El silencio tras la puerta: la verdad que nunca imaginé
—¿Por qué no contestas, Tomás? —susurré al teléfono, apretando el móvil con manos temblorosas. Era la tercera noche sin noticias. El café frío seguía en la taza que él había dejado en el fregadero, como si fuera a volver en cualquier momento. Pero el eco de su voz, esa promesa rápida desde el umbral —«Vuelvo el domingo, te llamo desde el hotel»—, se desvanecía con cada minuto de silencio.
No era la primera vez que Tomás se iba de viaje por trabajo. Su empresa de ingeniería lo enviaba a menudo a Valencia, a veces a Sevilla. Siempre volvía con algún detalle para Lucía, nuestra hija, o con una botella de vino para mí. Pero esta vez algo era distinto. El domingo llegó y pasó. El lunes, la policía me preguntó si había discutido con él antes de irse. Negué, aunque en realidad llevábamos meses hablando poco, casi nada. El silencio se había instalado en casa mucho antes de su desaparición.
Mi madre, Carmen, vino desde Toledo para ayudarme con Lucía. —Hija, seguro que es un malentendido —me repetía mientras preparaba croquetas en la cocina—. Los hombres a veces necesitan espacio.
Pero yo sentía un nudo en el estómago. Revisé su armario: faltaba más ropa de la habitual. Su colonia favorita no estaba. En su escritorio encontré una carta sin abrir dirigida a él, con el remite de una tal Marta Ruiz. No reconocí el nombre.
—¿Quién es Marta Ruiz? —pregunté a mi cuñada, Ana, cuando vino a vernos—. ¿Sabes algo?
—No tengo ni idea —me respondió, evitando mi mirada—. Tomás nunca hablaba de sus cosas.
La policía rastreó su tarjeta de crédito: la última compra fue en una gasolinera cerca de Cuenca. Después, nada. Ni llamadas, ni mensajes. Lucía empezó a preguntar cada noche: —¿Cuándo vuelve papá?
No sabía qué responderle. Me sentía culpable por no haber notado antes las señales: las noches trabajando hasta tarde, los mensajes que contestaba en el baño, las discusiones por tonterías que terminaban en portazos y silencios eternos.
Una tarde, mientras recogía la ropa del tendedero, vi a un hombre parado frente al portal. Era alto, moreno, con una chaqueta de cuero gastada. Me miró fijamente y luego se marchó sin decir nada. Sentí un escalofrío.
Esa noche no pude dormir. Me levanté y busqué en el portátil de Tomás alguna pista. Encontré correos con Marta Ruiz: eran mensajes cariñosos, llenos de promesas y planes para empezar una nueva vida juntos en Málaga. Mi mundo se derrumbó.
—¿Por qué no me lo dijiste? —grité al vacío—. ¿Por qué preferiste desaparecer antes que enfrentarte a mí?
Al día siguiente fui a la policía con los correos impresos. El inspector Gutiérrez me miró con compasión:
—Lo siento mucho, señora Morales. A veces las personas huyen porque no saben cómo afrontar sus problemas.
Mi madre lloró conmigo esa noche. —No te merecías esto, hija —me dijo abrazándome fuerte—. Pero tienes que ser fuerte por Lucía.
Pasaron semanas hasta que recibí una llamada inesperada. Era Marta Ruiz.
—Necesito hablar contigo —dijo con voz temblorosa—. Tomás está conmigo… pero no está bien.
Nos citamos en una cafetería cerca del Retiro. Marta era más joven que yo, con ojos tristes y manos inquietas.
—Tomás tuvo una crisis nerviosa —me explicó—. No podía más con la presión del trabajo ni con vuestra relación… Lo siento mucho.
Sentí rabia y alivio al mismo tiempo. Rabia por la traición, alivio por saber que estaba vivo. Le pedí hablar con él, aunque fuera por teléfono.
—No sé si está preparado —dijo Marta—. Pero lo intentaré.
Esa noche recibí un mensaje: «Lo siento mucho. No supe cómo decírtelo. Cuida de Lucía».
Lloré hasta quedarme dormida. Al día siguiente le conté toda la verdad a mi hija, adaptando las palabras a su edad:
—Papá necesita tiempo para estar bien… pero te quiere mucho.
Lucía me abrazó fuerte y me preguntó:
—¿Y tú? ¿Vas a estar bien?
No supe qué responderle.
Hoy, meses después, sigo recogiendo los pedazos de mi vida. He aprendido a vivir con el silencio y a encontrar mi propia voz entre tanto dolor. A veces me pregunto si alguna vez podré perdonar a Tomás o si podré volver a confiar en alguien.
¿Hasta qué punto conocemos realmente a quienes amamos? ¿Cuántas verdades se esconden tras las puertas cerradas de nuestras casas?