Nieve en la Sierra: El Secreto de la Guardia Civil y la Niña
—¡Mamá, hay alguien ahí fuera! —grité desde la puerta, con la voz temblorosa y las mejillas ardiendo por el frío.
Mi madre, Carmen, dejó caer el trapo de cocina y corrió hacia mí, secándose las manos en el delantal. —¿Pero qué dices, Lucía? ¡Con la que está cayendo!—
No podía apartar los ojos del bulto oscuro que se distinguía entre la nieve, justo al borde del camino que lleva al pueblo. El viento silbaba como un lobo hambriento, y la nieve caía tan fuerte que apenas podía ver mis propias botas.
—¡Te lo juro! Hay alguien… y un perro. Creo que es uno de esos perros policía, mamá. ¡Está sangrando!—
No hizo falta más. Mi madre se puso el abrigo encima del pijama y salió conmigo, pisando fuerte sobre la nieve recién caída. El frío nos mordía los huesos, pero el miedo era más fuerte.
Cuando llegamos, lo vimos claro: un guardia civil estaba desplomado sobre el suelo, con el uniforme empapado y la cara pálida como la leche. A su lado, un pastor alemán jadeaba, con una pata herida y los ojos llenos de angustia. La sangre manchaba la nieve, mezclándose con el blanco inmaculado.
—¡Dios mío!—susurró mi madre, arrodillándose junto al hombre. —Lucía, corre a casa y llama a tu padre. Dile que traiga mantas y que avise a don Ernesto.—
Corrí como nunca antes lo había hecho. Mi padre llegó enseguida con mantas y el móvil en la mano, mientras don Ernesto, el médico del pueblo, venía detrás con su maletín. Entre todos conseguimos meter al guardia civil en casa. El perro no se separó de él ni un segundo.
Mientras don Ernesto atendía al hombre, yo me quedé con el perro en la cocina. Le hablé bajito, acariciándole el lomo para tranquilizarlo. —Tranquilo, chico… todo va a salir bien.—
El perro me miró con esos ojos grandes y tristes que parecía que entendían todo. Me lamió la mano y apoyó la cabeza en mi regazo.
Esa noche fue un caos. El pueblo entero se enteró de lo ocurrido. Las vecinas trajeron caldo caliente y ropa seca; los hombres salieron a buscar pistas en la nieve. Nadie sabía qué había pasado exactamente. Solo que el guardia civil, Javier, había salido a patrullar porque habían robado en una casa cercana.
Pasaron los días y Javier fue recuperándose poco a poco en nuestra casa. El perro, al que todos llamábamos Rayo, no se separaba de él ni para dormir. Mi madre le preparaba sopas y mi padre le contaba historias del pueblo para animarlo. Yo me sentía como en una película: una niña corriente ayudando a un héroe de verdad.
Pero no todo era tan bonito. Algunos vecinos murmuraban que traer problemas ajenos solo traería desgracias. Que mejor no meterse en líos con la Guardia Civil ni con ladrones. Mi abuela decía: —Donde no te llaman, no te metas.— Pero yo no podía dejar de pensar en lo que habría pasado si no hubiéramos ayudado.
Una tarde, Javier me llamó a su lado. Tenía los ojos llenos de gratitud y cansancio.
—Lucía… gracias por salvarme la vida. Y por cuidar de Rayo.—
Me encogí de hombros, avergonzada.
—No hice nada especial…—
Él sonrió.—A veces lo más valiente es hacer lo correcto cuando nadie mira.—
Cuando Javier pudo volver al cuartel, todo el pueblo salió a despedirlo. Rayo me lamió la cara antes de subirse al coche patrulla. Me sentí triste pero también orgullosa.
Esa noche, mientras miraba por la ventana cómo caía otra vez la nieve sobre los tejados rojos del pueblo, pensé en todo lo que había pasado. ¿Y si no hubiera salido esa tarde? ¿Y si nadie hubiera ayudado?
A veces me pregunto: ¿Cuántas veces dejamos pasar la oportunidad de hacer algo bueno por miedo o por costumbre? ¿Y si todos fuéramos un poco más valientes cada día?