«Él prometió que ya había terminado contigo»: La mentira que destrozó mi vida
—Él prometió que ya había terminado contigo.
Las palabras de Lucía, la compañera de trabajo de mi marido, cayeron sobre mí como una losa. Me quedé helada, con la copa de vino a medio camino entre la mesa y mis labios. Hasta ese momento, pensaba que Lucía era simplemente una mujer demasiado efusiva, de esas que te sueltan un «¡Qué joven pareces!» o «¡Qué elegante vas hoy!» y te dejan incómoda pero halagada. Nunca imaginé que detrás de su sonrisa se escondía un secreto tan cruel.
Recuerdo perfectamente esa noche. Era la cena anual de la empresa donde trabajaba mi marido, Fernando. Yo había dudado en ir, porque últimamente sentía que entre nosotros había una distancia extraña, pero él insistió tanto que acabé cediendo. Me puse mi vestido azul marino, el que él siempre decía que me hacía parecer «una reina», y me armé de paciencia para enfrentarme a los típicos comentarios de los compañeros.
Lucía se acercó a mí en el cóctel previo a la cena. Llevaba un vestido rojo demasiado ajustado para mi gusto y una sonrisa tan amplia como falsa. Me abrazó como si fuéramos amigas de toda la vida y empezó con sus cumplidos habituales. Yo respondí con educación, aunque por dentro solo quería que me dejara en paz. Pero entonces, cuando ya pensaba que se iba a marchar, se inclinó hacia mí y susurró:
—No sé cómo puedes seguir viniendo a estos eventos después de todo lo que ha pasado.
Me quedé paralizada. ¿A qué se refería? Antes de que pudiera preguntar, Lucía me miró fijamente y soltó la frase que nunca olvidaré:
—Él prometió que ya había terminado contigo.
Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies. ¿Terminado conmigo? ¿De qué hablaba? ¿Acaso Fernando le había contado algo? ¿O era ella quien…? Mi mente empezó a girar a mil por hora. Busqué a Fernando con la mirada y lo vi al otro lado del salón, riendo con unos compañeros. En ese momento, todo encajó: las noches en las que llegaba tarde, los mensajes que nunca me dejaba ver, su repentina obsesión por el gimnasio…
Me excusé torpemente y salí al jardín del hotel. El aire frío de Madrid en noviembre me golpeó la cara, pero no me importó. Necesitaba pensar. ¿Y si Lucía mentía? ¿Y si solo quería hacerme daño? Pero algo en su mirada me decía que no era así.
No sé cuánto tiempo estuve fuera. Cuando volví, Fernando me buscó con la mirada y vino hacia mí.
—¿Estás bien, Carmen? —me preguntó, con esa voz suave que siempre usaba cuando quería tranquilizarme.
—¿Tienes algo que contarme? —le solté, sin rodeos.
Él se quedó blanco. Por un segundo, pensé que iba a negarlo todo, pero entonces bajó la cabeza y susurró:
—No aquí. Por favor.
Esa noche no dormimos. Hablamos hasta el amanecer. Me confesó que llevaba meses sintiéndose perdido, que Lucía le había hecho sentirse vivo otra vez, pero que se dio cuenta de que no podía dejarme. Que yo era su familia, su hogar. Que lo nuestro era real.
Pero yo ya no podía escucharle. Sentía rabia, dolor, humillación. ¿Cómo podía haber sido tan ciega? ¿Cómo no vi las señales? Pensé en nuestros hijos, en las vacaciones en la playa, en las cenas familiares los domingos… Todo parecía una mentira.
Durante semanas viví en una especie de niebla. Mis amigas intentaban animarme: «Carmen, eres fuerte», «No eres la primera ni serás la última». Pero yo solo quería desaparecer. Mi madre vino a casa un día y me encontró llorando en la cocina.
—Hija, nadie merece vivir así —me dijo mientras me abrazaba—. Pero tampoco tienes por qué perdonarle si no quieres.
Las palabras de mi madre me dieron fuerzas. Empecé a ir a terapia, a hablar con otras mujeres en mi situación. Descubrí que muchas habían pasado por lo mismo: el engaño silencioso, la traición disfrazada de rutina.
Fernando intentó todo para recuperarme: cartas, flores, promesas vacías. Pero yo ya no era la misma. Había aprendido a vivir sola, a quererme un poco más cada día.
Un día, meses después, Lucía me llamó al móvil. Dudé en contestar, pero al final lo hice.
—Solo quería pedirte perdón —dijo ella—. No debí decirte nada aquella noche… pero tampoco debí meterme en medio de vuestro matrimonio.
Colgué sin responderle. No necesitaba sus disculpas ni su compasión.
Hoy vivo sola con mis hijos en un piso pequeño cerca del Retiro. No es fácil empezar de cero a los cuarenta y dos años, pero cada día me siento más libre. A veces veo a Fernando cuando viene a recoger a los niños y siento una punzada de tristeza por lo que pudo haber sido y no fue.
Pero también siento orgullo por haber tenido el valor de romper el círculo del engaño y elegir mi propia felicidad.
¿De verdad merecemos vivir con mentiras solo por miedo a estar solas? ¿Cuántas mujeres siguen callando para no romper una familia? Yo ya no quiero callar más.