Entre Dos Mundos: Cuando Mi Esposo Se Volvió Un Extraño
—¿De verdad crees que aquí seremos felices? —le pregunté a Alejandro, con la voz temblorosa, mientras el tren se alejaba de la estación de Atocha y dejábamos atrás el bullicio de Madrid.
Él no respondió. Miraba por la ventana, con esa obstinación silenciosa que últimamente me resultaba tan ajena. Yo, Clara, nacida y criada en Chamberí, no podía entender cómo alguien podía preferir el olor a estiércol y el silencio absoluto de un pueblo perdido en Castilla a la vida vibrante de la ciudad. Pero Alejandro llevaba meses obsesionado con la idea. «La ciudad nos está matando», repetía. «Necesitamos aire, espacio, sentido».
Todo empezó después de una visita a mis padres. Mi madre, Mercedes, siempre tan directa, me lo soltó sin anestesia:
—Clara, hija, ¿de verdad crees que Alejandro está bien? Le noto raro, distante…
Yo me encogí de hombros. Últimamente discutíamos por todo: el alquiler del piso, el ruido de los vecinos, el trabajo que no le llenaba. Pero nunca pensé que llegaría a esto: dejarlo todo atrás. Cuando Alejandro propuso mudarnos al pueblo donde nació su abuelo, pensé que era una broma. Pero no lo era.
La primera noche en la casa vieja de piedra fue un infierno. El viento colaba su silbido por las rendijas y yo no podía dormir. Alejandro, en cambio, parecía en paz por primera vez en meses. Me miró con una sonrisa que no reconocí.
—¿No lo sientes? —susurró—. Aquí todo es real.
Yo solo sentía miedo. Miedo a perderme, a desaparecer entre campos vacíos y rostros desconocidos. Al día siguiente, mientras él recorría el pueblo saludando a los vecinos como si siempre hubiera pertenecido allí, yo me encerré en la cocina y llamé a mi hermana Lucía.
—No puedo más —le confesé entre lágrimas—. Siento que Alejandro ya no es el mismo.
Lucía intentó tranquilizarme:
—Dale tiempo, Clara. Igual solo necesita encontrarse…
Pero yo sabía que algo más profundo estaba cambiando. Las semanas pasaron y Alejandro se sumergió en la vida del pueblo: ayudaba en la cooperativa agrícola, iba a misa los domingos, incluso empezó a hablar con acento castellano. Yo, en cambio, me sentía cada vez más invisible. Los vecinos me miraban como a una forastera. En la tienda del pueblo, la señora Pilar murmuraba:
—La madrileña no se adapta…
Una tarde, tras una discusión feroz sobre si debíamos vender nuestro piso en Madrid, exploté:
—¡No soy feliz aquí! ¡No quiero esta vida!
Alejandro me miró con una frialdad que me heló la sangre:
—Entonces vete. Yo me quedo.
Me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin fuerzas. Recordé las palabras de mi madre: «El amor es elegir todos los días estar juntos». ¿Pero qué pasa cuando uno de los dos deja de elegirte?
Empecé a salir sola a caminar por los campos, buscando respuestas en el horizonte infinito. Una tarde encontré a don Ernesto, el médico jubilado del pueblo, sentado en un banco.
—Se te ve triste, Clara —me dijo con voz suave—. Aquí la soledad pesa mucho si no tienes raíces.
Le conté mi historia y él asintió con comprensión:
—Muchos vienen buscando paz y encuentran vacío. Pero también hay quien huye de sí mismo…
Esa noche enfrenté a Alejandro:
—¿Por qué necesitabas tanto venir aquí? ¿Qué buscas realmente?
Él rompió a llorar por primera vez en años.
—No lo sé… Solo sé que en Madrid sentía que me ahogaba. Aquí siento que puedo empezar de nuevo… pero entiendo que tú no sientas lo mismo.
Nos abrazamos, pero supe que algo se había roto. Empezamos a vivir como extraños bajo el mismo techo: él cada vez más integrado en el pueblo; yo contando los días para volver a Madrid.
Un día recibí una llamada urgente: mi padre había sufrido un infarto. Sin pensarlo dos veces, hice la maleta y regresé a la ciudad. Alejandro no vino conmigo.
Durante semanas cuidé de mi padre en el hospital y sentí cómo la ciudad volvía a darme vida: los cafés con Lucía, las tardes paseando por el Retiro, las luces de Gran Vía… Pero también sentí culpa y vacío.
Alejandro y yo hablamos poco por teléfono. Un día me escribió un mensaje breve: «He decidido quedarme en el pueblo. Si quieres volver, aquí estaré».
Lloré como nunca antes. Comprendí que habíamos cruzado un umbral del que ya no había retorno. Nuestro amor se había perdido entre dos mundos irreconciliables: su necesidad de raíces y mi sed de ciudad.
Hoy escribo esto desde mi pequeño piso en Chamberí. A veces me pregunto si fui cobarde por no luchar más o valiente por elegir mi propio camino. ¿Cuántas parejas sobreviven cuando sus sueños tiran en direcciones opuestas? ¿Es posible amar sin renunciar a uno mismo?