La noche en que descubrí la verdad sobre Javier

—¿Por qué insistes tanto en que me tome el té, Javier? —Mi voz temblaba, aunque intenté disimularlo.

—Porque te noto nerviosa, cariño. Te vendrá bien relajarte —respondió él, con esa sonrisa suya que últimamente me parecía más una máscara que un gesto de amor.

No dije nada más. Cogí la taza, sentí el calor en las manos y fingí dar un sorbo. El sabor era amargo, como siempre. Javier se levantó, recogió la mesa y me besó la frente antes de salir al balcón a fumar. Desde hacía semanas, tenía la sensación de que algo no iba bien. No era solo el té cada noche, ni su insistencia en que lo bebiera entero. Era su mirada huidiza, sus ausencias cada vez más largas y su forma de evitar cualquier conversación seria.

Esa noche, mientras él salía a dar su paseo nocturno —decía que necesitaba despejarse—, aproveché para tirar el té por el fregadero. El líquido marrón desapareció por el desagüe y sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Me metí en la cama y apagué la luz, obligándome a respirar despacio, como si realmente estuviera dormida.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que escuché la puerta del piso abrirse con ese chirrido tan familiar. Miré el reloj de reojo: las 2:17 de la madrugada. Javier entró en la habitación con pasos sigilosos. Noté cómo se acercaba a mi lado de la cama. Mi corazón latía tan fuerte que temí que lo oyera desde el pasillo. Sentí su aliento cerca de mi cara y tuve que contener las ganas de apartarme.

—¿Estás dormida, Lucía? —susurró.

No respondí. Noté cómo se inclinaba sobre mí y algo frío rozó mi muñeca. Abrí los ojos apenas una rendija y vi cómo intentaba atarme con una cuerda fina, como las que usábamos para atar los paquetes de Navidad. Me quedé helada. ¿Qué pretendía hacerme?

De repente, escuché un ruido en el portal. Javier se sobresaltó y soltó mi muñeca. Salió corriendo al salón y yo aproveché para incorporarme, temblando como un flan. Cogí el móvil y marqué el número de mi hermana Marta.

—Marta, ven ya. Javier está… no sé qué está haciendo, pero tengo miedo —susurré entre sollozos.

En menos de diez minutos, Marta estaba llamando al portero automático. Javier volvió a la habitación justo cuando yo me levantaba de la cama.

—¿Qué haces despierta? —preguntó con voz tensa.

—¿Qué haces tú intentando atarme mientras duermo? ¿Me tomas por tonta? —le grité, sin poder contenerme más.

Se quedó mudo, con los ojos muy abiertos. En ese momento entró Marta en la habitación y se puso entre los dos.

—Lucía, coge tus cosas y vámonos —dijo ella, mirándole con desprecio.

Javier intentó justificarse, balbuceando algo sobre una sorpresa para nuestro aniversario, pero ya nada tenía sentido. Salimos del piso a toda prisa, bajando las escaleras como si nos persiguiera el diablo.

Esa noche dormí en casa de Marta, abrazada a mi sobrina pequeña, intentando entender en qué momento mi vida se había convertido en una pesadilla. Al día siguiente fui al médico y le conté mis sospechas sobre los somníferos. Confirmó mis temores: llevaba semanas drogada sin saberlo.

Ahora miro atrás y me pregunto cómo pude ser tan ingenua. ¿Cuántas veces ignoramos las señales por miedo a enfrentarnos a la verdad? ¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que tu vida podía cambiar en una sola noche?