Nunca serás tú quien me diga cómo vivir: la historia de Eva

—¡Nunca me vas a decir cómo tengo que vivir!—me gritó Lucía, con los ojos llenos de lágrimas y rabia, mientras Tomás, mi hijo, miraba al suelo sin atreverse a intervenir. El eco de sus palabras retumbó en el salón, entre las fotos de mi difunto marido y los recuerdos de una vida que creía tener bajo control.

Me llamo Eva. Hace ya más de veinte años que perdí a Javier, mi marido, en un accidente de tráfico en la carretera de Toledo. Aquella noche, cuando la Guardia Civil llamó a mi puerta, sentí que el mundo se partía en dos. Me quedé sola con Tomás, que entonces tenía apenas seis años. Desde entonces, mi vida giró en torno a él: trabajé de enfermera en el hospital de Getafe, doblando turnos para que no le faltara de nada. Le di todo lo que pude: amor, educación, valores. Creí que así sería feliz.

Pero la felicidad es un animal escurridizo. Cuando Tomás conoció a Lucía en la universidad, pensé que por fin tendría una familia completa otra vez. Al principio, Lucía me pareció una buena chica: educada, lista, con carácter. Pero pronto noté que algo no encajaba. No era sólo que ella viniera de una familia diferente —su madre profesora de literatura en Alcalá, su padre arquitecto— sino que tenía ideas propias sobre todo: la crianza, el trabajo, incluso sobre cómo debía organizarse una casa.

La primera discusión llegó por una tontería: la cena de Nochebuena. Yo siempre he preparado cordero al horno, como hacía mi madre y mi abuela antes que yo. Pero Lucía insistió en hacer una receta vegana. —Es más sano para todos— dijo. Yo sentí que me arrancaban una parte de mi historia. —En esta casa siempre se ha comido cordero— respondí, sin poder evitar que mi voz temblara.

Tomás intentó mediar: —Mamá, podríamos probar algo diferente este año…

Pero yo no podía ceder. No después de todo lo que había sacrificado. ¿No era justo mantener nuestras tradiciones? ¿No era eso lo que nos mantenía unidos?

Con el tiempo, las discusiones se hicieron más frecuentes. Lucía quería mudarse a Madrid capital para estar cerca de su trabajo en una editorial; yo quería que se quedaran en Getafe, cerca de mí. Ella quería viajar por Europa; yo pensaba en ahorrar para el futuro. Ella hablaba de igualdad; yo sentía que perdía el control sobre mi hijo.

Una tarde, mientras Tomás estaba en el trabajo, Lucía y yo nos quedamos solas en la cocina. El silencio era espeso como la sopa que removía distraídamente.

—Eva —dijo ella al fin—, sé que ha sido duro para ti criar a Tomás sola. Pero ahora él tiene su propia vida.

—¿Y yo qué? —le respondí— ¿Dónde quedo yo después de todo?

—No puedes vivir a través de él —me contestó con voz suave pero firme—. Tienes que dejarle ser feliz a su manera.

Sentí una punzada de rabia y tristeza. ¿Acaso no sabía ella lo que era perderlo todo? ¿No entendía que Tomás era lo único que me quedaba?

Las cosas empeoraron cuando nació mi nieta, Irene. Yo quería ayudar, estar presente, enseñarles cómo se cuida a un bebé. Pero Lucía rechazaba mis consejos: —Gracias Eva, pero preferimos hacerlo a nuestra manera— decía cada vez que intentaba intervenir.

Una tarde llegué sin avisar y encontré a Lucía llorando en el salón mientras Irene lloriqueaba en la cuna. Me acerqué para coger a la niña y Lucía me apartó bruscamente:

—¡No! No necesito tu ayuda.

—Sólo quiero ayudar…

—No quiero que me digas cómo tengo que criar a mi hija —me espetó—. ¡Nunca me vas a decir cómo tengo que vivir!

Aquella noche Tomás vino a hablar conmigo. Le vi cansado, más mayor de lo que recordaba.

—Mamá… tienes que entenderlo. Lucía y yo necesitamos nuestro espacio.

—¿Y yo? ¿Dónde quedo yo? —le pregunté con la voz rota.

—Siempre serás mi madre —me dijo— pero ahora tengo mi propia familia.

Me sentí invisible. Como si todo lo que había hecho durante años no valiera nada.

Pasaron semanas sin verles apenas. El silencio en casa era insoportable. Me refugié en mis amigas del centro cultural, en las clases de pintura y los paseos por el parque Juan Carlos I. Pero cada vez que veía una madre con su hijo pequeño o escuchaba risas infantiles desde la ventana, sentía un nudo en el estómago.

Un día recibí una carta de Tomás. Decía que me quería, pero necesitaba tiempo para construir su vida con Lucía e Irene. Que esperaba que algún día pudiera entenderlo.

Me senté en la mesa del comedor con la carta entre las manos y lloré como no había llorado desde la muerte de Javier.

Ahora escribo esto mientras miro las fotos familiares: Javier sonriendo en la playa de Benidorm; Tomás con su primer uniforme del colegio; yo sosteniéndole cuando aprendió a andar… ¿En qué momento perdí el rumbo? ¿Cuándo se rompió el hilo invisible que nos unía?

A veces pienso si fui demasiado dura con Lucía o demasiado protectora con Tomás. Si confundí amor con control, miedo con cuidado.

¿Es posible querer tanto a alguien que acabas por asfixiarle? ¿Cómo se aprende a soltar cuando soltar significa quedarse sola?

Quizá algún día encuentre respuestas. O quizá sólo me quede aprender a vivir con las preguntas.