¿Puedo confiar en mi propio hijo?

—Mamá, ya no puedes seguir sola en ese piso. ¿No ves que cada día te cuesta más? —La voz de Pedro retumbó en el salón, rompiendo el silencio de la tarde. Yo, sentada en mi butaca junto a la ventana, apretaba los brazos del sillón como si así pudiera aferrarme a mi vida entera.

Miré a Pedro, mi hijo, el niño al que arrullé en noches de fiebre y consolé tras sus primeras derrotas. Ahora era un hombre hecho y derecho, con su propia familia, su trabajo en la gestoría del barrio y esa mirada que mezclaba preocupación y prisa. Pero algo en su tono me hizo temblar.

—Pedro, cariño, este piso es todo lo que tengo. Aquí viví con tu padre, aquí creciste tú… ¿De verdad crees que sería mejor venderlo? —Mi voz sonó más débil de lo que pretendía.

Él suspiró, se pasó la mano por el pelo y evitó mirarme a los ojos.

—Mamá, no es solo por ti. Es por todos. Si vendes el piso, tendrás dinero para estar tranquila. Y en casa estarás acompañada. No quiero que te pase nada sola aquí.

Sentí un nudo en el estómago. ¿Era preocupación genuina o había algo más? Desde que murió tu padre, Pedro apenas venía a verme. Ahora, de repente, esa urgencia…

Esa noche apenas dormí. Escuchaba los ruidos del edificio antiguo: las cañerías, los pasos de los vecinos, el ascensor chirriante. Todo me resultaba familiar y seguro, pero también sentía el peso de la soledad. ¿Y si Pedro tenía razón? ¿Y si un día me caía y nadie me encontraba?

Al día siguiente, mi amiga Carmen vino a tomar café. Le conté lo de Pedro.

—María, ten cuidado —me advirtió—. Ya sabes lo que le pasó a mi prima Lucía. Vendió su piso para irse con su hija y al final acabó en una residencia porque estorbaba.

Me estremecí. Carmen siempre había sido directa, pero sus palabras me dolieron más de lo que esperaba.

Esa tarde llamé a mi hija menor, Laura, que vive en Valencia. Le conté todo entre lágrimas.

—Mamá, no tienes que hacer nada que no quieras —me dijo—. Si Pedro insiste tanto… no sé, asegúrate de que todo quede bien atado. Habla con un notario antes de firmar nada.

La conversación me dejó inquieta. ¿Por qué tenía que dudar de mi propio hijo? ¿En qué momento la confianza se había vuelto tan frágil?

Pasaron los días y Pedro insistía cada vez más. Venía con folletos de residencias privadas —»por si acaso»— y me hablaba de lo bien que estaría con sus hijos, mis nietos.

Una tarde, mientras preparaba una tortilla para cenar, escuché voces en el pasillo. Era Pedro hablando por teléfono:

—Sí, mamá está casi convencida… No, no creo que ponga pegas para firmar… Sí, ya sé lo del dinero…

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. ¿Con quién hablaba? ¿Por qué mencionaba el dinero?

Esa noche no pude contenerme.

—Pedro, ¿con quién hablabas antes?

Me miró sorprendido.

—Con Marta, mamá. Mi mujer. Estábamos hablando de cómo organizar todo si vienes a casa.

Pero algo en su mirada esquivó la mía.

Empecé a revisar papeles antiguos: la escritura del piso, las cartas de tu padre, las fotos familiares. Todo lo que había construido estaba ahí, entre esas paredes. ¿Podía renunciar a ello por miedo? ¿O era peor quedarme sola?

Un domingo vino toda la familia a comer. Los niños correteaban por el pasillo y Marta me ayudaba en la cocina.

—María —me dijo bajito—, Pedro está preocupado por ti. Pero también estamos pasando un mal momento económico… No quiero que pienses mal, pero vender el piso nos ayudaría mucho a todos.

Sentí como si me hubieran dado una bofetada. Así que era eso: no solo preocupación por mí, sino también necesidad.

Esa noche lloré como hacía años no lloraba. No por el dinero ni por el piso, sino por la sensación de ser un estorbo para mis propios hijos.

Al día siguiente fui al notario sin decir nada a nadie. Le expliqué mi situación y él me aconsejó dejar todo bien escrito: si vendía el piso, el dinero debía estar a mi nombre y yo debía tener garantizado un lugar donde vivir dignamente.

Cuando volví a casa encontré a Pedro esperándome en el portal.

—¿Dónde estabas? Me tenías preocupado —dijo con voz tensa.

—He ido al notario —le respondí—. Si vamos a hacer esto, será bajo mis condiciones.

Pedro se quedó callado unos segundos.

—Mamá… yo solo quiero lo mejor para ti.

—¿Y para ti también? —pregunté mirándole fijamente.

No respondió. Bajó la cabeza y suspiró.

Hoy sigo aquí, en mi piso de toda la vida. Pedro viene menos, pero cuando viene hablamos más sinceramente. Laura me llama cada día y Carmen sigue trayéndome churros los domingos.

A veces me pregunto: ¿En qué momento dejamos de confiar plenamente en quienes más queremos? ¿Es posible protegerse sin perder el amor? ¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar?