Entre dos fuegos: Historia de una nuera en una familia española

—¿Otra vez has dejado las lentejas demasiado saladas, Lucía? —La voz de Carmen, mi suegra, retumba en la cocina como un trueno inesperado. Me giro con la cuchara aún en la mano, sintiendo cómo la vergüenza me sube por las mejillas.

—Lo siento, Carmen. Pensé que así estarían mejor… —balbuceo, intentando no mirar a mi marido, Álvaro, que observa la escena desde el umbral con los labios apretados.

No es la primera vez que ocurre. Desde que me casé con Álvaro y nos mudamos a su casa familiar en un pequeño pueblo de Castilla-La Mancha, cada día es una prueba. Carmen nunca está satisfecha. Si barro, dice que dejo pelusas; si cocino, que no tengo mano; si cuido del jardín, que las rosas están mustias. Y lo peor es que lo hace delante de todos: de mi cuñada Marta, que me mira con lástima; de mi suegro Antonio, que se refugia tras el periódico; y de Álvaro, que rara vez interviene.

Recuerdo la primera vez que entré en esta casa. Era primavera y los geranios colgaban de los balcones. Carmen me recibió con dos besos fríos y una sonrisa forzada. “Aquí las cosas se hacen a nuestra manera”, me advirtió. Yo asentí, convencida de que podría adaptarme. Pero con cada día que pasa, siento que pierdo un trozo de mí misma.

Una tarde, mientras fregaba los platos, escuché a Carmen hablando por teléfono en el salón:

—Esta chica no sabe ni hacer una tortilla. No sé qué vio Álvaro en ella…

Las palabras me atravesaron como cuchillos. Me apoyé en el fregadero y dejé que el agua corriera sobre mis manos temblorosas. ¿De verdad era tan inútil? ¿Tan ajena?

Intenté hablarlo con Álvaro esa noche:

—¿No te das cuenta de cómo me trata tu madre?

Él suspiró, cansado:

—Es su forma de ser, Lucía. No te lo tomes a pecho. Ya sabes cómo son las madres aquí…

Pero yo sí me lo tomaba a pecho. Cada comentario era una piedra más en la mochila que cargaba a diario. Empecé a evitar las comidas familiares, a encerrarme en nuestra habitación con cualquier excusa. Marta intentó animarme:

—No le hagas caso, Lucía. Mamá siempre ha sido así. Cuando yo traje a mi novio, le puso pegas hasta al color de sus zapatos.

Pero no era lo mismo. Yo vivía aquí, bajo su techo, bajo su mirada constante.

Un domingo por la mañana, mientras preparaba café, Carmen entró en la cocina y me miró fijamente:

—¿Sabes qué pasa? Que aquí nunca serás como una hija para mí. Las cosas son como son.

Sentí un nudo en la garganta. Quise gritarle que yo tampoco quería ser su hija, solo su familia; que solo quería un poco de respeto. Pero no dije nada. Me limité a asentir y seguir removiendo el café.

Las semanas pasaron y la tensión creció. Empecé a soñar con volver a mi ciudad natal, a mi piso pequeño pero mío, donde nadie juzgaba cómo doblaba las toallas o si el arroz estaba pasado. Pero Álvaro no quería irse:

—Mi trabajo está aquí, Lucía. Además, mis padres nos ayudan mucho…

¿Ayuda? ¿Era ayuda vivir cada día sintiéndome una extraña?

Una noche, tras una discusión especialmente dura —Carmen había criticado mi forma de vestir delante de unos vecinos— salí al patio y rompí a llorar. Antonio se acercó en silencio y me puso una mano en el hombro:

—No te lo tomes tan a pecho, hija. Carmen es dura porque la vida también lo fue con ella.

Le miré con rabia y tristeza:

—¿Y yo? ¿No merezco un poco de comprensión?

Él bajó la mirada y se marchó sin responder.

El día que todo cambió fue cuando encontré a Carmen llorando en la cocina. Nunca la había visto así: frágil, derrotada.

—¿Está todo bien? —pregunté, dudando.

Ella me miró con los ojos rojos:

—Echo de menos cuando esta casa era mía… Cuando mis hijos eran pequeños y todo estaba bajo control.

Por primera vez vi a la mujer detrás del muro: una madre que temía perder su lugar en el mundo.

Me senté a su lado y le ofrecí un pañuelo:

—No quiero quitarle nada, Carmen. Solo quiero encontrar mi sitio aquí.

No respondió, pero aceptó el pañuelo. Desde entonces, algo cambió entre nosotras: menos reproches, más silencios compartidos. No somos amigas, pero hemos aprendido a convivir.

Hoy sigo luchando por sentirme parte de esta familia. A veces pienso en marcharme; otras veces creo que puedo resistir. ¿Cuántas mujeres viven atrapadas entre dos fuegos? ¿Hasta dónde debemos ceder para ser aceptadas?