¿Por qué siempre pago yo? – Confesiones de una mujer sobre el amor, el dinero y los límites
—Otra vez te has olvidado la cartera, Sergio —dije, intentando que mi voz no temblara mientras el camarero esperaba con la cuenta en la mano. Él sonrió, encogiéndose de hombros como si no pasara nada. —Ya sabes cómo soy, Lucía. Mañana te lo devuelvo, te lo prometo.
Mentira. Nunca me lo devolvía. Y yo, como una tonta, volvía a sacar la tarjeta, a pagar la cena, el cine, incluso el taxi de vuelta a casa. Al principio eran detalles pequeños, casi insignificantes. Un café aquí, una entrada allá. Pero con los años, la lista creció: las vacaciones a Cádiz, el alquiler del piso en Lavapiés, hasta la hipoteca que firmamos juntos y que, en realidad, solo yo pagaba mes tras mes.
Mi madre siempre decía: “Lucía, no te dejes pisotear. El amor es cosa de dos”. Pero cada vez que intentaba hablar con Sergio del tema, él se ponía a la defensiva o cambiaba de tema. —¿No confías en mí? —me preguntaba con esa mirada suya que tanto me gustaba al principio y que ahora solo me daba rabia.
Una noche, después de otra discusión absurda sobre el dinero, me encerré en el baño y me miré al espejo. Tenía ojeras profundas y el ceño fruncido. ¿En qué momento me había convertido en esta mujer cansada y resentida? Recordé cuando nos conocimos en la universidad de Salamanca: él era divertido, espontáneo, siempre con una guitarra en la mano y mil historias que contar. Yo era la responsable, la que organizaba los viajes y pagaba las rondas porque tenía un trabajo estable como profesora.
Al principio no me importaba. Pensaba que era temporal, que cuando Sergio encontrara algo fijo todo cambiaría. Pero pasaron los años y nada cambió. Él saltaba de trabajo en trabajo: camarero en un bar de Malasaña, monitor de surf en verano en Tarifa, repartidor de Glovo durante la pandemia. Siempre tenía una excusa para no aportar: “Este mes me han pagado tarde”, “Me han reducido las horas”, “La cosa está fatal”.
Mis amigas empezaron a hacerme preguntas incómodas:
—¿No te parece raro que siempre seas tú la que paga todo?
—¿No crees que Sergio se está aprovechando?
Yo las defendía: —No lo entendéis. Sergio es diferente. Está pasando una mala racha.
Pero en el fondo sabía que tenían razón. Empecé a sentirme sola incluso cuando él estaba a mi lado. Las cenas románticas se convirtieron en silencios incómodos; los fines de semana juntos eran una sucesión de excusas para no salir porque “no tengo dinero”.
Un día mi hermana Marta vino a visitarme desde Zaragoza. Nos sentamos en la terraza del piso y, después de un largo silencio, me dijo:
—Lucía, ¿de verdad eres feliz así?
No supe qué contestar. Me eché a llorar como una niña pequeña.
Esa noche esperé a que Sergio volviera del bar donde tocaba los jueves. Cuando entró en casa, le dije:
—Tenemos que hablar.
Él bufó y se dejó caer en el sofá.
—¿Otra vez con lo mismo? Si tanto te molesta pagar, deja de hacerlo.
Me quedé helada. ¿Tan fácil era para él? ¿Dejar de pagar y ya está? ¿Y todo lo que habíamos construido juntos? ¿Los años invertidos?
Durante semanas convivimos como dos extraños. Yo empecé a guardar mis recibos, a separar mis cuentas. Él salía más con sus amigos y volvía tarde. Una noche encontré un mensaje en su móvil: “¿Te apetece cenar mañana? Invito yo”. No era para mí.
El mundo se me vino abajo. Sentí rabia, tristeza y una humillación profunda. ¿Tantos años pagando por amor para acabar así?
Llamé a mi madre y le conté todo entre sollozos. Ella solo dijo:
—Hija, el amor no es sacrificarse hasta quedarse vacía.
Al día siguiente le pedí a Sergio que se fuera de casa. No lloró ni protestó; recogió sus cosas y se marchó sin mirar atrás.
Han pasado meses desde entonces. A veces me siento sola, pero también libre. He vuelto a salir con mis amigas, a viajar por mi cuenta y a darme pequeños caprichos sin sentirme culpable.
A veces me pregunto: ¿Dónde está la línea entre amar y dejarse utilizar? ¿Cuántas mujeres en España viven historias como la mía? ¿Por qué nos cuesta tanto poner límites cuando queremos a alguien?
¿Y tú? ¿Has sentido alguna vez que das más de lo que recibes? ¿Dónde pondrías tú el límite?