Entre las Sombras de Mi Matrimonio: ¿Hasta Dónde Puede Llegar el Silencio?

—¿Otra vez llegas tarde, Lucía? —La voz de Fernando retumbó en el pasillo, seca y cortante, mientras yo dejaba las llaves sobre la mesa del recibidor. El reloj marcaba las nueve y media, y el eco de sus palabras me golpeó más fuerte que el cansancio acumulado tras diez horas en la oficina.

No respondí. Me limité a colgar la chaqueta y a mirar de reojo a mi hija, Paula, que asomaba la cabeza desde el salón con los deberes aún sin terminar. Sentí una punzada de culpa, pero también un alivio sordo: en el trabajo, al menos, nadie me esperaba con reproches.

Fernando volvió a la carga:
—¿Sabes que Paula tenía examen hoy? Ni siquiera te has molestado en preguntarle cómo le ha ido.

Me mordí el labio. ¿Cómo explicarle que en la oficina soy otra persona? Allí, entre expedientes y llamadas, soy Lucía la eficiente, la que resuelve problemas, la que sonríe y bromea con sus compañeros. Aquí, en casa, soy apenas un fantasma que se mueve entre las sombras del salón.

—Lo siento —musité, sin mirarle a los ojos.

Él bufó y se encerró en el despacho. Paula me miró con una mezcla de tristeza y resignación. Me acerqué a ella y le acaricié el pelo.
—¿Cómo te ha ido el examen, cariño?
—Bien… creo —respondió bajito.

Me senté a su lado y fingí interés por los apuntes de matemáticas, pero mi mente estaba lejos. Recordé la comida con Marta y Sergio en la cafetería del trabajo, las risas compartidas, las confidencias sobre jefes insoportables y sueños postergados. Allí me sentía viva; aquí solo sobrevivía.

La rutina se repetía cada día: Fernando salía temprano y apenas cruzábamos palabras. Yo me volcaba en el trabajo, aceptando horas extra para evitar volver a casa. Paula crecía entre dos silencios: el mío y el de su padre. Mi madre, Carmen, llamaba de vez en cuando para preguntar si todo iba bien. Siempre le respondía lo mismo: “Sí, mamá, todo bien”. Mentira tras mentira.

Una noche, mientras fregaba los platos, escuché a Fernando hablando por teléfono en voz baja. No entendí mucho, pero capté un nombre: “Elena”. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. ¿Era posible que él también buscara refugio fuera de casa? ¿O solo era mi imaginación alimentada por la culpa?

Al día siguiente, en la oficina, Marta me miró con preocupación:
—Lucía, tienes mala cara. ¿Va todo bien en casa?

Quise decirle la verdad: que me ahogaba en mi propio hogar, que cada día era una batalla perdida contra la indiferencia y el desprecio. Pero solo sonreí y cambié de tema.

El viernes por la tarde, mientras recogía mis cosas para irme, Sergio se acercó con una propuesta inesperada:
—¿Te apetece tomar algo? Hace tiempo que no salimos todos juntos.

Por un instante dudé. Sabía que Fernando se enfadaría si llegaba tarde otra vez. Pero también sabía que necesitaba ese respiro como quien necesita aire para no ahogarse.

La noche fue un bálsamo: risas, confidencias y una sensación de pertenencia que hacía años no sentía en casa. Al volver, encontré a Fernando dormido en el sofá y a Paula ya acostada. Me senté en la oscuridad del salón y lloré en silencio.

Los días siguientes fueron una sucesión de pequeños desencuentros: discusiones por tonterías, silencios incómodos durante la cena, miradas esquivas. Una tarde, mientras ayudaba a Paula con los deberes, ella me preguntó:
—Mamá, ¿por qué ya no sonríes como antes?

No supe qué responderle. Me limité a abrazarla fuerte y a prometerle que todo mejoraría.

Pero nada mejoró. Fernando empezó a llegar más tarde del trabajo y a pasar más tiempo fuera los fines de semana. Yo me refugiaba cada vez más en la oficina, aceptando proyectos imposibles solo para no estar en casa.

Un domingo por la mañana, mi madre apareció sin avisar. Se sentó conmigo en la cocina mientras preparaba café.
—Lucía, hija… ¿qué está pasando? No eres la misma desde hace meses.

Las palabras se agolparon en mi garganta. Quise gritarle que estaba rota por dentro, que ya no sabía quién era ni qué quería. Pero solo susurré:
—No sé qué hacer, mamá.

Ella me tomó de la mano:
—Tienes que pensar en ti y en Paula. Nadie merece vivir así.

Esa noche no pude dormir. Di vueltas en la cama mientras escuchaba la respiración pesada de Fernando a mi lado. Pensé en mi hija, en mi madre, en los años desperdiciados intentando salvar lo insalvable.

Al amanecer tomé una decisión. Al día siguiente pedí cita con una abogada especializada en divorcios. Sentí miedo, sí; pero también una extraña sensación de alivio.

Cuando se lo conté a Fernando, su reacción fue fría:
—Haz lo que quieras. Ya nada me importa.

Lloré durante horas. Pero esa misma tarde recogí a Paula del colegio y fuimos juntas al parque. Por primera vez en mucho tiempo reímos juntas bajo el sol de Madrid.

Ahora escribo estas líneas desde nuestro pequeño piso nuevo. No es fácil empezar de cero; hay días en los que dudo de todo lo que he hecho. Pero cuando veo a Paula sonreír otra vez, sé que tomé la decisión correcta.

A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres viven atrapadas entre las paredes de un matrimonio roto por miedo al qué dirán o al vacío? ¿Cuántas veces nos negamos a ser felices por no atrevernos a dar el paso? ¿Y tú… te atreverías?