«Nos avergüenzas, mamá» – Mi amor después de los sesenta y la sentencia de mis hijos
—¡Nos avergüenzas, mamá!— gritó Lucía, mi hija mayor, mientras golpeaba la mesa del comedor con el puño cerrado. El sonido retumbó en las paredes de nuestro piso en Chamberí, y por un instante sentí que el aire se volvía irrespirable. Mi hijo menor, Álvaro, me miraba con una mezcla de decepción y tristeza. Yo, sentada frente a ellos, apenas podía sostener la taza de café entre las manos temblorosas.
No era la primera vez que discutíamos desde que les conté que había conocido a Antonio. Pero esa tarde, la tensión era insoportable. Antonio y yo nos habíamos encontrado por casualidad en la biblioteca municipal. Él buscaba un libro de poesía de Machado; yo, algo para distraerme del vacío que sentía desde que enviudé hace ocho años. Fue él quien me sonrió primero, y su voz cálida me hizo sentir viva después de tanto tiempo.
Pero mis hijos no podían entenderlo. Para ellos, yo era solo su madre: la mujer que les preparaba cocido los domingos, la que les ayudaba con los nietos, la que nunca se permitía pensar en sí misma. «¿Cómo puedes hacer esto? Papá no lleva ni una década muerto», insistía Lucía, con los ojos llenos de lágrimas. Yo intentaba explicarles que la soledad pesa más con los años, que el silencio en casa se vuelve insoportable cuando cae la noche y solo se escucha el tic-tac del reloj.
Antonio me devolvió las ganas de reír, de salir a pasear por El Retiro, de tomar un vino en una terraza sin sentirme invisible. Pero cada vez que volvía a casa después de estar con él, encontraba mensajes fríos en el móvil: «No vengas mañana a por los niños», «No hace falta que cocines esta semana». Mis nietos empezaron a preguntarme por qué ya no iba tanto a verlos. Sentí cómo mi familia se alejaba poco a poco, como si mi felicidad fuera una traición.
Una tarde, mientras preparaba una tortilla de patatas para Antonio y para mí, recibí una llamada de mi hermana Carmen. «¿Es verdad lo que dicen tus hijos? ¿Que tienes un novio?», preguntó con voz baja, como si temiera que alguien más pudiera escucharla. Le respondí que sí, y al otro lado del teléfono solo escuché un suspiro largo. «No sé cómo puedes hacerlo… Yo nunca podría», murmuró antes de colgar.
Empecé a dudar de mí misma. ¿Estaba siendo egoísta? ¿Era tan grave querer ser feliz después de los sesenta? Recordé las tardes interminables en las que lloraba en silencio tras la muerte de mi marido, las noches en las que deseaba tener a alguien a quien contarle mis miedos y mis sueños. Antonio me escuchaba sin juzgarme, me hacía sentir joven otra vez.
Un día, decidí invitar a Lucía y Álvaro a cenar en casa. Quería hablarles desde el corazón. Cuando llegaron, el ambiente era tenso. Les serví vino y les pedí que me escucharan sin interrumpir.
—Sé que os cuesta entenderlo —empecé—, pero llevo muchos años sola. Vuestra vida sigue adelante: tenéis trabajo, hijos, amigos… Yo solo os tengo a vosotros y ahora a Antonio. No quiero renunciar a esta oportunidad de ser feliz por miedo al qué dirán.
Lucía apartó la mirada. Álvaro suspiró.
—Mamá, no es tan fácil —dijo él—. Nos da miedo perderte o que te hagan daño.
—Ya he perdido demasiado tiempo teniendo miedo —respondí—. Ahora quiero vivir lo que me queda con alegría.
La conversación terminó sin abrazos ni reconciliaciones. Pero esa noche dormí mejor. Por primera vez sentí que estaba defendiendo mi derecho a ser feliz.
Pasaron semanas sin noticias de mis hijos. Antonio intentaba animarme: «Dales tiempo», decía mientras paseábamos por la Gran Vía iluminada. Pero cada vez que veía una familia reunida en una terraza o escuchaba las risas de los niños en el parque, sentía un nudo en el estómago.
Un domingo cualquiera, decidí ir sola al Rastro. Entre los puestos de antigüedades y los vendedores ambulantes, encontré una foto antigua de una mujer mayor sonriendo junto a un hombre. Me pregunté si también habría tenido que luchar por su felicidad.
Esa tarde recibí un mensaje inesperado de Lucía: «¿Podemos hablar?». Nos encontramos en una cafetería pequeña cerca de su casa. Ella llegó nerviosa, con los ojos hinchados.
—He estado pensando mucho —me dijo—. No quiero perderte por esto. Solo… me cuesta verte diferente.
Le cogí la mano y le respondí:
—Sigo siendo tu madre. Solo quiero que me veas feliz.
Nos abrazamos entre lágrimas. No fue un perdón total, pero fue un primer paso.
Hoy sigo caminando entre dos mundos: el del amor tardío y el del juicio familiar. A veces me pregunto si algún día mis hijos entenderán que la felicidad no tiene edad ni fecha de caducidad.
¿Acaso no merecemos todos una segunda oportunidad para amar? ¿Cuántas veces hemos renunciado a nosotros mismos por miedo al qué dirán?