Cuando dejé de depilarme: Una historia de coraje y aceptación en Madrid
—¿Pero tú te has visto, Verónica? —La voz de mi madre retumbó en el salón, tan afilada como el cuchillo con el que cortaba el pan. Era domingo, la mesa llena de croquetas, tortilla y miradas inquisitivas. Mi hermana Lucía bajó la vista al móvil, mi padre fingió interés en el telediario. Yo, con las piernas cruzadas y el vello oscuro asomando bajo el vestido, sentí cómo el aire se volvía denso.
—Mamá, es solo pelo. No pasa nada —intenté sonar tranquila, pero la vergüenza me quemaba las mejillas.
—¿Nada? ¿Y qué va a pensar la gente? ¿No te das cuenta de que pareces una dejada? —insistió ella, mientras mi abuela Carmen murmuraba algo sobre «las modas modernas».
Ese día, en pleno corazón de Madrid, supe que mi decisión de dejar de depilarme no iba a ser fácil. No era solo una cuestión estética; era un desafío a todo lo que me habían enseñado desde pequeña: que una mujer debe ser suave, discreta, invisible en su naturalidad. Pero yo estaba cansada. Cansada de gastar dinero, tiempo y dolor en cumplir expectativas ajenas. Cansada de sentirme incómoda en mi propia piel.
La primera vez que salí a la calle con falda y sin depilar fue como caminar desnuda por la Gran Vía. Notaba las miradas, algunas furtivas, otras descaradas. Un grupo de chicos en la terraza de un bar se rió al verme pasar. «¡Mira, Chewbacca!», gritó uno. Me temblaron las piernas, pero seguí andando. Esa noche lloré en mi habitación, preguntándome si valía la pena tanta incomodidad.
En el trabajo tampoco fue mejor. Mi compañera Marta me llamó aparte en la cocina:
—Verónica, no quiero meterme, pero… ¿estás bien? Últimamente te veo… diferente.
—Estoy bien —le respondí—. Solo he decidido dejar de depilarme.
Me miró como si le hubiera confesado que pensaba mudarme a Marte. Al día siguiente noté cómo algunas compañeras cuchicheaban cuando entraba al baño.
Pero lo peor era en casa. Mi madre no perdía oportunidad para recordarme lo «fea» que me veía. Mi padre evitaba el tema, pero su silencio era igual de doloroso. Lucía, mi hermana menor, intentaba mediar:
—Vero, ¿por qué no te depilas solo un poco? Así mamá se queda tranquila y tú haces lo que quieras cuando estés sola.
—No se trata de mamá —le respondí una noche mientras fregábamos los platos—. Se trata de mí. De sentirme libre.
—Pero es que aquí nadie hace eso…
—¿Y si alguien tiene que empezar?
Las discusiones se volvieron rutina. En cada comida familiar, en cada reunión con amigas, el tema salía a relucir. Algunas amigas me apoyaban en privado, pero ninguna se atrevía a seguir mi ejemplo. «Tienes valor», me decían. Pero yo no me sentía valiente; me sentía sola.
Un día, después de una pelea especialmente dura con mi madre —»¡Así no vas a encontrar nunca pareja!», me gritó— salí a caminar por el Retiro para despejarme. Me senté junto al estanque y observé a la gente pasar: parejas cogidas de la mano, madres con niños, turistas haciéndose selfies. Nadie parecía notar mi presencia. Y por primera vez en semanas sentí paz.
Recordé entonces a mi amiga Inés, que siempre había sido diferente: llevaba el pelo corto y ropa ancha cuando todas queríamos melenas largas y vaqueros ajustados. La llamé esa tarde.
—Inés, ¿alguna vez te has sentido fuera de lugar?
—Siempre —rió ella al otro lado del teléfono—. Pero llega un momento en que te das cuenta de que encajar es sobrevalorado.
Esa frase me acompañó durante días. Empecé a buscar referentes: leí sobre mujeres españolas que habían roto moldes antes que yo; vi documentales sobre feminismo; seguí cuentas en redes sociales donde otras chicas compartían sus historias de aceptación corporal. Poco a poco, la vergüenza fue dando paso al orgullo.
Un sábado por la mañana decidí ir a la piscina municipal con mis amigas. Me puse un bañador rojo y salí sin depilarme ni un pelo. Al principio sentí todas las miradas clavadas en mí, pero luego me di cuenta de que la mayoría estaba demasiado ocupada con sus propios complejos como para fijarse en los míos.
Esa tarde mi madre me esperó despierta en el salón.
—Verónica —dijo con voz cansada—, ¿de verdad esto te hace feliz?
La miré a los ojos y asentí.
—No lo entiendo —suspiró—. Pero eres mi hija.
No fue una aceptación total, pero fue un primer paso.
Con el tiempo aprendí a responder a los comentarios con humor o indiferencia. A veces aún duele —sobre todo cuando viene de quienes más quiero— pero ya no me escondo. He conocido a otras mujeres como yo; hemos formado un pequeño grupo que se apoya y celebra cada pequeño avance.
Hoy miro mis piernas peludas y sonrío. No porque sean bonitas según los cánones tradicionales, sino porque son mías. Porque cada centímetro de vello es una pequeña victoria contra los prejuicios que nos atan.
A veces me pregunto: ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar lo diferente? ¿Cuántas cosas dejamos de hacer por miedo al qué dirán? ¿Y si empezamos a vivir para nosotras mismas?