«Levántate y hazme un café»: Cuando mi cuñado destrozó la paz de nuestro hogar
—¡Levántate y hazme un café, Lucía!—. Su voz retumbó en la cocina como una orden militar. Eran las ocho de la mañana de un sábado cualquiera, o eso creía yo. Me quedé paralizada, la cuchara a medio camino entre el tarro de azúcar y mi taza. Miré a Sergio, mi cuñado, con incredulidad. ¿Quién se creía que era para hablarme así en mi propia casa?
Todo empezó dos días antes, cuando mi marido, Álvaro, me llamó al trabajo. —Cariño, Sergio necesita quedarse un par de noches con nosotros. Ha tenido problemas con su piso—. No era la primera vez que Sergio recurría a nosotros, pero siempre había sido por poco tiempo. Acepté, aunque una punzada de incomodidad me atravesó el pecho.
La primera noche fue tranquila. Sergio llegó con una mochila y una bolsa de supermercado llena de cervezas. Cenamos tortilla de patatas y hablamos del trabajo, del fútbol, de política. Pero ya al día siguiente noté algo raro: dejó los platos sin recoger, se adueñó del sofá y puso la televisión a todo volumen mientras yo intentaba leer. Álvaro no dijo nada; parecía no darse cuenta o no querer verlo.
El lunes por la mañana, cuando me levanté para ir a trabajar, encontré la cocina hecha un desastre. Tazas sucias, migas por todas partes y la cafetera vacía. Sergio dormía plácidamente en el sofá cama del salón. Respiré hondo y recogí todo antes de salir corriendo.
Los días pasaron y la situación empeoró. Sergio empezó a traer amigos sin avisar. Una noche llegaron tres tipos con aspecto desaliñado y se pusieron a jugar a las cartas hasta las tres de la mañana. Mi hija pequeña, Marta, se despertó asustada por las risas y los gritos. Fui al salón y le pedí a Sergio que bajaran la voz.
—Relájate, Lucía, que solo estamos pasándolo bien—, me respondió con una sonrisa burlona.
Me sentí invisible en mi propia casa. Álvaro intentaba mediar, pero siempre acababa justificando a su hermano: —Está pasando una mala racha, hay que ayudarle—. Pero ¿a qué precio?
El colmo llegó el jueves siguiente. Volví del trabajo agotada y encontré a Sergio sentado en mi butaca favorita, los pies sobre la mesa y el móvil a todo volumen. Había dejado la puerta del balcón abierta y el gato se había escapado. Me puse a buscarlo por toda la urbanización mientras Sergio ni se inmutaba.
Esa noche discutí con Álvaro como nunca antes. —¡No puedo más!— grité entre lágrimas. —Sergio está destrozando nuestra vida diaria. No respeta nada ni a nadie—.
Álvaro bajó la cabeza y murmuró: —Es mi hermano…—
—¿Y yo? ¿Y Marta? ¿No somos tu familia también?—
El viernes por la mañana fue cuando exploté. Sergio entró en la cocina mientras preparaba el desayuno para Marta y soltó esa frase: —Levántate y hazme un café—. Ni siquiera un «por favor».
Me giré despacio y le miré a los ojos: —Sergio, aquí no eres un invitado, eres parte de esta familia mientras estés bajo este techo. Pero eso implica respeto. Si quieres café, te lo haces tú—.
Se hizo un silencio incómodo. Marta me miraba con los ojos muy abiertos. Sergio bufó y salió dando un portazo.
Esa tarde hablé con Álvaro muy en serio. Le dije que si no ponía límites, tendría que irme yo con Marta unos días a casa de mis padres. Fue como si le cayera encima todo el peso de la situación de golpe. Por fin habló con Sergio esa noche.
No sé qué se dijeron exactamente; solo sé que al día siguiente Sergio recogió sus cosas y se marchó sin despedirse.
El silencio que dejó tras su marcha fue abrumador y liberador al mismo tiempo. Álvaro y yo tardamos días en volver a hablarnos con normalidad. Marta volvió a dormir tranquila.
Ahora, semanas después, sigo preguntándome: ¿Por qué nos cuesta tanto poner límites a la familia? ¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad hacia los demás sin perder nuestra propia paz?
¿Vosotros qué haríais? ¿Hasta dónde dejaríais entrar a alguien en vuestra vida antes de decir basta?