El día en que la familia de Lucía me rompió el alma

—¡No tienes ni idea de lo que significa ser parte de esta familia! —gritó Carmen, la madre de Lucía, mientras golpeaba la mesa con la palma abierta. El sonido resonó en el comedor, haciendo vibrar las copas de vino y helando el aire. Yo me quedé petrificado, con el tenedor a medio camino entre el plato y mi boca. Lucía, mi pareja desde hacía tres años, me miró con ojos suplicantes, como si pudiera protegerla de la tormenta que se avecinaba.

Todo había empezado como cualquier otro domingo en casa de sus padres, en un piso antiguo del centro de Salamanca. El aroma del cocido llenaba el aire y los gritos de los niños —mis sobrinos políticos— se mezclaban con el bullicio de la televisión encendida. Yo llevaba semanas nervioso porque Lucía me había pedido que intentara integrarme más con su familia. «Es importante para mí, Pablo», me había dicho la noche anterior, abrazándome en la cama. «Mi madre cree que no te esfuerzas lo suficiente».

Así que allí estaba yo, intentando sonreír y participar en las conversaciones sobre política, fútbol y los cotilleos del barrio. Pero todo cambió cuando salió el tema de nuestro futuro juntos. El padre de Lucía, Don Manuel, un hombre de voz grave y mirada severa, preguntó:

—¿Y para cuándo la boda? Ya va siendo hora, ¿no?

Me atraganté con el vino y sentí cómo todos los ojos se clavaban en mí. Lucía me apretó la mano bajo la mesa.

—Bueno, aún no hemos decidido nada —respondí, intentando sonar relajado.

Carmen bufó.

—Claro, porque a ti nunca te ha importado comprometerte. Siempre igual, Pablo. Mi hija se merece algo mejor.

Sentí una punzada en el pecho. No era la primera vez que Carmen me lanzaba indirectas, pero nunca había sido tan directa. Lucía intentó intervenir:

—Mamá, por favor…

Pero Carmen no se detuvo. Se levantó de la silla y empezó a enumerar todos mis defectos: que si mi trabajo como profesor no era suficiente para mantener una familia, que si venía de una familia «normalita» de Zamora y no estaba a la altura de los García-Ruiz, que si era demasiado callado y poco sociable.

—¡Y encima ni siquiera tienes casa propia! —remató Carmen, mirando al resto de la familia como si esperara su aprobación.

El silencio fue absoluto. Sentí cómo me ardían las mejillas y cómo la rabia me subía por dentro. Miré a Lucía buscando apoyo, pero ella solo bajó la cabeza.

—Mamá, basta ya —susurró ella al fin—. No tienes derecho a hablarle así.

Pero Carmen seguía imparable:

—¿Y tú qué? ¿Vas a tirar tu vida por la borda por este chico? Mira cómo te tiene: apagada, sin ilusión…

Fue entonces cuando exploté. Me levanté bruscamente, haciendo caer la silla.

—¡Ya está bien! No pienso tolerar ni un insulto más. Si tanto les molesto, me voy ahora mismo.

Don Manuel se levantó también, intentando calmar los ánimos:

—Pablo, hijo, no es para tanto…

Pero yo ya no escuchaba. Sentía una mezcla de humillación y tristeza tan grande que apenas podía respirar. Cogí mi chaqueta y miré a Lucía.

—¿Vienes conmigo o te quedas?

Lucía dudó unos segundos eternos. Finalmente asintió y salió tras de mí, dejando a su familia boquiabierta.

En el coche, camino a nuestro piso compartido, ninguno de los dos habló durante un buen rato. Solo cuando aparqué en doble fila frente al portal, Lucía rompió el silencio:

—Lo siento mucho, Pablo. No sé qué les pasa…

Yo sentí ganas de llorar. No solo por lo que había pasado, sino porque sabía que aquello iba a marcar un antes y un después en nuestra relación.

—¿De verdad quieres seguir con alguien cuya familia te odia? —pregunté con voz rota.

Lucía me miró con lágrimas en los ojos.

—Te quiero a ti, no a ellos. Pero… son mi familia.

Durante semanas evitamos hablar del tema. Pero las heridas seguían ahí: cada vez que sonaba el teléfono y veía el nombre de Carmen en la pantalla, Lucía se tensaba; cada vez que yo proponía hacer algo juntos los domingos, ella ponía excusas. La distancia entre nosotros crecía poco a poco.

Un día recibí un mensaje anónimo por WhatsApp: «No eres bienvenido aquí. Hazle un favor a Lucía y déjala ir». Reconocí el tono: era su hermano mayor, Álvaro, que nunca había ocultado su desprecio hacia mí por no ser «de los suyos».

La situación se volvió insostenible. Empecé a dudar de mí mismo: ¿realmente no era suficiente para Lucía? ¿Estaba arruinando su vida? ¿Era cierto todo lo que decía su madre?

Finalmente, una noche tras una discusión especialmente dura —esta vez por una tontería sobre quién iba a hacer la compra— Lucía rompió a llorar.

—No puedo más —dijo entre sollozos—. Me siento entre dos fuegos todo el tiempo. No quiero perderte pero tampoco puedo renunciar a mi familia…

La abracé fuerte y lloramos juntos durante horas. Esa noche decidimos darnos un tiempo para pensar qué queríamos realmente.

Han pasado seis meses desde aquel domingo fatídico. Lucía y yo seguimos juntos pero vivimos separados; ella ha vuelto temporalmente con sus padres y yo intento reconstruir mi vida solo. A veces hablamos por teléfono o nos vemos para tomar un café en la Plaza Mayor, pero ya nada es igual.

Me pregunto si algún día podré perdonar a su familia por lo que hicieron… o si podré perdonarme a mí mismo por no haber sabido manejarlo mejor.

¿Hasta qué punto debemos sacrificar nuestra felicidad por mantener los lazos familiares? ¿Merece la pena luchar contra todo cuando el precio es tan alto? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?