniones familiares, inventando excusas absurdas. Carmen empezó a notarlo.
—¿Te pasa algo con Álvaro? —me preguntó una tarde mientras recogíamos a Paula del colegio.
—No, nada —mentí—. Solo estoy cansado del trabajo.
Pero la verdad era otra. Me estaba enamorando de Lucía y odiaba cada segundo de esa sensación.
Un sábado por la mañana, recibí un mensaje inesperado:
«¿Podemos hablar? Estoy en el parque.»
Era Lucía. Dudé unos minutos antes de contestar, pero finalmente fui. La encontré sentada en un banco bajo los castaños, con las manos temblorosas.
—No puedo más —me dijo sin rodeos—. Sé que esto está mal, pero no puedo fingir que no siento nada cuando estás cerca.
Sentí que el mundo se detenía. Por un momento pensé en dejarme llevar, en olvidar todo lo demás. Pero entonces recordé a Carmen, a Paula, a mi hermano Álvaro…
—Lucía, esto no puede ser —susurré—. No podemos hacerle esto a ellos… ni a nosotros mismos.
Ella asintió, con lágrimas en los ojos.
—Solo necesitaba oírlo —dijo—. Prométeme que nunca hablaremos de esto.
Lo prometí. Y cumplí mi palabra. Desde aquel día, evité cualquier situación en la que pudiera estar a solas con ella. Me volqué en mi familia como nunca antes: ayudando a Carmen con los deberes de Paula, saliendo a correr por las mañanas para despejar la cabeza, incluso retomando viejas amistades que había descuidado.
Pero el peso del secreto me acompañaba siempre. En cada comida familiar, cada vez que veía a Lucía reír con Álvaro o abrazar a mis padres, sentía una mezcla de alivio y tristeza. Había elegido el camino correcto, pero no por ello era menos doloroso.
Hace unas semanas, durante la comunión de Paula, Lucía se acercó a mí mientras todos bailaban en el salón del restaurante.
—Gracias —me susurró— por ser valiente cuando yo no pude serlo.
No respondí. Solo asentí y me alejé para abrazar a Carmen y a mi hija.
Hoy sigo preguntándome si hice lo correcto o si simplemente fui cobarde por no luchar por lo que sentía. Pero cuando veo a mi familia reunida y feliz, sé que hay decisiones que se toman con el corazón… aunque duelan para siempre.
¿Alguna vez habéis sentido algo prohibido y habéis tenido que elegir entre vuestro deseo y vuestra lealtad? ¿Qué habríais hecho vosotros en mi lugar?