«No ahora, por favor…» – La noche en la que mi vida cambió para siempre en un edificio de oficinas de Madrid
—¡No ahora, por favor…! —susurré entre dientes, apretando el borde de mi escritorio con los nudillos blancos por la tensión. El reloj marcaba las dos y cuarto de la madrugada y el silencio del edificio era tan denso que podía oír el zumbido de las luces fluorescentes. Madrid dormía allá afuera, pero yo estaba atrapada en la planta 12 de una torre de oficinas en Azca, con un dolor que me partía en dos y una soledad que me ahogaba.
Mi jefe, don Ernesto, había insistido en que cubriera la guardia nocturna porque «nadie más podía hacerlo». Sabía que estaba embarazada, pero eso nunca le importó demasiado. «Las mujeres sois más fuertes de lo que creéis», solía decir con una sonrisa paternalista que me revolvía el estómago. Pero esa noche, cuando sentí el primer calambre intenso, supe que no era cuestión de fuerza: era cuestión de supervivencia.
Intenté llamar a mi pareja, Sergio, pero su móvil daba siempre apagado. Llevábamos semanas discutiendo; él decía que yo trabajaba demasiado y que no pensaba en el bebé. Yo le gritaba que necesitábamos el dinero, que Madrid era cara y que no podía permitirme el lujo de parar. La última vez que hablamos, me dijo: «Cuando nazca el niño, espero que tengas claro lo que quieres». No sabía si volvería a casa esa noche o si él estaría allí esperándome.
El dolor se hizo más fuerte. Me levanté tambaleando y fui al baño, esperando que fuera una falsa alarma. Pero cuando vi la mancha roja en mi ropa interior, el pánico me invadió. «No puede ser ahora, no aquí», repetía mentalmente mientras buscaba el móvil para llamar a emergencias. Pero la batería estaba muerta. Maldita sea mi costumbre de olvidarme el cargador.
Salí al pasillo buscando ayuda, pero solo encontré puertas cerradas y luces apagadas. El vigilante nocturno, Tomás, debía estar haciendo su ronda. Bajé las escaleras como pude, sujetándome la barriga y rezando para no caerme. Al llegar al vestíbulo, lo vi: Tomás, un hombre mayor con cara de pocos amigos, hojeaba un periódico deportivo.
—Tomás… —jadeé—. Creo que estoy de parto.
Él me miró como si hubiera visto un fantasma.
—¿Aquí? ¿Ahora? ¡Pero si todavía faltan semanas!
—No puedo esperar —le dije entre lágrimas—. Por favor, ayúdame.
Tomás reaccionó más rápido de lo que esperaba. Me sentó en una silla y buscó su móvil para llamar a una ambulancia. Mientras hablaba con la operadora, me cogió la mano con una torpeza entrañable.
—Tranquila, hija, tranquila… Ya vienen —me repetía una y otra vez.
El dolor era insoportable. Cada contracción era como una ola que me arrastraba lejos de todo lo conocido. Pensé en mi madre, en cómo siempre decía que las mujeres nacemos sabiendo parir aunque no lo sepamos hasta el momento justo. Pensé en Sergio y en si alguna vez entendería por qué tuve que ser fuerte incluso cuando no quería serlo.
La ambulancia tardó más de media hora en llegar. Madrid estaba cortada por obras y Tomás no paraba de mirar el reloj y maldecir en voz baja. En un momento dado, me miró a los ojos y me dijo:
—Mi mujer también parió sola… Fue en casa, durante una tormenta. Yo no sabía qué hacer. Pero al final todo salió bien.
Su historia me dio fuerzas. Me aferré a su mano como si fuera un salvavidas mientras sentía cómo mi cuerpo se preparaba para traer una vida al mundo. Cuando los sanitarios llegaron por fin, yo ya apenas podía hablar del dolor y del miedo.
Me subieron a la camilla y Tomás me acompañó hasta la ambulancia. Antes de cerrar la puerta, me susurró:
—Vas a poder con esto. Eres más fuerte de lo que crees.
El hospital era un caos de luces y voces apresuradas. Me llevaron directamente al paritorio y todo pasó tan rápido que apenas recuerdo los detalles: las enfermeras animándome, el sudor frío en mi frente, el grito ahogado cuando sentí que mi hijo salía al mundo.
Cuando por fin escuché su llanto, sentí una mezcla de alivio y amor tan intensa que rompí a llorar desconsoladamente. Una enfermera me acarició el pelo:
—Lo has hecho muy bien, Lucía.
Horas después, ya con mi hijo en brazos y la luz suave del amanecer entrando por la ventana del hospital Gregorio Marañón, pensé en todo lo que había pasado esa noche: la soledad absoluta, el miedo paralizante, pero también la inesperada bondad de Tomás y la fuerza desconocida que había brotado de mí.
Sergio llegó al hospital al mediodía. Tenía los ojos rojos y no dijo nada al principio; solo se sentó a mi lado y miró al bebé con una mezcla de orgullo y culpa.
—Lo siento —susurró—. No debí dejarte sola.
No respondí enseguida. Miré a mi hijo dormido y luego a Sergio.
—A veces no elegimos cuándo ni cómo cambian las cosas —dije finalmente—. Pero ahora somos tres.
Esa noche cambió mi vida para siempre. Aprendí que incluso en los lugares más fríos puede surgir la humanidad; que la soledad puede ser vencida por un gesto sencillo; y que somos capaces de mucho más de lo que imaginamos cuando no nos queda otra opción.
¿Quién puede decirme ahora que no soy fuerte? ¿Cuántas veces hemos subestimado nuestra capacidad para sobrevivir a lo imposible?