Entre los sueños y las cadenas: La historia de Lucía

—¿Otra vez llegas tarde, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, tan fría como la lluvia de noviembre que empapaba Madrid esa tarde.

Me quedé quieta, con la bufanda aún enredada en el cuello y las bolsas del supermercado colgando de mis manos. Mi hija, Paula, me miró desde el sofá con los ojos grandes y tristes. Mi marido, Álvaro, ni siquiera levantó la vista del telediario.

—He tenido mucho trabajo —musité, sabiendo que no serviría de nada.

Mi madre bufó. —Siempre tienes una excusa. Cuando yo tenía tu edad, ya tenía la casa impecable y la comida lista antes de que tu padre llegara.

Sentí el nudo en la garganta. Tenía treinta y ocho años y seguía sintiéndome como una niña regañada. Había dejado mi trabajo como profesora de literatura para cuidar de Paula cuando nació. Álvaro nunca me lo pidió, pero tampoco me apoyó cuando quise volver a trabajar. «¿Para qué? Si no nos falta de nada», decía él, sin mirarme.

Esa noche, mientras fregaba los platos, escuché a mi madre hablar con Álvaro en el salón.

—Lucía no sabe organizarse. Siempre está cansada, siempre se queja…

—Ya lo sé, señora Carmen. Yo ya no sé qué hacer con ella —respondió él, con esa indiferencia que me dolía más que cualquier grito.

Me apoyé en el fregadero y cerré los ojos. ¿Cuándo había dejado de ser Lucía para convertirme en «la que no sabe organizarse»? ¿En qué momento mis sueños se habían perdido entre las paredes de este piso pequeño?

Recuerdo cuando era joven y quería escribir novelas. Gané un concurso literario en el instituto y mi profesor me animó a estudiar Filología Hispánica. Pero mi madre tenía otros planes: «Eso no da de comer. Haz Magisterio, al menos tendrás trabajo fijo». Y yo obedecí.

Conocí a Álvaro en la universidad. Era simpático, responsable, el tipo de hombre que mi madre aprobaba. Nos casamos pronto y, cuando nació Paula, sentí que al fin tenía una familia propia. Pero la felicidad se fue desvaneciendo entre rutinas y silencios.

Una tarde, Paula llegó llorando del colegio. —Mamá, ¿por qué siempre estás triste?

Me quedé helada. No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle que me sentía invisible? Que cada día era una batalla entre lo que los demás esperaban de mí y lo poco que quedaba de mis propios deseos.

Las discusiones con mi madre se hicieron más frecuentes. —No sabes educar a tu hija —me decía—. Paula necesita disciplina, no tus cuentos ni tus tonterías.

Álvaro se limitaba a encogerse de hombros. —No te pongas melodramática, Lucía. Todo el mundo tiene problemas.

Una noche, después de una pelea especialmente dura con mi madre —me había dicho que era una fracasada— salí al balcón y miré las luces de la ciudad. Sentí ganas de gritar. Pensé en marcharme, en dejarlo todo atrás. Pero Paula dormía en su habitación y no podía abandonarla.

Empecé a escribir de nuevo por las noches, cuando todos dormían. Al principio eran solo frases sueltas, recuerdos de mi infancia o sueños imposibles. Poco a poco, las palabras se convirtieron en relatos cortos. Los guardaba en una carpeta secreta del ordenador.

Un día, Paula encontró uno de mis cuentos impresos sobre la mesa.

—¿Esto lo has escrito tú? —preguntó con asombro.

Asentí, avergonzada.

—Es precioso… ¿Por qué no escribes más?

La miré y sentí una punzada de esperanza. Tal vez aún podía recuperar algo de mí misma.

Pero cuando le conté a Álvaro que quería apuntarme a un taller literario, se rió.

—¿A tu edad? ¿Para qué? No tenemos dinero para tonterías.

Mi madre intervino desde la cocina:

—Lucía, deja de soñar despierta. Tu deber es cuidar de tu familia.

Esa noche lloré hasta quedarme dormida. Pero al día siguiente busqué información sobre talleres gratuitos en el centro cultural del barrio.

El primer día que fui al taller sentí miedo y vergüenza. Pero también una emoción olvidada: ilusión. Allí conocí a Marta y a Teresa, dos mujeres como yo, cansadas de vivir para los demás. Compartimos historias y risas; por primera vez en años sentí que pertenecía a algún sitio.

Empecé a cambiar pequeñas cosas: salía a caminar sola por el Retiro, leía novelas en el metro aunque llegara tarde a casa, escribía cada noche aunque estuviera agotada.

Mi madre lo notó enseguida:

—Estás muy rara últimamente. ¿Qué te pasa?

—Nada, mamá —respondí—. Solo estoy intentando ser feliz.

Álvaro se volvió más frío; discutíamos por cualquier cosa. Una tarde me gritó delante de Paula:

—¡Eres una egoísta! Solo piensas en ti.

Paula corrió a abrazarme y le susurró: —No le hagas caso, mamá.

Fue entonces cuando tomé una decisión: busqué trabajo como profesora suplente en un instituto público. No era mucho dinero, pero era mío. Cuando se lo conté a mi madre casi le da un ataque:

—¿Y quién va a cuidar de Paula? ¿Y la casa?

—Paula tiene once años y puede quedarse sola unas horas. Y la casa puede esperar —le respondí por primera vez sin miedo.

Álvaro me miró con desprecio:

—Haz lo que quieras. Yo ya he dejado de esperar nada de ti.

Durante meses viví entre reproches y silencios hostiles. Pero cada vez que entraba en un aula o escribía un cuento nuevo sentía que volvía a respirar.

Un día encontré una nota de Paula pegada en la nevera:

«Gracias por ser valiente, mamá».

Lloré como nunca antes. Comprendí que mi lucha no era solo por mí; era también por ella, para que supiera que las mujeres tenemos derecho a soñar y a elegir nuestro propio camino.

Hoy sigo peleando cada día contra las expectativas ajenas y mis propios miedos. No soy la hija ni la esposa perfecta; tal vez nunca lo sea. Pero he recuperado mi voz y mis sueños.

A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres viven atrapadas entre lo que esperan los demás y lo que desean realmente? ¿Cuándo aprenderemos a escucharnos y a elegirnos primero?