Cuando el amor no basta: La herencia de una hija olvidada

—¿Por qué siempre tengo que ser yo, mamá? —le susurré mientras le cambiaba la bata empapada de sudor, intentando no dejarme vencer por el cansancio. Era la tercera vez esa noche que la fiebre la despertaba y yo, como cada noche desde hacía años, estaba allí. Mi madre, Rosario, apenas podía hablar, pero sus ojos me miraban con una mezcla de agradecimiento y resignación.

Mi hermano, Luis, hacía meses que no venía a verla. Siempre tenía una excusa: el trabajo en Madrid, los niños, la hipoteca. Yo, en cambio, había dejado mi empleo de administrativa en el ayuntamiento de Toledo para cuidar de ella. Mis amigas me decían que estaba loca, que tenía derecho a vivir mi vida. Pero ¿cómo iba a dejar sola a mi madre? ¿Cómo iba a mirar a los ojos a esa mujer que me enseñó a leer y a amar los veranos en la playa de Benidorm?

Recuerdo el día en que todo cambió. Fue una tarde de enero, el viento azotaba las ventanas del piso viejo donde vivíamos. Mi madre me llamó con voz temblorosa:

—Marina, ven un momento.

Entré en su habitación y la encontré llorando en silencio. Me senté a su lado y le cogí la mano.

—¿Qué te pasa, mamá?

—No quiero ser una carga para ti —me dijo entre sollozos—. Tú tenías sueños…

Me mordí el labio para no llorar. ¿Cómo explicarle que mis sueños se habían ido apagando poco a poco, como las luces de Navidad cuando llega enero? Que ya no pensaba en viajar ni en tener hijos propios. Que mi vida era ella.

Los años pasaron entre hospitales, recetas y noches en vela. Luis venía solo en Navidad o cuando había algo importante que firmar en el notario. Siempre traía regalos caros y promesas vacías:

—En cuanto pueda me la llevo a Madrid —decía—. Allí estará mejor atendida.

Pero nunca cumplía. Y yo seguía allí, viendo cómo mi juventud se deslizaba entre pastillas y pañales.

El día que mi madre murió fue uno de esos días grises de primavera en los que parece que el cielo llora contigo. Me senté junto a su cama y le acaricié el pelo mientras exhalaba su último suspiro. Sentí alivio y culpa al mismo tiempo. Alivio porque su sufrimiento había terminado; culpa porque, en el fondo, también terminaba el mío.

El funeral fue pequeño. Luis llegó tarde, como siempre, con su traje caro y su sonrisa forzada. Apenas cruzamos palabras. Después del entierro, me encerré en casa durante días. No sabía quién era sin ella.

Un mes después recibí una llamada del notario:

—Señorita Marina García, necesitamos que venga para la lectura del testamento de su madre.

Fui sola, con el corazón encogido y las manos sudorosas. El despacho olía a madera vieja y papeles amarillentos. Luis ya estaba allí, sentado con aire impaciente.

El notario leyó el testamento con voz monótona:

—Doña Rosario Martínez deja todos sus bienes, incluida la vivienda familiar y las cuentas bancarias, a su hijo Luis García Martínez.

Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies. Miré a Luis, esperando una explicación, una mirada de complicidad, algo. Pero él solo bajó la vista y murmuró:

—Lo siento… yo no sabía nada.

No lloré allí. No podía darle ese poder sobre mí. Salí del despacho y caminé sin rumbo por las calles de Toledo hasta que anocheció. ¿Cómo era posible? ¿Veinte años de mi vida entregados a ella y ni siquiera una palabra de agradecimiento? ¿Ni una carta? ¿Ni un recuerdo?

Esa noche soñé con mi madre joven, riendo en la playa conmigo de niña. Al despertar sentí rabia y tristeza a partes iguales. Llamé a Luis:

—¿Vas a echarme de casa?

—Marina… no sé qué hacer —balbuceó—. Si quieres puedes quedarte un tiempo…

Colgué sin responderle. No quería limosnas ni compasión.

Los días siguientes fueron un torbellino de emociones: ira, tristeza, vacío. Mis amigas intentaban animarme:

—Denúncialo —me decían—. Eso no es justo.

Pero yo no quería pelear por dinero. Quería entender por qué mi madre había tomado esa decisión. Busqué entre sus cosas alguna pista: cartas antiguas, diarios, fotos… Encontré una carta dirigida a mí pero nunca enviada:

«Querida Marina,
Sé que he sido dura contigo a veces y que te he pedido más de lo que debía. No sé cómo agradecerte todo lo que has hecho por mí. Si he decidido dejarle todo a tu hermano es porque sé que tú eres fuerte y saldrás adelante sola. Él siempre ha dependido de los demás… Tú eres mi orgullo aunque nunca te lo haya dicho.
Te quiero,
Mamá»

Leí la carta una y otra vez hasta que las lágrimas me nublaron la vista. ¿Era eso suficiente para aliviar el dolor? ¿Para justificar veinte años perdidos?

Ahora vivo en un piso pequeño alquilado en el barrio de Santa Bárbara. He vuelto a trabajar como administrativa y poco a poco intento reconstruir mi vida. A veces me pregunto si algún día podré perdonar a mi madre o si siempre llevaré esta herida abierta.

¿De verdad el amor justifica cualquier sacrificio? ¿O hay un momento en el que debemos elegirnos a nosotros mismos antes que a los demás? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?