Entre dos paredes: Una visita que lo cambió todo

—¿Otra vez has dejado la ropa en el tendedero, Mónica? —La voz de Carmen retumbó en el pasillo, tan fría como el mármol del suelo. Yo estaba en la cocina, removiendo el café con manos temblorosas. Podía oír a mi marido, Luis, suspirar desde el salón, pero no se atrevía a intervenir.

Era la tercera vez en una semana que Carmen venía a «ayudarnos» desde su piso en Chamberí. Desde que se quedó viuda, su presencia en nuestra casa se había vuelto constante, casi asfixiante. Decía que lo hacía por nosotros, pero yo sentía que cada visita era una inspección encubierta.

—Ahora bajo —respondí, intentando sonar tranquila. Pero por dentro hervía. ¿Por qué tenía que sentirme una extraña en mi propia casa?

Mientras recogía la ropa, recordé la primera vez que conocí a Carmen. Fue en una comida familiar, con toda la familia reunida alrededor de una paella enorme. Ella me miró de arriba abajo y me preguntó si sabía cocinar «de verdad». Luis se rió incómodo. Yo también. Pero ese día supe que nunca sería suficiente para ella.

Esa tarde, después del café, Carmen se sentó frente a mí en la mesa del comedor. Luis fingía leer el periódico, pero sus ojos iban de una a otra como si esperara una explosión.

—Mónica, hija, ¿no crees que deberías buscar un trabajo más estable? Eso de ser ilustradora está muy bien para las jovencitas, pero ya tienes treinta y cinco años… —dijo Carmen, con esa sonrisa que nunca llegaba a los ojos.

Sentí cómo se me encendían las mejillas. Mi trabajo era mi pasión, pero para ella siempre sería un capricho infantil.

—Estoy bien así, Carmen. Me va bien —contesté, apretando los dientes.

—Bueno, tú sabrás… Pero Luis necesita estabilidad. Y los niños… —miró a su hijo con reproche— ¿No pensáis en tener hijos? Se os va a pasar el arroz.

Luis bajó la mirada. Yo sentí un nudo en la garganta. Habíamos hablado mil veces del tema: yo no quería hijos todavía; él decía que no tenía prisa. Pero delante de su madre, siempre callaba.

Esa noche discutimos. Luis me reprochó que no intentara llevarme mejor con su madre. Yo le dije que estaba cansada de sentirme juzgada en mi propia casa.

—¡Es tu madre! ¡No puedo echarla! —gritó él.

—¡Pero tampoco puedo vivir así! —le respondí entre lágrimas.

Durante días, la tensión fue creciendo como una tormenta sobre Madrid. Carmen seguía viniendo, trayendo tuppers de cocido y críticas disfrazadas de consejos. Yo me sentía cada vez más pequeña, más invisible.

Una tarde, mientras pintaba en mi estudio, escuché a Carmen hablando por teléfono en el pasillo:

—Luis está muy raro últimamente… Yo creo que Mónica le está comiendo la cabeza con esas ideas modernas… No sé qué ve en ella.

Sentí cómo se me rompía algo por dentro. ¿Eso pensaba realmente de mí? ¿Y Luis? ¿De verdad estaba tan solo?

Esa noche no pude dormir. Me levanté y fui al salón. Luis estaba sentado en el sofá, mirando la tele sin verla.

—¿Tú también piensas que te estoy alejando de tu madre? —le pregunté en voz baja.

Luis tardó en responder.

—No lo sé… Siento que estoy entre dos paredes. No quiero perderte a ti ni a ella.

Me senté a su lado y le cogí la mano.

—Yo tampoco quiero perderte. Pero necesito sentir que esta es mi casa también.

Nos quedamos en silencio mucho rato. Al final, Luis asintió despacio.

Al día siguiente, cuando Carmen llegó con su bolsa de la compra y su mirada inquisitiva, Luis fue quien habló primero:

—Mamá, tienes que entender que esta es nuestra casa. Mónica y yo necesitamos espacio para ser una familia a nuestra manera.

Carmen se quedó helada. Por primera vez vi miedo en sus ojos.

—¿Me estás echando? —susurró.

—No, mamá —dijo Luis—. Solo te pido que confíes en nosotros.

Carmen recogió sus cosas y se marchó sin decir adiós. Durante semanas no supimos nada de ella. Yo sentí alivio y culpa al mismo tiempo.

Poco a poco, Luis y yo aprendimos a hablar sin miedo. A veces discutíamos, pero ya no había fantasmas entre nosotros. Un día Carmen llamó para invitarme a tomar un café. Fui nerviosa, pero decidida a ser yo misma.

—Sé que no te lo pongo fácil —me dijo—. Solo quiero lo mejor para mi hijo.

—Y yo también —le respondí—. Pero necesito hacerlo a mi manera.

Nos miramos largo rato. No nos abrazamos ni lloramos, pero algo cambió entre nosotras esa tarde.

Ahora miro atrás y me pregunto: ¿Cuántas mujeres han sentido alguna vez que su vida no les pertenece del todo? ¿Cuántas han tenido que luchar por un rincón propio entre dos paredes demasiado estrechas?