Entre el lujo ajeno y mi propia dignidad: Mi lucha por un hogar en Madrid
—¿Otra vez llegas tarde, Sergio? —La voz de Lucía me recibe fría, mientras cierro la puerta del piso. Dejo las llaves sobre la mesa y suspiro, sintiendo el peso del día sobre mis hombros. El metro iba lleno, la reunión en la oficina se alargó y, como siempre, el miedo a no llegar a fin de mes me acompaña como una sombra.
Lucía está sentada en el sofá, con el portátil abierto y una copa de vino en la mano. En la pantalla, veo fotos de casas enormes, jardines perfectos y piscinas infinitas. Reconozco la web: es la inmobiliaria donde sus padres compraron su última villa en Marbella. Siento una punzada en el estómago.
—¿Estás buscando casa otra vez? —pregunto, intentando sonar casual.
Ella no responde. Solo cierra el portátil y me mira con esos ojos que antes me hacían sentir invencible y ahora solo me recuerdan todo lo que no puedo darle.
—Mis padres han preguntado si vamos a ir este fin de semana a La Moraleja —dice finalmente—. Dicen que podríamos quedarnos unos días, descansar…
Sé lo que significa: otra comida rodeado de mármol, cuadros caros y conversaciones sobre inversiones y viajes a lugares que solo conozco por la tele. Otra tarde escuchando cómo su padre presume de su último negocio mientras yo intento no pensar en la letra de la hipoteca que se lleva la mitad de mi sueldo.
—No sé si podré —respondo—. Tengo que trabajar el sábado, y…
—Siempre tienes que trabajar —me interrumpe Lucía, con un tono más triste que enfadado—. ¿Hasta cuándo, Sergio? ¿Hasta cuándo vamos a vivir así?
Me quedo callado. No sé qué decirle. Sé que está cansada. Yo también lo estoy. Pero no puedo evitar sentirme pequeño cada vez que cruzamos el umbral de esa casa enorme donde todo parece fácil y yo solo soy el chico de Vallecas que nunca encajará del todo.
Esa noche apenas hablamos. Me acuesto tarde, repasando mentalmente las cuentas: la hipoteca, la guardería de Sofía, la factura de la luz que subió otra vez. Pienso en pedir ayuda a mis suegros, pero algo dentro de mí se rebela. No quiero deberles nada. No quiero ser otro proyecto de caridad para ellos.
Al día siguiente, en el trabajo, apenas puedo concentrarme. Mi jefe me llama al despacho.
—Sergio, necesitamos recortar horas extras —me dice sin rodeos—. La cosa está difícil.
Salgo de la oficina con un nudo en el estómago. ¿Cómo le digo a Lucía que este mes será aún más difícil?
Por la tarde, recojo a Sofía en la guardería. Su sonrisa me da fuerzas. Caminamos juntos hasta casa, ella saltando entre los charcos y yo fingiendo que todo está bien.
Cuando llego, Lucía está hablando por teléfono con su madre.
—Sí, mamá… Ya lo sé… No, Sergio no quiere… Sí, claro…
Cuelga y me mira con los ojos rojos.
—¿Por qué te empeñas en hacerlo todo solo? —me pregunta—. Mis padres pueden ayudarnos. No tienes que demostrar nada.
Siento cómo mi orgullo me ahoga.
—No quiero deberles nada —respondo—. No quiero que piensen que estoy contigo por su dinero.
Ella se acerca y me abraza. Por un momento, siento que todo podría arreglarse si tan solo pudiéramos ser nosotros dos contra el mundo. Pero sé que no es tan fácil.
Los días pasan y la tensión crece. Lucía empieza a pasar más tiempo en casa de sus padres con Sofía. Yo trabajo más horas, aunque sean menos pagadas. Apenas nos vemos.
Una noche, después de una discusión especialmente dura sobre el dinero y el futuro, Lucía me mira con lágrimas en los ojos.
—No puedo más, Sergio —susurra—. No quiero perderte, pero tampoco quiero seguir viviendo así.
Me quedo sentado en el borde de la cama mientras ella se encierra en el baño. Escucho su llanto ahogado y siento que estoy perdiendo todo por lo que he luchado.
Al día siguiente, recibo un mensaje de mi suegro: “Sergio, ven a casa esta tarde. Quiero hablar contigo”.
Voy a La Moraleja con el corazón encogido. Me recibe en su despacho, rodeado de libros caros y trofeos de golf.
—Mira, Sergio —empieza sin rodeos—. Sé que eres un buen hombre y quieres lo mejor para mi hija y mi nieta. Pero tienes que aceptar que las cosas no siempre se pueden hacer solo. Si necesitas ayuda para pagar la hipoteca o buscar un trabajo mejor, dímelo.
Siento una mezcla de rabia y vergüenza.
—Gracias, don Manuel —respondo—. Pero prefiero intentarlo por mi cuenta un poco más.
Él asiente, pero veo en sus ojos la misma lástima disfrazada de comprensión que tantas veces he visto antes.
Salgo de esa casa sintiéndome más solo que nunca.
Esa noche, Lucía me espera despierta.
—¿Y bien? —pregunta con voz temblorosa.
—No he aceptado nada —le digo—. Pero no sé cuánto más podré aguantar así.
Nos abrazamos en silencio. Por primera vez en mucho tiempo, lloramos juntos.
Hoy escribo esto desde nuestro pequeño salón en Vallecas. La hipoteca sigue ahí, los problemas también. Pero Sofía duerme tranquila y Lucía me sonríe desde la cocina mientras prepara café.
No sé qué nos deparará el futuro. Solo sé que sigo luchando por mi familia y por mi dignidad. ¿Cuánto vale realmente la tranquilidad? ¿Hasta dónde estaríais dispuestos a llegar vosotros por proteger vuestro hogar sin perderos a vosotros mismos?