El día que mi boda se convirtió en un campo de batalla
—¡No puedes casarte con mi hijo! —gritó Carmen, la madre de Diego, justo cuando yo, Lucía, sostenía el papel tembloroso de mis votos. El murmullo de los invitados se apagó de golpe, como si el aire se hubiera congelado en la iglesia de San Isidro, en pleno centro de Madrid. Mi padre me miró desde la primera fila, los ojos abiertos como platos; mi madre apretó el rosario entre los dedos. Diego, mi futuro marido, palideció y se quedó clavado en el altar, incapaz de moverse.
Yo llevaba meses temiendo este momento. Carmen nunca me aceptó. Desde el primer día que Diego me presentó en su casa de Chamberí, supe que no era la nuera que ella había soñado. «Una chica del sur, con padres divorciados y sin carrera universitaria…», le oí decir una vez a su hermana, creyendo que yo no escuchaba. Pero Diego me amaba y yo a él. Pensé que el amor bastaría para vencer prejuicios y resentimientos. Qué ingenua fui.
—Carmen, por favor… —susurró Diego, con voz rota.
Pero su madre no se movió. Caminó hacia mí, taconeando sobre el mármol, su mantilla negra ondeando como una bandera de guerra. Me miró con esos ojos fríos que nunca aprendí a descifrar.
—Lucía, no puedes engañarnos más. No eres lo que aparentas —dijo en voz alta, para que todos oyeran—. ¿Vas a contarle a Diego lo que ocultas o lo hago yo?
Sentí cómo la sangre me abandonaba el rostro. ¿Qué podía saber Carmen? ¿Mi pasado? ¿Mi hermano en la cárcel? ¿Mi madre con depresión? ¿O simplemente quería humillarme delante de todos?
—No tengo nada que ocultar —logré decir, aunque mi voz temblaba.
—¿Ah, no? —replicó ella—. ¿Y tu hermano Javier? ¿El que está en prisión por robo? ¿Eso no es importante para Diego?
Un murmullo recorrió los bancos. Sentí las miradas clavándose en mi espalda como agujas. Diego me miró, confundido y herido.
—¿Por qué no me lo dijiste? —me preguntó él, casi en un susurro.
Las lágrimas me nublaron la vista. No era vergüenza lo que sentía, sino miedo. Miedo a perderlo todo por algo que no era culpa mía.
—Porque no quería que me juzgaras por los errores de mi familia —dije—. Porque te amo y pensé que eso era suficiente.
Carmen bufó.
—El amor no paga las facturas ni borra los antecedentes —sentenció—. Mi hijo merece algo mejor.
Mi padre se levantó entonces, con la dignidad herida pero la voz firme:
—Señora Carmen, mi hija es una mujer honrada y valiente. Si su hijo la ama, debería estar orgullosa.
La tensión era insoportable. Los invitados no sabían si quedarse o salir corriendo. El sacerdote intentó calmar los ánimos:
—Por favor, estamos aquí para celebrar el amor…
Pero Carmen no cedía. Diego se debatía entre dos mundos: el de su madre y el mío. Yo sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
Entonces recordé todas las veces que mi familia fue señalada por ser diferente: cuando mi madre tuvo que pedir ayuda social tras el divorcio; cuando Javier cayó en malas compañías; cuando yo trabajé limpiando casas para pagarme el alquiler mientras estudiaba por las noches. No tenía por qué avergonzarme.
Me giré hacia Diego y le hablé desde lo más profundo:
—Te amo, pero no puedo empezar una vida contigo si tengo que esconder quién soy o de dónde vengo. Si eso es demasiado para ti o para tu familia, prefiero marcharme ahora.
Diego me miró con lágrimas en los ojos. Se acercó a mí y me tomó las manos.
—Lucía… yo te amo. Pero esto es demasiado para mí ahora mismo —susurró.
Sentí cómo mi corazón se rompía en mil pedazos. Carmen sonrió satisfecha; mi madre lloraba desconsolada; mi padre apretaba los puños de rabia contenida.
Solté las manos de Diego y caminé hacia la puerta de la iglesia, con la cabeza alta y el alma destrozada. Afuera, el cielo estaba encapotado y empezaba a chispear sobre Madrid.
Mi mejor amiga Marta me alcanzó en la escalinata:
—Lucía, eres la persona más valiente que conozco —me dijo abrazándome—. No merecen tu dolor.
Me quedé allí unos minutos, sintiendo la lluvia fría en la cara, mientras dentro seguían discutiendo sobre quién tenía razón y quién no.
A veces pienso en lo diferente que habría sido todo si hubiera tenido otra familia o si Carmen hubiera sido otra persona. Pero también sé que no quiero vivir avergonzada ni esconder mis raíces para encajar en una familia que nunca me aceptará.
¿De verdad el amor puede sobrevivir a tanto prejuicio? ¿Cuántas veces tenemos que elegir entre ser fieles a nosotros mismos o complacer a los demás? ¿Qué habríais hecho vosotros en mi lugar?