El pequeño guerrero de Sevilla: Cómo superé la enfermedad y uní a mi familia con una canción
—Mamá, ¿voy a morirme?
El silencio cayó como una losa sobre la mesa del salón. Mi madre, Carmen, apretó los labios y me miró con los ojos llenos de lágrimas. Mi padre, Antonio, se levantó bruscamente y salió al balcón, como hacía siempre que no podía soportar la presión. Mi hermana mayor, Lucía, me cogió la mano por debajo de la mesa. Yo tenía siete años y acababa de escuchar la palabra leucemia por primera vez.
Recuerdo aquel día como si fuera ayer. Era primavera en Sevilla y el azahar inundaba el aire, pero en casa todo olía a miedo. Desde entonces, mi vida se llenó de hospitales, batas blancas y pinchazos. Pero lo peor no era el dolor físico, sino ver a mis padres discutir cada vez más. Mi madre se culpaba por no haber notado antes que algo iba mal; mi padre se encerraba en sí mismo, incapaz de expresar lo que sentía.
—No podemos seguir así, Antonio —le oí decir a mi madre una noche mientras creían que dormía—. Lucas nos necesita unidos.
—¿Y qué quieres que haga? ¡No soy capaz! —respondió él, casi gritando.
A veces pensaba que la enfermedad no solo me estaba robando la infancia, sino también a mi familia. Lucía intentaba animarme con cuentos y dibujos, pero yo veía en sus ojos el mismo miedo que sentía yo. En el hospital conocí a otros niños como yo, algunos más valientes, otros más tristes. Pero todos compartíamos ese deseo secreto de volver a casa y que todo fuera como antes.
Un día, mientras esperaba una transfusión, escuché a una enfermera tararear una canción de Alejandro Sanz. Me quedé embobado. La música llenó el cuarto de algo cálido y luminoso. Desde entonces, empecé a pedirle a Lucía que me enseñara canciones. Ella tocaba la guitarra y me enseñó los acordes básicos. Pronto, cantar se convirtió en mi refugio.
Pero en casa las cosas iban de mal en peor. Mi padre empezó a dormir en el sofá y mi madre apenas comía. Yo sentía que era una carga para todos. Una tarde, después de una sesión especialmente dura de quimioterapia, exploté:
—¡Dejad de pelear por mi culpa! ¡Si tanto os molesto, mejor me voy!
Mi madre rompió a llorar y mi padre se quedó paralizado. Lucía me abrazó tan fuerte que casi no podía respirar.
—No digas eso nunca más, Lucas —me susurró—. Eres lo mejor que nos ha pasado.
Esa noche no pude dormir. Pensé en cómo la enfermedad había cambiado todo: las risas se habían convertido en suspiros, las cenas familiares en silencios incómodos. Decidí que tenía que hacer algo para devolverles un poco de alegría.
Se acercaba el cumpleaños de mi madre y planeé una sorpresa con Lucía. Aprendimos juntos una canción que siempre le había gustado: «Vivir» de Rozalén. Practicamos durante días en secreto mientras mi padre estaba en el trabajo y mi madre hacía la compra.
Llegó el día. Mi madre estaba apagada, apenas sonreía cuando le dimos su regalo envuelto en papel azul. Entonces Lucía sacó la guitarra y yo me aclaré la garganta:
—Mamá, esto es para ti.
Empecé a cantar con voz temblorosa al principio, pero poco a poco fui ganando confianza. Lucía me acompañaba suavemente con los acordes. Al llegar al estribillo, vi cómo las lágrimas caían por las mejillas de mi madre. Mi padre se acercó despacio y le puso una mano en el hombro. Por primera vez en meses, se miraron a los ojos sin reproches.
Cuando terminamos la canción, hubo un silencio denso y luego mi madre me abrazó como si quisiera fundirse conmigo.
—Gracias, hijo —susurró—. Gracias por recordarnos lo importante.
Mi padre también me abrazó y luego abrazó a mi madre. Lucía lloraba pero sonreía al mismo tiempo. Por un momento, sentí que todo volvía a estar bien.
A partir de ese día, algo cambió en casa. Mis padres empezaron a hablar más y discutir menos. Volvieron las cenas juntos y las risas tímidas. Yo seguía luchando contra la enfermedad, pero ya no me sentía solo ni culpable.
La música se convirtió en nuestro lenguaje secreto. Cada vez que alguno estaba triste o asustado, cantábamos juntos. Incluso cuando volví al hospital para otra ronda de tratamiento, llevábamos la guitarra y cantábamos para los otros niños y sus familias.
Hoy tengo diez años y sigo luchando. No sé qué pasará mañana, pero he aprendido que incluso en los peores momentos podemos encontrar algo hermoso que nos una. A veces pienso en aquella noche y me pregunto: ¿Cuántas familias se rompen por el dolor sin darse cuenta de que lo único que necesitan es escucharse? ¿Y si todos tuviéramos el valor de cantar nuestra propia canción cuando más lo necesitamos?