El jardín que no pedí: Cómo me convertí en madre de los hijos de mi hermano y lo que eso hizo con mi familia
—¿Lucía? ¿Estás despierta?— La voz de mi madre temblaba al otro lado del teléfono, aunque eran las dos y media de la madrugada. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Nadie llama a esas horas con buenas noticias.
—¿Qué pasa, mamá?— respondí, sentándome en la cama, el corazón golpeando como si quisiera salirse del pecho.
—Es tu hermano, Sergio… Han detenido a Marta. Los niños están solos. Tienes que ir a buscarlos, ahora.
No recuerdo cómo me vestí ni cómo llegué al piso de mi hermano en Vallecas. Solo recuerdo el olor a humedad, los juguetes esparcidos por el suelo y los ojos enormes de mis sobrinos, Pablo y Daniela, mirándome desde la penumbra del pasillo. Pablo tenía siete años y Daniela apenas cinco. Llevaban pijamas sucios y las mejillas manchadas de lágrimas secas.
—Tía Lucía… ¿Dónde está mamá?— preguntó Pablo, aferrándose a mi pierna.
Mentí. Les dije que su madre volvería pronto, que todo iba a estar bien. Pero ni yo misma lo creía. Marta llevaba meses perdida en sus propios infiernos, y Sergio… Sergio estaba desaparecido desde hacía semanas. Nadie sabía si estaba vivo o muerto, solo que había dejado a sus hijos a la deriva.
Esa noche dormimos los tres en mi cama de 90 centímetros. Yo no pegué ojo. Miraba el techo y pensaba en cómo iba a explicarles a mis padres, a mi novio Álvaro, a mis amigas del trabajo, que de la noche a la mañana me había convertido en madre sin haberlo elegido.
Al día siguiente, mi madre vino a casa con bolsas de ropa limpia y una lista interminable de consejos. Mi padre ni apareció. Nunca aprobó la vida de Sergio ni la mía, pero ahora el silencio era su forma de castigo.
Las primeras semanas fueron un caos. Pablo tenía terrores nocturnos y Daniela mojaba la cama cada noche. Yo llegaba tarde al trabajo en la gestoría y mi jefa empezó a mirarme con esa mezcla de lástima y fastidio que tanto detesto.
Una tarde, mientras intentaba ayudar a Pablo con los deberes, Daniela se puso a llorar desconsoladamente porque no encontraba su muñeca favorita. Me senté en el suelo con ella y lloramos juntas. Me sentía tan sola como ella.
Álvaro empezó a distanciarse. Al principio venía a casa y jugaba con los niños, pero pronto empezó a poner excusas: reuniones, cenas con amigos, cansancio. Una noche discutimos tan fuerte que los vecinos llamaron a la puerta.
—No puedo con esto, Lucía. No son mis hijos. No es mi responsabilidad.—
—¿Y la mía sí? ¿Por qué siempre tengo que ser yo la que arregle lo que otros rompen?—
No hubo respuesta. Solo un portazo y el eco de mis propias palabras rebotando en las paredes vacías.
La familia se dividió en dos bandos: los que decían que hacía lo correcto y los que murmuraban que estaba arruinando mi vida por culpa de Sergio. Mi tía Carmen me llamó egoísta por no dejar que los niños fueran con los servicios sociales. Mi abuela Rosario me mandaba tuppers de croquetas y cartas escritas a mano diciéndome que era una santa.
Pero yo no me sentía santa. Me sentía agotada, enfadada y rota por dentro.
Un día recibí una carta del juzgado: Marta había perdido la custodia y buscaban un tutor legal para Pablo y Daniela. Me citaron para una entrevista con una trabajadora social. Recuerdo cómo me miró por encima de las gafas:
—¿Está segura de poder hacerse cargo de dos menores? Esto no es solo cuestión de cariño, señora Martín.—
No lo estaba. Pero dije que sí.
Las semanas siguientes fueron una sucesión de visitas al colegio, psicólogos infantiles y reuniones con abogados. Los niños empezaron a mejorar poco a poco; Pablo volvió a jugar al fútbol en el parque y Daniela aprendió a leer sola. Pero yo seguía sintiéndome una impostora.
Una tarde de domingo, mientras preparábamos tortilla de patatas juntos, Pablo me miró muy serio:
—Tía Lucía… ¿Tú también te vas a ir algún día?
Se me rompió el alma. Lo abracé tan fuerte como pude y le prometí que no pensaba irme nunca.
Pero las promesas pesan más cuando sabes que puedes romperlas sin querer.
Mi relación con Álvaro terminó definitivamente cuando le dije que quería pedir la custodia legal de los niños. Él se fue sin mirar atrás. Mis amigas dejaron de invitarme a cenas porque siempre tenía algo que hacer o alguien que cuidar.
A veces me preguntaba si estaba haciendo lo correcto o si solo estaba repitiendo el ciclo de sacrificio femenino que había visto toda mi vida en mi familia: mujeres renunciando a sus sueños por salvar a los demás.
Un día recibí una llamada inesperada: Sergio había aparecido en un hospital de Toledo, desorientado y enfermo. Fui a verle con miedo y rabia acumulada durante meses.
—¿Por qué nos has hecho esto?— le pregunté entre lágrimas.
Él solo bajó la cabeza y murmuró:
—No sé cuidar ni de mí mismo…
Salí del hospital sintiendo una mezcla de compasión y furia. No podía perdonarle todavía, pero tampoco podía odiarle del todo.
Hoy hace un año desde aquella llamada nocturna. Pablo y Daniela duermen tranquilos en sus camas nuevas; yo les leo cuentos cada noche y les preparo bocadillos para el colegio. Mi vida ya no es mía, pero tampoco quiero que lo sea.
A veces me miro al espejo y no reconozco a la mujer que soy ahora: más fuerte, más cansada, pero también más capaz de amar sin condiciones.
¿Hasta dónde puede llegar el amor cuando todo lo demás se ha roto? ¿Cuántos sacrificios son demasiados antes de perderse una misma? Me gustaría saber qué haríais vosotros en mi lugar.