Cuando te arrebatan un sueño: La historia de Magda en una oficina madrileña

—¿Magda? ¿Puedes venir un momento al despacho de Recursos Humanos?—

El teléfono temblaba en mi mano. Era martes, las once y cuarto, y el sol de Madrid se colaba a trompicones entre las persianas de la oficina. Sentí cómo se me encogía el estómago. Había esperado este momento durante meses: la decisión sobre el puesto de jefa de proyecto. Había dado todo, incluso más de lo que tenía. Horas extras, fines de semana robados a mi hija Lucía, discusiones con mi marido Sergio por llegar tarde a casa. Todo por ese sueño.

Caminé por el pasillo, los tacones resonando como martillos en mi cabeza. Al pasar junto a la mesa de Carmen, ella me miró con una sonrisa torcida. Siempre tan correcta, tan perfecta, tan… peligrosa. Me pregunté si sabría algo.

En la sala estaban sentados don Manuel, el director, y Marta, la responsable de Recursos Humanos. Me invitaron a sentarme. El aire olía a café frío y a algo más: nerviosismo, tal vez culpa.

—Magda, queremos agradecerte tu dedicación estos meses —empezó Marta—. Has hecho un trabajo excelente.

Don Manuel asintió, pero no me miraba a los ojos.

—Sin embargo —continuó ella—, después de valorar todas las candidaturas, hemos decidido que el puesto será para Carmen.

Sentí cómo todo se desmoronaba dentro de mí. Carmen. Por supuesto. La misma Carmen que hace dos semanas me pidió ayuda con el informe financiero. La misma que se reía con don Manuel en la máquina de café. La misma que nunca tenía una palabra amable para nadie.

No recuerdo qué dije. Algo educado, supongo. Me levanté y salí del despacho como un autómata. Al pasar por su mesa, Carmen me miró y me dedicó una sonrisa triunfal.

Me encerré en el baño y dejé que las lágrimas corrieran libres. ¿Para esto había sacrificado tantas cosas? ¿Para ver cómo otra se llevaba lo que era mío? Pensé en Lucía, en su carita decepcionada cuando le decía que no podía ir al parque porque mamá tenía que trabajar. Pensé en Sergio, en sus silencios cada vez más largos durante la cena.

El resto del día fue una niebla espesa. Los compañeros evitaban mirarme a los ojos. Algunos me mandaron mensajes de ánimo por WhatsApp: «Ánimo, Magda, tú vales mucho»; «No te rindas»; «Esto es injusto». Pero las palabras no llenan el vacío.

Esa noche llegué tarde a casa. Lucía ya dormía. Sergio estaba en el sofá viendo la tele, pero bajó el volumen al verme entrar.

—¿Qué ha pasado? —preguntó sin rodeos.

Me senté a su lado y rompí a llorar otra vez. Él me abrazó, pero sentí que había una distancia entre nosotros que no existía antes.

—No sé si merece la pena —susurré—. He dado todo por ese trabajo y al final…

Sergio suspiró.

—Magda, llevas meses viviendo solo para esa oficina. Te estás perdiendo cosas aquí, con nosotros.

Me dolió escucharlo, pero tenía razón. ¿Cuándo fue la última vez que llevé a Lucía al Retiro? ¿O que cenamos juntos sin mirar el móvil?

Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Carmen paseaba por la oficina como una reina coronada. Yo hacía mi trabajo como podía, tragando orgullo y rabia. Marta me llamó para ofrecerme «nuevos retos» en otro departamento, pero sonaba a premio de consolación.

Una tarde, mientras recogía mis cosas para irme, Carmen se acercó:

—Magda, sé que esto es difícil para ti… pero espero que podamos trabajar bien juntas.

La miré a los ojos y vi algo parecido al remordimiento… o quizá solo era satisfacción disfrazada.

—No te preocupes —respondí—. Estoy acostumbrada a levantarme después de caer.

Pero esa noche no dormí. Daba vueltas en la cama pensando en todo lo que había perdido: tiempo con mi familia, confianza en mí misma, la fe en la justicia del esfuerzo.

El domingo por la mañana llevé a Lucía al parque. Mientras ella jugaba en los columpios, yo me senté en un banco y observé a las otras madres riendo con sus hijos. Sentí una punzada de envidia y tristeza.

Una señora mayor se sentó a mi lado y me sonrió.

—¿Todo bien?

No sé por qué le conté mi historia. Quizá porque necesitaba desahogarme con alguien ajeno a mi mundo.

—A veces la vida no es justa —dijo ella—. Pero lo importante es no dejar que te roben lo que eres.

Sus palabras me acompañaron toda la semana siguiente. Empecé a replantearme mis prioridades: ¿de verdad quería seguir luchando por un sitio donde no valoraban mi esfuerzo? ¿O era hora de buscar algo nuevo?

Un mes después presenté mi renuncia. Marta intentó convencerme para quedarme, pero yo ya había tomado mi decisión. Sergio me apoyó y juntos buscamos nuevas opciones. No fue fácil, pero poco a poco recuperé algo más valioso que un ascenso: mi dignidad y mi tiempo con los míos.

A veces me pregunto si hice bien o si simplemente huí del problema. Pero cuando veo a Lucía sonreír o ceno tranquila con Sergio sin pensar en informes ni reuniones, siento que quizá este fracaso fue el principio de algo mejor.

¿De verdad merece la pena sacrificarlo todo por un sueño profesional? ¿O hay sueños más importantes esperando fuera de la oficina? ¿Vosotros qué pensáis?